lunes, 12 de noviembre de 2007

El misterio de las catedrales

Construidas hace ochocientos años, las catedrales siguen desafiando, imperturbables, el paso del tiempo. Todavía resulta un misterio explicar la causa profunda que movió a pueblos enteros a embarcarse en esa empresa colosal: levantar edificios de proporciones monumentales, que se imponían en las comarcas por encima del resto de las iglesias. Se hizo indispensable reclutar a millares de obreros, pero a diferencia de las grandes obras que las habían precedido, en este caso no se recurrió a mano de obra esclava. La gente que participaba de la construcción lo hacía a voluntad, cantando himnos de alegría y movida por una devoción sin límites. Es cierto que se les concedían indulgencias; no obstante, esto no alcanza a explicar la inmediata participación de cofradías, hermandades y gremios que proliferaban constantemente y se trasladaban sin descanso de una construcción a otra. Fue un acto de fe colectiva que nunca más se repitió en la historia del cristianismo, en el que participaban por igual nobles y plebeyos. El dinero para solventar los elevados costos de construcción se recolectaba por medio de limosnas y donaciones; hasta los canónigos debían ceder la totalidad de lo recaudado, sólo les permitían retener una cifra mínima, exclusivamente para su sustento. Se enviaron penitentes por toda Europa en busca de auxilio, y los reyes y grandes señores realizaron cuantiosos donativos. Sin embargo, el mayor aporte económico fue el que brindaron los caballeros templarios.

Vastas y majestuosas, las catedrales mantienen una invariable regla de construcción: el ábside orientado hacia el sudeste; la fachada, hacia el noroeste; y el crucero, que forma los brazos de la cruz, de nordeste a sudoeste. Cada vez que se ingresa en ellas, parecería que se dejan atrás las tinieblas y se avanza hacia Oriente, el lugar donde nace el sol y el sitio donde está Palestina, la cuna del cristianismo. Como consecuencia de esta disposición, uno de los tres rosetones que adornan las paredes de toda catedral jamás es iluminado por el sol; es el rosetón septentrional, que luce en la fachada izquierda del crucero. El segundo resplandece al sol del mediodía; es el rosetón meridional, que se abre en el extremo derecho del crucero. El último se ilumina bajo los rayos púrpuras del sol poniente; es el gran rosetón, el de la fachada principal, que aventaja a sus hermanos laterales en dimensiones y esplendor. Para los ocultistas, el rosetón representa la acción del fuego alquímico, productor de la piedra filosofal. Los artistas medievales, según dicen, reflejaron en sus rosetones el movimiento de la materia excitada por el fuego elemental. Por regla general, las catedrales son edificios de tres a cinco naves, abovedados en piedra mediante arcos ojivales apuntalados en arbotantes; en la cúspide de la cruz latina se ubica el coro. Su estilo es el gótico, que desplazó sin remedio al románico que se utilizaba hasta ese momento en la construcción y ornamentación de edificios religiosos. Sobre el suelo, exactamente en el punto de intersección de la nave central y el crucero, los constructores de catedrales góticas no olvidaban dibujar un laberinto, cuyo significado nunca estuvo claro. Estos laberintos estampados en la piedra (muchos de ellos desaparecieron, como el de Amiens, que tenía incrustaciones de oro) constituyen para estudiosos como Marcellin Berthelot "una figura cabalística que se encuentra al principio de ciertos manuscritos alquímicos y que forma parte de las tradiciones mágicas atribuidas al rey Salomón".

Es imposible discernir cuál es la más bella de todas las catedrales francesas. La de Chartres, igual que la de París, conmueve con sus vitrales. La de París y Reims emocionan por la majestuosidad de sus fachadas; la de Amiens por lo grandioso de sus naves y por la Rueda de la Fortuna inscripta en su rosetón del frente; la de Bourges por el misterio de su cripta y por sus cinco portales. En la de Reims se conserva intacta una Biblia de piedra; desde los griegos no se había producido algo tan perfecto y original. También asombra allí la losa central de su laberinto. La de Amiens se alza imponente, como si de verdad tuviese conciencia de que se trata de uno de los edificios religiosos más grandes del mundo: sólo la superan en dimensiones San Pedro de Roma, Santa Sofía de Constantinopla y la catedral de Colonia, Alemania.

