miércoles, 2 de junio de 2010

Leyenda del Popo y el Izta

Para nuestros ancestros, los antiguos mexicanos que habitaron en la cuenca lacustre del altiplano central, el culto a los poderes de la naturaleza, expresados en el aire, la lluvia y por supuesto, el fuego, gozaba de capital importancia.

Sin duda, una de las mayores preocupaciones que tuvieron los mexicas, fue el mantener en constante satisfacción a su dios principal Huitzilopochtli, capturando decenas de guerreros enemigos para después sacrificarlos en lo alto del llamado Templo Mayor de Tenochtlitlan, ofrendando así su sangre o, de ser necesario, entregando su vida misma en el campo de batalla para con ello, poder acompañar al astro rey durante su trayecto del oriente al cenit, justo en el punto donde se desarrolla la máxima expresión solar del día.

Según las antiguas tradiciones indígenas que fueron rescatadas en los textos de los frailes y religiosos del siglo XVI, podemos advertir una hermosa leyenda de amor entre dos jóvenes mexicas, personificados como el Popo y el Izta, quienes fueron inmortalizados en la imagen de los enormes volcanes:

En algún tiempo, un joven guerrero mexica se enamoró de una doncella a la cual juró su amor por la eternidad. Como todo buen hombre de su época, el valiente guerrero Popocatépetl tuvo que partir al campo de batalla; a su regreso, al intentar reencontrarse con su amada, se encontró con que ésta, había muerto trágicamente; al enterarse, prefirió entregarse a su sufrimiento y obedeciendo a su juramento, decidió acompañarla por el resto de la vida.

Con el paso de los años, pero sobre todo, con el paso continuo del tiempo, ambos jóvenes fueron cubiertos por las formaciones y los caprichos que la madre tierra crea sobre la faz de la tierra. Fue de esta manera que la joven pareja quedo formalmente unida bajo la tutela de los dioses. Y ahora ellos, uno cerca del otro, como eternos enamorados, se cortejan conformando el marco perfecto para coronar a la gran ciudad de México...

lunes, 31 de mayo de 2010

La Calle de Don Juan Manuel

Dicen que hace muchos años vivía en esta calle un hombre llamado Don Juan Manuel. Su casa quedaba justo atrás del Convento de San Bernardo.

Estaba casado con una mujer hermosa y llena de virtudes, además de que poseía mucha riqueza y propiedades. A pesar de eso, él no era feliz debido a la mala fortuna de no haber tenido sucesión.

La tristeza y buscando consuelo se consagró a la religión, asistiendo durante horas a la iglesia, a tal grado que buscó la manera separarse de su esposa con el fin de entrar como fraile a San Francisco.

Con el objetivo de contar con alguien que pudiera administrar sus negocios, llamó por un sobrino que vivía en España, que llegó al poco tiempo. Sin embargo, muy pronto en Don Juan Manuel nacieron unos grandísimos celos, pensando que su esposa lo engañaba, por lo que una noche su desesperación lo hizo invocar al mismísmo Diablo para ofrecerle su alma a cambio del nombre de quien creía que lo estaba deshonrando.

El Diablo se presentó y le indicó que saliera por la noche y matara a la primera persona que pasara enfrente.

Don Juan Manuel obedeció, asesinando al primero que pasó, pero al día siguiente, el Diablo se volvió a presentar, diciéndole que el hombre que había matado era inocente, pero que debía continuar saliendo todas las noches y continuar matando hasta que él apareciera junto al cadáver y entonces encontraría al verdadero culpable.

Don Juan Manuel se llenó de una mayor angustia, po lo que todas las noches salía de su casa envuelto en una capa obscura para esperar a su víctima.

El silencio y la obscuridad eran sus cómplices que lo ocultaban de los sentidos de cada uno de los inocentes que tuvieron la desventura de pasar por la calle.

