jueves, 30 de junio de 2011

Experimentos humanos de Guatemala a Pont-Saint-Esprit: Conspiración terrible de la CIA

Este fin de semana conocíamos una noticia que pone los pelos de punta: entre 1946 y 1948 científicos estadounidenses inocularon varias enfermedades venéreas, básicamente sífilis y gonorrea, a pacientes y reclusos en psiquiátricos y cárceles de Guatemala.

Se trataba, al parecer, de estudiar la eficacia de la penicilina. La propia Casa Blanca ha reconocido los hechos y ha tenido que pedir perdón. La noticia es tremenda pero, a decir verdad, llueve sobre mojado.
Al final, uno tiene difícil el no escorarse hacia las teorías de la conspiración.

Y es que hay un detalle que resulta demoledor. Nos enteramos de barbaridades como la acaecida en Guatemala no por un imperativo de transparencia de los gobiernos, sino por algún fallo en los mecanismos de control de los archivos y las informaciones. Así las cosas: ¿cuánta basura ha sido borrada para siempre de las bases de datos, cuánta miseria humana queda todavía por conocer?

Sin duda, EEUU está entre los primeros puestos del libro negro de los experimentos con humanos. Por supuesto, no es el único. Aquí valdría la conocida exhortación neotestamentaria de que “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Pero también es cierto que, a mayor poder, mayor irresponsabilidad.

Y así, el imperio americano tuvo incluso la osadía de experimentar con ciudadanos americanos. Dejaremos, sin embargo, tal relato para otra ocasión. En lo que nos queda de artículo vamos a recordar uno de los casos más espectaculares, actualizado en fechas recientes gracias a un documental de la BBC. Sucedió en la localidad francesa de Pont-Saint-Esprit y detrás estaba, cómo no, la CIA.

Agosto de 1951. El calor aprieta en Pont-Saint-Esprit, al sur de Francia. De repente, el día 16, se desata la locura. El cartero reparte la correspondencia cuando empieza a sufrir convulsiones y alucinaciones. No es el único: en pocas horas se desata una ola de histeria y delirio que parece anunciar el fin del mundo.

Se contaron por centenares los habitantes del pueblo que vieron las figuras más absurdas: brazos convertidos en serpientes, caras demoníacas naciendo entre las entrañas de los propios cuerpos, tigres de fuego surgidos de la nada…Otros tenían la sensación de que su cabeza era de plomo fundido y hasta hubo quien saltó por la ventana pensando que se había convertido en un avión.

Hubo varios muertos, casi todos por suicidio que podríamos llamar involuntario (como el del hombre-avión) y alguno a causa de paradas respiratorias. A finales de mes, sin embargo, la calma volvió a Pont-Saint-Esprit: el brote paranoico había cesado.

¿Pero qué ocurrió? Al principio se habló del misterio del pan maldito y se dijo que el responsable fue un pan de centeno con un hongo alucinógeno: el cornezuelo del centeno. Sin embargo, cerca de Pont-Saint-Esprit había una base militar americana. Y un dato esclarecedor: Frank Olson estuvo en la zona en 1951.

(Frank Olson fue uno de los investigadores claves en asuntos relacionados con nuevas drogas (en especial LSD) en las primeras décadas de la CIA. Su nombre está detrás de numerosos casos y, todo sea dicho, su propia muerte está envuelta en las brumas de la conspiración).

Por lo tanto: ¿experimentó la CIA con población civil los efectos de una droga tan potente como el LSD (o derivados)? Parece que sí. Ya sólo falta demostrar que Woodstock fue una idea del FBI y el círculo quedará cerrado. Qué astutos son los servicios de inteligencia y las agencias de seguridad, dios mío. Fueron ellos quienes pusieron de moda las drogas sintéticas y los festivales…

miércoles, 29 de junio de 2011

Guillermo Tell: Héroe legendario de la independencia suiza

Guillermo Tell es uno de los personajes legendarios de Suiza, al que se sitúa en el siglo XIV y al que hasta la fecha nadie ha podido confirmar su existencia real.

Aquella Suiza de los siglos XIII y XIV estaba dominado por los Habsburgo. Reinaba por aquel entonces Rodolfo I de Habsburgo, quien había dado comienzo a la dinastía, cuando estalló una rebelión en tres cantones suizos montañosos de una gran riqueza: Shwyz, Uri y Unterwalden. Fue el hijo de Rodolfo I, Alberto, el que sofocó aquella rebelión con extrema dureza, anexionando los territorios a la familia de los Habsburgo.