A semejanza de Notre Dame de París, la catedral de Amiens presenta un notable conjunto de bajorrelieves herméticos. Su pórtico central es casi fiel reproducción, no sólo de los motivos que adornan el pórtico de París, sino también por el orden que siguen. Unica diferencia: en París los personajes sostienen discos; aquí, escudos. En Amiens, el emblema del mercurio es presentado por una mujer; en París, por un hombre. Los demás detalles son asombrosamente idénticos. A estos prodigios, construidos por el hombre en un tiempo de magia y misterio, hay que agregar el resto de las catedrales que se alzan en Europa. Están allí desde principios del siglo XII y seguirán estando por muchos siglos más. Han revelado numerosos secretos; todavía quedan muchísimos sin revelar.

sábado, 10 de noviembre de 2007

VIAJE AL EGIPTO FARAÓNICO Y SUS MISTERIOS

Egipto es, sin duda, uno de los destinos del mundo más cautivador por su misterio. La civilización cimentada en la rivera del Nilo es una de las que mayor número de documentación escrita nos ha legado y, paradójicamente, es también una de las civilizaciones que más interrogantes tiene aún por contestar, y consecuentemente, que más desconocemos. Y es que mientras en Europa los hombres se hallaban en plena revolución neolítica, viviendo en cavidades naturales o en primitivas construcciones, en Egipto se erigían pirámides de colosales dimensiones, sin grúas, sin herramientas de hierro, sin aparatos de precisión y sin rueda. ¿Estaba a su alcance tales construcciones o recibieron la ayuda de alguien más desarrollado? ¿Tal vez de las estrellas? Se nos ha dicho que las pirámides eran simples monumentos funerarios, que los antiguos invirtieron tanto esfuerzo porque, en realidad, trabajaban para los dioses... pero ¿qué dioses?

LA CIVILIZACIÓN DE LAS ESTRELLAS
La idea de que los conocimientos técnicos para desarrollar las pirámides vinieron de las estrellas no es nueva. En la década de los setenta el controvertido investigador alemán Erich Von Däniken se encargó de poner en evidencia sólo algunos puntos que sugerían la participación de una civilización extraterrestre en el desarrollo tecnológico de ciertos pueblos en la antigüedad. ¿Por qué - se pregunta Däniken - habían de deformar las cabezas de algunos niños? "para que sus cráneos se parecieran a los de los dioses antiguos. A lo largo y a lo ancho de la Tierra - asegura - los hombres habían topado con esos seres inteligentes y dignos de respeto".
Hancock llega más lejos y asegura que en los Textos de las Pirámides hay referencias claras de la procedencia de estos seres elevados a la categoría de dioses por el hombre. "Según la leyenda - asegura en su libro "Las huellas de los dioses" (Ediciones B) - Osiris - Orión fue el primero en ascender por la gran escalera que habían construido los dioses". Esta escalera, precisa Hancock, no se extendía hacia arriba, desde la tierra hasta el cielo, sino hacia abajo, desde el cielo a la tierra. En el párrafo 669 de este texto jeroglífico puede leerse: "Con qué medios puede volar el Rey hacia arriba?" ¿Volar en el antiguo Egipto? ¡Asombroso!
Casi tan asombroso como los más de dos millones y medio de bloques de piedra que componen la Gran Pirámide. Encajados con una precisión increíble. Un monumento que, a diferencia del resto, no contiene ni un solo jeroglífico egipcio si obviamente descartamos el cartucho con el nombre de Keops que se halla en la última cámara de descarga de la Gran Pirámide. Un jeroglífico que, según el especialista en temas astroarqueológicos Zecharía Sitchin es una falsificación efectuada por un estrecho colaborador de su descubridor, Howard Vyse.
En nuestra visita a las pirámides tal vez no podamos ver este polémico jeroglífico pero sí podremos advertir la ausencia de otras pinturas, incluida la cámara del rey donde, normalmente, se hallan glosas al faraón que preparan su vida eterna. También advertiremos la depurada técnica constructiva que aún con todos los adelantos resulta inoperante hoy en día para efectuar una obra de estas dimensiones. El viajero más osado podrá interpretar en sus muros la ciencia perdida de sus constructores. La pirámide es un modelo a escala del hemisferio septentrional de la Tierra. En sus medidas se halla el diámetro ecuatorial del planeta, el número pi, la milmillonésima parte de la distancia entre la Tierra y el Sol así como otros números, medidas y distancias significativas para el hombre actual, en posesión de conocimientos entonces ignorados como que la Tierra es esférica y que el año solar tiene 365 días.
Pero la tradición reserva a la arqueología todavía más descubrimientos y sorpresas pues se ha hablado de cámaras secretas, de subterráneos que comunican la Gran Pirámide con la misteriosa esfinge y de conocimientos, en suma, inimaginables para aquella gloriosa civilización. Tal vez algunos de ellos serán desvelados pronto porque, como anunció Hawass recientemente en Madrid, el primer día de enero del 2000 el gobierno egipció sorprenderá al mundo con lo que oculta la cámara secreta hallada por Rudolf Gantembrink en uno de los canales de ventilación de la Gran Pirámide.