Exactamente a las once, Don Juan Manuel se les acercaba para preguntarles:

- Perdone usarcé, ¿qué hora es?

- Las once- le respondían.

- ¡Dichoso usarcé, que sabe la hora en que va a morir!

Don Juan Manuel sacaba el puñal para enterrarlo de un solo golpe en el cuerpo de su víctima, que caía en agonía. Don Juan Manuel, lentamente volvía a desaparecer para entrar a sus habitaciones y al día siguiente con mayor desesperación volvía a esperar a que llegara nuevamente la noche.

Al día siguiente, la ronde encontraba otro cadáver sin que nadie pudiera dar con el responsable de tan horrendos asesinatos.

Uno de esos días, tocaron a la puerta de Don Juan Manuel, llevando el cadáver de la noche anterior. Don Juan Manuel reconoció a su sobrino, a quien quería mucho y con el que tenía mucha gratitud por haberse encargado de sus negocios.

Don Juan Manuel disimuló ante los alguaciles, pero lleno de remordimientos y enfermo de angustia fue al convento de San Francisco a pedir clemencia a los pies de un religioso. Deshecho por el dolor, confesó al clérigo sus crímenes y su pacto con Satanás.

El reverendo, horrorizado pero sereno, le indicó ir durante tres noches consecutivas a rezar un rosario a las once de la noche al pie de la horca, para poder absolverlo.

Esa misma noche, acudió Don Juan Manuel, pero todavía no acababa de rezar el rosario cuando escuchó una voz :

- ¡Un Padre Nuestro y un Ave María por el alma de D. Juan Manuel!

Don Juan Manuel enmudeció y fue de regreso a su casa, para esperar despierto a que amaneciera y acudió nuevamente con el religioso a contarle lo sucedido.

El clérigo le dijo que regresara porque eso que había escuchado seguramente era una tranpa del Diablo que lo quería apartar de la salvación, por lo que le recomendó que se persignara cuando volviera a percibir una cosa así.

Sin otra opción, Don Juan Manuel volvió esa noche a las once a la horca, pero en cuanto se puso de rodillas para rezar vió un cortejo de figuras fantasmales que llevaban un cadáver en un ataúd. Don Juan Manuel se acercó y pudo distinguir que era él mismo, por lo que nuevamente se llenó de miedo.

Al día siguiente, Don Juan Manuel regresó al Convento de San Francisco rogándole con impaciencia al religioso que lo absolviera, por lo que éste al ver su arrepentimiento lo absolvió con la condición de que esa noche regresara a la horca a terminar de rezar la última parte del rosario.

Nadie sabe lo que pasó después, pero dicen que al día siguiente amaneció colgado el cadáver de Don Juan Manuel. Unos dicen que Don Juan Manuel fue colgado por los ángeles, otros que por el Diablo, pero la verdad nadie la conoce.

También cuentan que no se le volvió a ver porque finalmente consiguió entrar a la orden de San Francisco, renunciando a su vida pasada. Lo cierto es que la tradición quedó, y el miedo a pasar por esa calle a las once de la noche.

viernes, 28 de mayo de 2010

La niña de las iglesias

No sé si este relato realmente pasó, pero aquí en México es muy sonada esta historia:
Siendo una noche como todas, pero en especial, ésta era una noche un poco más fría, más obscura, cerca de la 1 de la madrugada, un taxista regresaba a su casa después de todo un día de arduo trabajo, en la calle ya no había ni alma de gente, pero al pasar frente al cementerio general de la ciudad se percató que una chica le hacía la parada, éste se siguió pensando que ya estaba muy cansado y que era muy tarde para hacer otra dejada.

Sin embargo reflexionó y pensando en su sobrina de 17 años que fué violada y asesinada 3 años atrás, dijo, "pobre chica, no la puedo dejar ahí expuesta a no se qué miserable".