Fue entonces, cuando bajo aquella fuerte represión, apareció la figura heroica que todos los cantones suizos necesitaban.

Cuenta la leyenda que Guillermo Tell, nacido en Bürglen, en el cantón suizo de Uri, pasaba un día por la plaza central de Altdorf donde estaba el sombrero de la casa dominante, ante el cual todos los suizos debían inclinarse. Altivo, Tell no lo hizo y fue apresado. Hermann Gessler, gobernador de Altdorf, cruel y mezquino, impuso un castigo por su rebeldía al héroe y le obligó a disparar con su ballesta a una manzana situada sobre la cabeza de su hijo.

Guillermo Tell cargó su carcaj con dos flechas. Disparó la primera y atravesó en su mismo centro la manzana que estaba sobre la cabeza de su hijo. Cuando fue interrogado por Gessler acerca de la segunda flecha, Tell contestó que aquella estaba dirigida al tirano que lo obligó a disparar, en caso de que sin querer hubiera matado a su hijo. Al oírlo, fue nuevamente apresado y mandado a galeras. Pero el barco sufrió un naufragio, y Guillermo Tell salvó a los soldados y al propio gobernador que también viajaba. Al llegar a tierra, el ballestero suizo le tendió una emboscada a Gessler y lo mató.

Desde entonces su historia se ha corrido de boca en boca, y siglos más tarde fue tomada para ser divulgada como símbolo de la lucha por la libertad, aunque jamás pudo saberse si realmente aquella historia fue real o no, y ni tan siquiera quedó constancia de si Guillermo Tell y Gessler existieron o fueron producto de la imaginación popular que necesitaba de un héroe para sublevarse ante los opresores.

Finalmente, en el año 1389, la Confederación Helvética proclamó su independencia de los Habsburgo.

martes, 28 de junio de 2011

Rey Arturo: Un destacado personaje de la literatura europea

Cuenta la leyenda que: No hubo rey más justo ni más bueno que Arturo, hijo de Uther, rey de Gran Bretaña, ni caballeros con más altos ideales y honrados de corazón que aquéllos que lo acompañaron en la Tabla Redonda.
Era una época de magia, de encantamientos y hechizos. Tiempos de guerra y rituales. Uther Pendragón deseaba perdidamente a Ingraine, la esposa de su mayor enemigo, Gorlois, duque de Cornualles, y para conseguirla cayó en la más indigna de las tretas: logró de Merlín un encantamiento tal, que cuando la duquesa lo vio la confundió con su propio esposo. Aquella misma noche, Uther e Ingraine yacieron juntos, y de aquel encuentro se engendró el que sería el alma más pura y noble que conocieran aquellas tierras.

Pero aquel trato indigno con el mago no sería gratis, pues el fruto de aquella noche habría de ser entregado al propio mago. Así, Arturo fue tomado por Merlín, quien lo entregó a Sir Héctor para que lo criara en la sabiduría y la lealtad.

Las continuas guerras entre Uther y Gorlois no tuvieron fin, y aquel encuentro con el que pretendían supuestamente sellar la paz, no sirvió sino para aumentar las viejas rivalidades. Gran Bretaña, tras la muerte de Uther, teniendo Arturo sólo dos años, cayó en decadencia. La crueldad, la tiranía, la pobreza y la injusticia se apoderaron del país. Y así, pasaron los años, hasta que el propio Merlín predijo que sólo un milagro revelaría el nombre del que habría de ser nuevo rey.

Y ese milagro ocurrió. Un día, no se sabe cómo, en el cementerio del reino apareció una espada clavada en una roca. Rezaba en la piedra:
Muchos fueron los nobles que lo intentaron, pero todos sin éxito. Sólo esa alma noble que habría de levantar a Gran Bretaña podría sacar aquella espada mágica. Celebrándose un torneo en el reino, el hermanastro de Arturo requirió de una espada. Presto, Arturo corrió a buscarle una. Pendragón se acercó hacia la piedra, y sin esfuerzo, tomándola del mango, deslizó la hoja por la ranura de la roca hasta sacarla.