LAS BOMBILLAS DE DENDERA
Puede que el hombre moderno haya tratado con desdén los conocimientos de los antiguos egipcios. Puede que incluso, dispusieran de elementos que no serían "redescubiertos" hasta más tarde como, por ejemplo, la electricidad... Adivino tu sorpresa. Pero ¿cómo sino lograron pintar y construir en profundos subterráneos? Ya sé, todos hemos visto esos largometrajes de Hollywood donde maravillosos espejos transportaban hasta los más recónditos lugares de la construcción la luz de Ra. Pero, ¿qué me dirías si te mostrara un jeroglífico donde se puede ver lo que, a simple vista, definiríamos como bombillas?
El singular hallazgo tuvo lugar en el templo de la diosa Hathor, a cerca de 70 kilómetros de Luxor, erigido en los tiempos de Ptolomeo, y del que hoy sólo es visible una parte pues ha sido restaurado y destruido en varias ocasiones. Fue explorado en el siglo pasado aunque no fue hasta 1992 cuando sus relieves se interpretaron fuera de los cánones estrictamente ortodoxos. En aquella época vio la luz el libro de Peter Krassa y R. Habeck titulado "La luz de los faraones" (Das Licht der Pharaonen) en el que los dos astroarqueólogos relacionan unas enormes burbujas sujetas por criaturas de aspecto humano con ¡bombillas!
Estos relieves se hallan en una de las doce criptas del templo a Hathor. En la actualidad sólo se puede visitar una de ellas y vale la pena. En la oscuridad de sus catacumbas se conservan los relieves y las pinturas terreno de discordia. Se trata de dos individuos enfrentados que sostienen lo que parece una burbuja de cristal vacío en cuyo interior fluctúa una serpiente que sobresale de una flor de loto. El tallo de la planta parece estar conectado a una misteriosa caja - acaso un generador - encima del que se distingue un jeroglífico que muestra un hombre con los brazos en alto y un disco solar en la cabeza que según el historiador vallisoletano Nacho Ares corresponde a un elemento de tipo religioso.
Como en el caso de las pirámides, para Krassa, todo parece indicar que el Egipto faraónico fue visitado por seres más avanzados tecnológicamente que legaron a los sacerdotes conocimientos importantes. Para probarlo los autores de este revelador ensayo consultaron al ingeniero eléctrico Walter Garn, jefe de proyectos de una compañía industrial austríaca y, con los datos suministrados por los jeroglíficos, construyó un modelo de bombilla como el de Dendera. "Su modelo - explican - se corresponde con un vaso cónico de dieciséis pulgadas de largo y cinco de diámetro. Los dos extremos - prosiguen - tienen resina". El ingeniero situó un electrodo en uno de los extremos y, en el otro, un clavo. Para hacerla funcionar utilizó una bomba neumática y un transformador ¡iluminaba!
Sin embargo el experimento de Garn tropezaba con una nueva incógnita. ¿Cómo consiguieron los antiguos egipcios producir baja presión en la bombilla para que irradiara luz? La respuesta, según descubrirían Krassa y Habeck se hallaba en los relieves de Dendera. Pues muestran como unos hombres vierten un líquido fuera del aparato al igual que en la actualidad hacemos con las bombas de agua capaces de producir energía eléctrica.
Para estos autores tampoco pasa inadvertido el hecho de que Dendera fue, junto a Edfu y Abydos, los lugares preferidos por los "dioses" para realizar sus batallas. ¿Fueron los extraterrestres quiénes transmitieron conocimientos avanzados a los sacerdotes egipcios?
No todas las voces, sin embargo, se alzan a favor de esta hipótesis. El mencionado Ares, en su libro "Egipto el Oculto" asegura que "la serpiente insertada dentro de una burbuja que reposa sobre un pedestal" o su variante sobre el jeroglífico del niwt o "niut" son, en realidad, representaciones de las capillas durante la época ptolemaica. Para ser precisos las cajas que conservaban los llamados ushebtis, unas mágicas figurillas, que sustituían al difunto en las tareas tediosas que le eran encomendadas en su vida eterna.