Retrocedió su taxi y llegó hasta ella, tenía aproximadamente entre 18 - 19 años. Al contemplar su rostro, el taxista sintió un frío intenso y cierto sobresalto, al que no le dió importancia, pues la niña era dueña de un rostro angelical, inspiraba pureza, de piel blanca, muy blanca, cabello sumamente largo, era delgada, facciones finas, con unos ojos grandes, azules, pero infinitamente tristes, tenía un vestido blanco, de encaje, y en su cuello colgaba un relicario bellísimo de oro, que se veía de época.

El taxista acongojado le preguntó adónde la dejaba, y le dijo que quería que la llevara a visitar 7 iglesias de la ciudad, las que él quisiera, su voz era suave, muy triste, pero dejaba notar un timbre muy extraño, que le dejó una sensación de miedo y misterio.

Para no hacerla larga, el taxista la llevó a cada una de las siete iglesias sin replicar, en cada una pasaba cerca de 3 minutos y salía con una expresión de serenidad, de tranquilidad, pero sin abandonar de sus ojos esa mirada de infinita tristeza.

Al final del paseo, ella le pidió un favor. "Discúlpeme si he abusado mucho de su bondad, mi nombre es Alicia, no tengo dinero para pagarle ahora, sin embargo le dejaré éste relicario, y podría hacerme un último favor? Vaya a la colonia Jazmines # 245, ahí vive mi padre, entréguele mi relicario y pídale que le pague su servicio, ah, y dígale que lo quiero y que no se olvide de mí. Déjeme donde me recogió por favor."

El taxista se sintió como en un trance, en donde actuaba automáticamente a la petición de la chica, y la dejó ahí, frente al cementerio. El hombre se fue a su casa, se sentía mareado, le dolía intensamente la cabeza, y su cuerpo le ardía por la fiebre que empezaba a tener, su esposa lo atendió de ese repentino mal, duró así casi 3 días.

Cuando al fín pudo reaccionar y se sintió mejor, recordó su última noche en el taxi, recordó a la niña angelical de las iglesias, y recordó su última petición, que le hizo sentir un escalofrío intenso que hizo que se simbrara de pies a cabeza, aunque él no comprendía nada, pensó "que raro fue todo, seguro se fue de su casa, o tiene problemas, pero, ¿por qué en el cementerio? ¿quién era?, ¡¡El relicario!!", sí ahí estaba, sobre su mesita de cama, el relicario de Alicia, que ahora tenía restos de tierra.

Se paró como un resorte, tomó su taxi y fue a la dirección que le diera la chica, pero no con la intención de cobrar, sino de descubrir, conocer, aclarar la verdad detrás de ese misterio que le inquietaba, que le estremecía, que no quería ni pensar.

Tocó, era una casa grande, estilo colonial, vieja, entonces abrió un hombre, de edad avanzada, alto, de aspecto extranjero, con unos ojos, si los ojos de Alicia, así de tristes. El taxista le dijo "Disculpe señor, vengo de parte de su hija Alicia, ella solicitó mis servicios, me pidió que la llevara a visitar siete iglesias, así lo hice y me dejó su relicario como penda para que usted me pagara". El hombre al ver la joya rompió en llanto incontrolable, hizo pasar al taxista y le mostró un retrato, el de Alicia, idéntica a la de hace 3 noches.

¿Es ella mi Alicia?, le dijo el hombre, "Sí ella, con ese mismo vestido".

"No puede ser, hace tres noches cumplió 7 años de muerta, murió en un accidente automovilístico, y este relicario que le dió fue enterrado con ella, y ese mismo vestido, su favorito... hija, perdón, debí hacerte una misa, debí haberme acordado de tí, debí...."

El hombre lloró como un niño, lloró y lloró, el taxista estaba pálido, pasmado de la impresión,"había convivido con una muerta" eso lo explicaba todo.