Se había cumplido la profecía. Arturo era el elegido. Aquella espada mágica había visto la pureza de su alma y se ofreció a sus manos. Postrados, los presentes ofrecieron reverencia a su nuevo rey, Arturo, nombrado así por el Obispo de Canterbury. Merlín se hizo inseparable del rey, adiestrándole y educándole en su reinado, pero un día paseando por el bosque se encontró con Pellinore, padre de Percival, quien le retó a duelo. Gracias a Merlín, quien usó sus artes mágicas, Arturo ganó el combate, pero la amada espada que había sacado de la roca se partió en dos. El desconsuelo hacía mella en el joven rey, hasta que a orillas de un lago, divisó en el centro un brazo que emergía del fondo ofreciéndole una nueva espada: Excalibur. Las brumas del bosque parecían envolverles, los sonidos se silenciaron, el viento pareció parar y de entre la neblina del lago apareció una barcaza con una dama vestida de blanco: era la Dama del Lago, quien lo condujo hasta la espada. Arturo lo tomó de la mano que se la ofrecía y leyó en ella, en un lado de la hoja la inscripción “tómame”, y en la otra “arrójame lejos”.

Fue el comienzo de una bella historia. La de un rey que pacificó su reino e hizo justicia, ganándose el respeto de quienes estaban bajo su reinado, pero al mismo tiempo, gobernando con templanza frente a sus enemigos. Y así, su nombre resonó por toda Britania. Llegaba la edad para encontrar quien la acompañara en su vida, y Arturo se enamoró de una joven, Ginebra, hija del Rey de Cameliard. Éste acogió la propuesta de matrimonio con entusiasmo, pero Ginebra, aun cuando admiraba las dotes de su futuro marido y lo respetaba profundamente, no llegó a enamorarse de él. Sus pensamientos y sus miradas iban dirigidos al principal caballero de Arturo, Lancelot, mas la lealtad de ambos le impedían estar juntos. Él le debía fidelidad a su rey; ella a su marido.

Lancelot, su caballero más fiel y más valiente; el más arrojado y el mejor. Fue el más conocido de todos los caballeros que estaban reunidos aquel día en que el cielo se abrió para reconocer a Arturo. Y allí, en aquella mesa redonda, en aquel momento, se creó la Orden de los Caballeros de la Tabla Redonda, quienes lucharían y entregarían su vida por la libertad y la justicia.

Serían años de paz y de tranquilidad en el reino, hasta que Merlín anunció la necesidad de buscar el Santo Grial, el cáliz perdido con la Sangre de Cristo. Fue el principio del fin de la Orden y por ende, del reino. Cada caballero partió en busca del Tesoro. Sir Gallahad, hijo de Sir Lancelot; Sir Percival; Sir Bors... Disuelta la Orden, y alejado los Caballeros, el reino quedó a merced de los envidiosos, y entre ellos, Sir Mordred y Argavine.

El complot se fue forjando tras las murallas de Camelot. Sir Mordred y Argavine acusaron a Lancelot de querer quedarse con el reino de Arturo y con su mujer Ginebra, aprovechando que ésta había entrado en los aposentos del fiel caballero, a los que encerraron. Sir Lancelot se defendió dando muerte a 13 caballeros que quisieron apresarlo injustamente, pero hubo de renunciar a Camelot y marcharse tras dar muerte a dos hermanos de Sir Gawain, otro de los más nobles caballeros de la Mesa Redonda. Éste salió tras los pasos de Lancelot, haciéndose acompañar por el propio rey Arturo, quien dejó el reino en las manos de Mordred.

Cuando descubrieron la añagaza, era tarde. Mordred reclamó para sí el reino. El enfrentamiento estaba próximo, pero una visión le dijo que no debía atacar sin la ayuda de Lancelot. Arturo intentó alargar el combate, pero cuando parecía que sellaban la paz, un caballero levantó la espada para matar una serpiente que le atacaba. Fue la señal desdichada, como si el destino se hubiera conjurado contra quien al final de su vida no había sabido controlar a sus propios caballeros.

La lucha comenzó; fratricida, violenta; sangre por doquier; horror y muerte. Fueron cientos, miles los que murieron en aquella batalla, hasta que Mordred y Arturo quedaron finalmente frente a frente. Arturo se abalanzó con su fiel Excalibur alzada contra Mordred y, con un rápido mandoble, lo atravesó dándole muerte, mas, para su desgracia, cayó sobre la espada de Mordred, mortalmente herido.

Se le iba la vida, y recordó aquel mensaje que ocultaba la espada en su hoja: “arrójame lejos”. Pidió ayuda para acercarse al lago donde un buen día recogiera a Excalibur, y reuniendo sus últimas fuerzas la lanzó al centro. Del lago emergió una mano mágica que recogió la espada, y lentamente, se sumergió para siempre en el fondo. Los presentes asistieron entonces asombrados a los hechos que se sucedieron: de entre la niebla volvió a surgir una barcaza, esta vez con tres damas vestidas de negro, quien recogieron al rey Arturo y se lo llevaron aguas adentro.