PERFORACIONES IMPOSIBLES
Si te ha parecido fascinante la visita al templo de Hathor (es decir la morada de Horus en idioma egipcio) prepárate para la visita a las canteras de donde se extraía el granito rosa que componen sus muros. Se hallan dispersas por todo el país y de ellas se extraían, además, otros materiales como la diorita o la dolerita que tienen una dureza extrema, por debajo del diamante. ¿Cómo era posible? Uno puede imaginar ejércitos enteros de esclavos picando piedra con paciencia y tesón pero ¿Cómo pudieron perforar el granito con la precisión de una widia de carburo tungsteno actual?
En la aludida Gran Pirámide de Gizeh existe una serie de bloques de granito con unos agujeros de 15 centímetros de diámetro casi perfectos. El estudio de la perforación revela que entre vuelta y vuelta el "taladro" descendió ¡dos milímetros y medio! Un taladro actual de punta de diamante alcanza los 0,05 milímetros por vuelta ¿De qué materíal era la widia de los antiguos egipcios? Es un misterio.
Misterio es, asimismo, cómo transportaban los pesados bloques. En la tumba de Djehutihotep (ca. 1900 a. de C.) existe un grabado que nos muestra el traslado de un coloso. Cuatro hileras de hombres, 172 en total, arrastran la monumental estatua sobre un trineo. A pesar de la claridad del relieve se ignora si siempre utilizaban este método pues hay ocasiones en las que resulta muy complicado adaptarlo. Me estoy refiriendo al célebre obelisco inacabado de Aswan que habría alcanzado una altura de 42 metros y un peso de más de mil toneladas. El obelisco se quebró durante su construcción lo que, naturalmente, impidió su finalización. Están separadas de la roca madre tres de sus cuatro caras y es todavía un misterio cómo pensaban moverlo con rudimentarias estructuras de madera y cuerdas de papiro. Ni siquiera hay una salida fluvial que permitiera su deslizamiento... Un misterio, uno más de los que descubriremos en cada roca del país de los faraones.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Carnac