Volviendo de su estupor, le dijo al padre de Alicia, "señor, yo la ví, yo hablé y conviví con ella, me dijo que lo amaba, que lo amaba mucho, y que no se volviera a olvidar de ella, creo que eso le dolió mucho".

Se dice que el padre de Alicia recompensó al taxista, le regaló toda una flotilla de taxis para que iniciara un negocio, todo en agradecimiento por haber ayudado a su niña adorada a visitar las iglesias en su aniversario fúnebre.

jueves, 27 de mayo de 2010

Leyenda del diluvio (Mito mexicano)

Mito mexicano que cuenta como los dioses ordenaron lluvia en castigo al mal comportamiento del hombre. Estos para conciliarse con los dioses debieron hacer algo...

Se dice que muchos, muchos años antes de la llegada de los españoles a nuestra tierra, sucedió lo que les voy a contar: Había llovido mucho en aquel año y continuaba lloviendo desde la mañana hasta la noche, sin que un rayo de sol ni de luna que iluminará los campos. Las lindas estrellas se habían ocultado quizá para siempre, y los pájaros escondidos en sus nidos piaban tristemente, cubriendo con sus alitas empapadas a los bebés pajaritos; así, las madres cuidan de sus hijos temblorosos de frío. Lloraban las madres y se aterrorizaban los niños porque veían caer el cielo torrentes de agua en forma de grandes culebras que azotaban los campos, destruían los sembrados, anegaban las ciudades, como enormes gigantes heridos, y el hogar tolteca corría peligro. Así estaba aquel país de antepasados en los día del diluvio.

¿Por qué el cielo se mostraba tan severo con los hombres?

¡Ah! Porque habían faltado a su deber, no eran trabajadores, ni adoraban a sus dioses, ni eran respetuosos con los otros hombres, sus hermanos. Entonces los hombres pensaron hacer algo para salvar a la familia. Construyeron una gran pirámide como montaña de ladrillo y cemento especial, que llamaron Tolan Cholatan, alta, hasta el cielo, para escapar de la inundación. Ahí elevaron un altar a Tlaloc, el dios de las lluvias, y a Quetzalcóatl, el dios del viento; y subieron a sus familias por las grandes escalinatas de piedra hasta llegar a la cumbre... el dios de las aguas, compadecido de los hombres al ver su actividad y unión en el trabajo, hizo cesar el diluvió, y la aflicción del pueblo terminó.

miércoles, 26 de mayo de 2010

El León del Señor San Jerónimo

Se cuenta que el Señor San Jerónimo, santo patrón de este lugar, tenía un león a su lado; pero la ciudadanía de quel entonces, empezó a preguntarse el por qué; ya que esto no era correcto en su papel de patrono de pueblo. Unos afirmaban que debía tenerlo, otros que no, en fin, se pusieron de acuerdo y se lo quitaron.

No se sabe si fue la fe, la superstición o el temor por habérselo quitado, pero se dice que después de algunos días empezó a escucharse el rugido de un león por las noches, y al amanecer se encontraban los restos de animales como perros, borregos, becerros y hasta burros, como indicio de que dicho animal los mataba y se los comía.

Ya la gente no salía cuando empezaba a oscurecer, todo mundo atrancaba las puertas por temor a que el animal entrara a sus casas.

Cuenta un sacristán, que estuvo durante 60 años en este oficio, que él dormía en una pieza que está junto al curato de la Parroquia y que hasta allí oía rugidos del león todas las noches.

Otras personas dicen que era un monstruo que salía de los túneles que se cree tiene el subsuelo de la cabecera municipal, pero sea como fuese, el caso es que a diario aparecía un animal muerto.

Los que le quitaron el león a San Jerónimo, se reunieron y acordaron colocarlo otra vez en el lugar que lo tenía, pues temían que fuera un castigo por habérselo quitado.

Desde que pusieron al león en el lugar donde estaba, no se volvió a aparecer por las noches a causar destrozos, por lo cual el santo volvió a ser venerado como antes.