Sobre la salvaje costa bretona, en el noroeste de Francia, miles de piedras colocadas en hileras proponen el enigma. ¿Quiénes y por qué las colocaron allí?
Como largas filas de penitentes, las fantasmales piedras de Carnac recorren en línea recta el áspero territorio de bretón, frente a las bravías aguas del golfo de Vizcaya. Aunque su presencia y configuración son realmente misteriosas, los campesinos de la región encontraron cómo explicarlas. Según una arraigada creencia, los megalitos son soldados romanos petrificados por Dios para proteger a San Cornelio, patrón de la zona de Carnac y del ganado, mientras aquéllos lo perseguían. Otros mitos bretones aseguran que las piedras de Carnac se desplazan regularmente hacia el mar para bañarse o beber de sus aguas. Y les atribuyen grandes poderes: además de ser curativas, las piedras pueden brindar fertilidad y ayudar a los jóvenes en busca de pareja.
Cuando fueron erigidas, las piedras de Carnac eran 10 mil. Hoy, después de 65 siglos, quedan sólo 3 mil, en cuatro grandes agrupamientos: Le Menéc, Kermario, Kerlescan y Le Petit Menéc. Al lado de la aldea de Le Menéc empieza el alineamiento más numeroso. Son 1.099 piedras en once filas colocadas como soldados o escolares, por orden de altura: las mayores miden 3,7 metros y las menores 90 centímetros. Se despliegan hacia el nordeste en suaves ondulaciones a lo largo de una línea levemente curvada. Los megalitos de Kermario son mayores, las rocas más altas superan los 7 metros y disminuyen el tamaño a lo largo de 1.200 kilómetros. Los otros dos agrupamientos son menores, pero Kerlescan se diferencia por una configuración cuadrada de las 540 piedras que lo componen.
Jerome Penhouet propuso, en 1826, que los cuatro alineamientos eran parte del cuerpo de una enorme serpiente que se desplazaba sobre el terreno bretón. Distintas épocas intentaron otras explicaciones para el misterio. Durante el siglo XIX se sugirió que se trataba de lugares dedicados al culto solar y lunar, mientras otros autores pensaban que eran avenidas que conducían a los templos hoy desaparecidos. Por su parte, Hans Hirmenech propuso a principios de este siglo que las filas de menhires eran las tumbas de soldados de la Atlántida que habían muerto durante la guerra de Troya. Asimismo, James Fergusson decía que la erección de estos monumentos debe conmemorar alguna gran batalla que tuvo lugar en esta llanura en tiempos remotos. Otros estudiosos de Carnac fueron más allá y propusieron que se trataba de verdaderas tumbas y creyeron encontrar apoyo para este razonamiento en el significado de los nombres de algunos lugares: en bretón, un idioma de origen celta, Kermario quiere decir "ciudad de los muertos" (pero no tuvieron en cuenta que los menhires son muy anteriores a la aparición de los celtas en esta región).
El primero en aludir el "tema celestial" de Carnac fue André Cambry, quién sostuvo que las piedras de Carnac se refieren a las estrellas, los planetas y el zodíaco. Autores posteriores retomaron la idea y, en 1970, el ingeniero inglés Alexander Thom siguió los pasos de Gerald Hawkins en sus estudios sobre Stonehenge y los aplicó a Carnac. Según Thom, el gran menhir caído de Locmariaquer era el centro de un inmenso observatorio astronómico apto para predecir eclipses. Sus mediciones indican que desde el gigantesco menhir era posible observar las ocho posiciones extremas de la Luna. También propuso que los alineamientos de Carnac eran calculadoras solares, utilizadas para corregir las irregularidades observadas en los movimientos de la Luna. El inmenso menhir caído de Locmariaquer, conocido como Er Grab ( la Piedra de las Hadas), medía más de 20 metros de alto y se cree que estaba en combinación con menhires hoy desaparecidos.
En experimentos efectuados en Francia, fue posible mover piedras de 30 toneladas, montadas sobre rodillos de madera, con el esfuerzo de 200 personas tirando de sogas y el apoyo de un grupo menor que mantenía la buena dirección con palancas. Si para mover un megalito de 30 toneladas hicieron falta 200 hombres, ¿cuántos habrán sido necesarios para desplazar el menhir de Locmariaquer, que pesa 350 toneladas? Esta pregunta podría tener una sencilla respuesta aritmética. Pero hay un interrogante que es mucho más difícil de contestar: ¿Qué motivo impulsaba a nuestros antepasados de la Edad de Piedra y los llevaba a realizar esfuerzos tan desmesurados? Quizás las rocas lo saben, pero lo conservarán profundamente oculto hasta el fin de los tiempos.

jueves, 8 de noviembre de 2007

La Biblioteca de Alejandría

La calurosa costumbre de quemar libros dista de ser un invento moderno. La Biblioteca de Alejandría, que fue la más grande de la antigüedad, terminó su larga vida al ser incendiada por el califa Omar en el año 634, que lo hizo basándose en un curioso argumento: "Los libros de la Biblioteca o bien contradicen el Corán, y entonces son peligrosos, o bien coinciden con el Corán, y entonces son redundantes." Este razonamiento notable, costó a la memoria humana una buena cantidad de obras irrecuperables, pero no tantas como se cree si es que eso sirve de consuelo. En realidad, cuando el califa Omar tomó su drástica medida, la Biblioteca era solo la sombra de lo que había sido alguna vez, y de ella quedaba muy poco, perdido en sucesivos desastres.
La Biblioteca formaba parte de una institución llamada el Museo: una y otra fueron fundadas por Ptolomeo Soter, rey de Egipto (305 a 285 a.C.). Este buen Ptolomeo era uno de los generales que tras la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.) se apoderaron de los trozos de su vasto imperio. En la repartija, a Ptolomeo le tocó Egipto: la dinastía fundada por él duró hasta el año 30 a. de C., cuando Cleopatra gestionó su automuerte mediante los eficientes servicios de un áspid.
En la acepción clásica, la palabra "museo" significaba "lugar donde se adora a las musas", es decir, donde se cultivan las artes y las ciencias. El Museo de Alejandría, y por ende la Biblioteca, estaba ubicado en el barrio alejandrino llamado primeramente "de los Palacios", y más tarde "Brucheion"; podemos conjeturar que se trataba de una especie de barrio residencial de dimensiones colosales: según algunos testimonios ocupaba entre un cuarto y un tercio del cuerpo principal de la ciudad. Museo y Biblioteca se contaban entre las instituciones más prestigiosas del mundo antiguo: el bibliotecario y director del Museo era nombrado por el rey de Egipto en persona (más tarde por el emperador romano).
Del funcionamiento del Museo se sabe poco ¿cómo una academia? ¿cómo una universidad? ¿Era una copia del Liceo que regenteara Aristóteles en Atenas poco antes? ¿Había alumnos internos que sobrevivían mediante el equivalente helenístico de las modernas becas? Misterio. Eso sí, gozaba de pleno apoyo estatal: los libros se traían de todas las partes del mundo civilizado de entonces, y los reyes de Egipto no reparaban en gastos para conseguir más y más libros: se pedían prestados, se copiaban y luego se devolvían... o no. La Biblioteca de Alejandría adonde acudían eruditos de los cuatro puntos cardinales, llego a ser una formidable concentración de material escrito.. ¿Pero qué significa eso en términos modernos y en números? O sea: ¿cuántos libros había en la Biblioteca?
Es difícil saberlo. Las estimaciones dependen del testimonio de Juan Tzetzes, monje bizantino que vivió en el siglo XIII, pero que probablemente obtuvo sus datos de fuentes más antiguas: según Tzetzes, la "biblioteca externa" o "pequeña biblioteca", tenía 42.800 rollos de papiro y la "biblioteca del palacio", presumiblemente la principal, la "verdadera" y gloriosa Biblioteca, poseía 490 mil rollos. Ahora bien: un rollo de papiro constaba de un promedio de veinte hojas (que variaban entre 10 y 4,5 cm. de ancho). Calculando la cantidad de información que admite un rollo de esas dimensiones y la longitud de los libros producidos en la época se puede llegar a una cifra aproximada: 490 mil rollos deben ser más o menos 70 mil obras, cifra que si bien puede resultar pequeña en comparación con las bibliotecas de la galaxia Gutenberg, para utilizar terminología contemporánea, justifican que la pérdida de la Biblioteca de Alejandría haya sido una de las grandes catástrofes de la historia de la cultura occidental.
¿Pero cuándo ocurrió? ¿Puede atribuirse toda la culpa a la furia piromaníatica del califa Omar? Según parece, no. El califa Omar incendió una biblioteca que venía de un larguísimo período de decadencia. Ya en el siglo II a. de C. el monarca Ptolomeo Euergates II, un tirano a la vieja usanza (o no tan vieja, quizás), vació el Museo, echando a la mayoría de los estudiantes. Los testimonios sobre la destrucción de libros, por su parte, son confusos: hubo, según parece, un gran incendio en el año 47 a. de C., pero las fuentes no son confiables, según informa el propio Plutarco. El gran desastre parece haber ocurrido en el año 273, durante los enfrentamientos entre el emperador romano Aureliano y el caudillo rebelde Firmus, que se había atrincherado en Alejandría. Resultado: la Biblioteca sufrió las peores pérdidas de su historia. El historiador Amiano Marcellino y el obispo Epifanio dicen que el barrio entero del Brucheion se transformó en un páramo. No obstante lo cual, algo debió quedar; en el año 391 se produjo un nuevo desastre, cuando las turbas alejandrinas, acicateadas por Teófilo, "un hombre cuyas manos se manchaban alternativamente con oro y sangre", desataron un nuevo incendio en el que pereció toda o gran parte de la "pequeña biblioteca". Mala suerte para el califa Omar: cuando decidió purificar la biblioteca de Alejandría mediante el fuego, en ella quedaba poco y nada.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

AYERS ROCK

Parece salido de la nada. Después de recorrer kilómetros de territorio desierto, el extraño monte combado se presenta ante la vista del viajero como si acabara de emerger de las profundidades del magma terrestre. Con un perímetro de 9 kilómetros y 335 metros de alto, pura arenisca erosionada por el viento, Ayers Rock, la rojiza Uluru de los aborígenes australianos, domina el paisaje en una región donde la prehistoria sobrevivió hasta nuestros días. Es el mundo testimonio del Tiempo del Sueño, de cuando los hombres-serpiente y los hombres-canguro se enfrentaron con feroces enemigos en combates sin cuartel.
En esa arcana época del Tiempo del Sueño, el cielo y la tierra aún no se habían separado por completo. Las rocas, por entonces, eran blandas y el agua sólo surgía de las entrañas de la tierra a través de hondos pozos cavados por esos seres – mitad hombre, mitad animal – , los mismos que trazaron una red invisible de extensas sendas que atraviesan el desierto y cuyo centro es la misteriosa Uluru.
Desde el distante pasado mítico resuenan los ecos de las crueles batallas que hoy reviven los habitantes del desierto australiano cuando se enfrentan para dirimir discusiones o responder a insultos. No son combates simbólicos: pronto salen a relucir lanzas y flechas, se agregan contendientes a cada bando, la batalla es campal y no se detiene con la primera sangre. Una y otra vez, el rito hace realidad la leyenda.
Ayers Rock fue llamada así por el explorador William Gosse en homenaje al entonces primer ministro de Australia (en esa época colonia inglesa), sir Henry Ayers. Gosse llegó allí en 1873, cuando descubrió también otros dos accidentes que interrumpen la monotonía de la planicie de Australia Central: los montes Conner y Olga (este último, llamado Katatjuta o "muchas cabezas" por los indígenas, parece mostrar una serie de caras mirando al cielo). Los tres son de arenisca roja, los tres son muy distintos entre sí pero, para los herederos de los hombres-animal, los tres son lugares cargados de múltiples significados, a muchos de los cuales es imposible acceder desde la mentalidad contemporánea. Cada grieta, cada recoveco, cada saledizo, cada cueva, cada mancha de Uluru quiere decir algo para los aborígenes desde hace miles de años. Por medio de ceremonias rituales, danzas y cánticos, pinturas en el cuerpo y en la piedra, estampado de manos y dibujos grabados en la roca, todas las complicadas historias del pasado fueron transmitidas generación tras generación hasta llegar a los descendientes actuales de los hombres-serpiente, los hombres-canguro, a Pitón Sagrada, el Gran Lagarto y sus enemigos, el Demonio Dingo y los hombres-víbora.
Hasta llegar a la pubertad, los jóvenes aborígenes desconocen los secretos mayores de sus ancestros. Pero llega un día cuando los jovencitos se reúnen y mutuamente decoran su cuerpo con figuras totémicas en ocre rojizo, tiza blanca y carbón. Se preparan para la ceremonia del Demonio de la Montaña, representado por un lagarto de feroz aspecto. A través de una precisa mímica, los jóvenes narran como pájaros y lagartos se reunieron para una fiesta, cómo los sorprendió un gran incendio y cómo, desde entonces, el cuerpo de uno y otros aparece con manchas de distinto color y tamaño. Poco después, esos jovencitos son separados de sus madres y entran en el largo período de iniciación, durante el cual una noche serán cubiertos con sangre humana, otra se les arrancará un diente y después se les cubrirá el pecho con brazas.
Terminado el tiempo de iniciación, sólo entonces podrán conocer los grandes relatos del Tiempo del Sueño. Sabrán de los pitjantjara, los hombres-canguro, y de los yacuntjantjara, los hombres-serpiente, que vivían al norte y al sur, respectivamente, de la roca Uluru. Sabrán que ciertos orificios de a roca son los ojos de un enemigo muerto por la Pitón Sagrada y que una saliente es la nariz de un ancestro entregado al sueño eterno. También, que las diversas cavernas son para los hombres o para las mujeres, y que no es posible infringir impunemente la regla, pues sólo mirar las pinturas realizadas en la caverna del sexo opuesto puede acarrear terribles castigos por parte de Kandju, el Gran Lagarto.
La coexistencia entre las reliquias vivientes del pasado – un pasado que se remonta cerca de 20 mil años atrás, cuando los primeros hombres poblaron Australia – y el presente occidentalizado presenta un desafío constante a ambos mundos. El Parque Nacional Uluru, donde se encuentran Ayers Rock y los montes Olga y Conner es el terreno donde esa convivencia se presenta diariamente: son cada vez más numerosos los contingentes turísticos que se acercan a una zona donde sólo habitan pequeños grupos aborígenes, la mayoría de los cuales nunca se apartó del desierto. Incluido entre los monumentos naturales del Patrimonio Mundial de la UNESCO, Uluru conserva pese a todo y para siempre, entre los pliegues de la roca, los secretos mejor guardados del Tiempo del Sueño, un tiempo que no pasó.