El pesar se apoderó de sus soldados. Las lágrimas y el llanto los acompañó largo tiempo; las tinieblas cayeron sobre un reino ejemplo de justicia y durante muchos años la anarquía reinó en Britania.

Días después, alguien vio a tres damas vestidas de negro enterrar a un noble caballero junto a una ermita en un bosque. El rumor se propagó, y se dijo que aquél era el cuerpo de Arturo. Cuando poco después, Ginebra, presa de la tristeza murió, la enterraron en aquel mismo lugar, para que por siempre durmieran juntos. Avalon, quizás... pero, al fin, la morada eterna de un rey justo.

Jamás antes se habían juntado un rey tan bueno, ni caballeros con tan nobles ideales... jamás antes, Gran Bretaña vivió de una paz más justa.
Pero eso... eso es lo que cuenta la leyenda…

lunes, 27 de junio de 2011

Sigfrido: Héroe de la literatura y mitología germánica

Sigfrido, hijo del rey Sigmund de Niederland y de la bella Siegelinde, escuchó la llamada de la aventura a edad temprana. Siendo apenas un niño abandonó el castillo de sus padres y vagó a través de campos, ríos y bosques, hasta que el enano Mimir lo acogió en su fragua.

Cerca de la casa de Mimir se abría una profunda cueva que conducía al reino de los nibelungos. Estos enanos, expertos en la minería y la orfebrería, poseían un fabuloso tesoro que guardaban en una gran cámara próxima a la superficie. Un dragón llamado Fafnir protegía el tesoro.

Mimir era también un nibelungo, pero odiaba a sus congéneres por haberlo expulsado del reino subterráneo. Cuando vio que Sigfrido tenía valor suficiente para convertirse en un gran héroe, concibió la idea de utilizar al joven como instrumento de venganza. A partir de ese instante comenzó a enseñarle todo lo que sabía y a adiestrarlo en el manejo de las armas, con la esperanza de que algún día venciera al dragón Fafnir, arrebatando a los nibelungos sus riquezas.

Llegó el momento en que Sigfrido estuvo preparado para batir a Fafnir, pero no tenía una espada lo suficientemente resistente como para enfrentarse con garantías a él. Así que Mimir forjó la espada Balmung con los fragmentos de otra que había encontrado en el bosque (y que algunos dicen había fabricado el mismísimo Odín tiempo atrás) y se la entregó a Sigfrido antes de que partiera a combatir con el dragón.

Tras una dura lid, Sigfrido logró clavar la espada en el corazón de la bestia, que murió entre rugidos y coletazos ya inútiles. Cuando el dragón dejó de moverse, Sigfrido se bañó en su sangre aún caliente, pues Mimir le había revelado que si hacía así se volvería invulnerable. Sin embargo, una pequeña hoja de tilo pegada a su espalda dejó un punto en el que la sangre del dragón no llegó a tocar.

La hazaña no calmó la sed de aventuras de Sigfrido, que abandonó la casa del herrero para buscar nuevos desafíos. Del tesoro de los nibelungos sólo se llevó un casco mágico que volvía invisible a quien lo llevara puesto y también, a pesar de los consejos de Mimir, un anillo muy hermoso pero que según una antigua maldición traía la muerte a su dueño.

Pasó a Dinamarca, cuyo rey le obsequió con el caballo Grani, descendiente de Sleipnir, el mítico caballo de ocho patas de Odín, y embarcó en dirección a Islandia. En la isla del hielo encontró un castillo rodeado por un muro de llamas, en cuyo patio una hermosa doncella vestida con cota de malla yacía dormida sobre un escudo. Montado en Grani, Sigfrido saltó por encima de las llamas, y despertó a la joven con un beso. Brunilda, pues así se llamaba la doncella, le contó a Sigfrido su historia: Odín la había castigado, a ella que era una valquiria, a permanecer dormida en aquel castillo hasta que llegase un caballero tan valiente como para cruzar el cerco de fuego.

Sigfrido acompañó a Brunilda durante unos días, pero pronto sintió nostalgia de la casa de sus padres, con quienes hacía tanto tiempo que no estaba, y abandonó Islandia para regresar a la corte de Niederland, en donde fue recibido como un hijo pródigo y como un héroe.

Sin embargo, no permanecería por mucho tiempo en el castillo paterno. A Niederland llegaban noticias acerca de la magnificencia del vecino reino de Burgundia, del valor de su rey Gunther y del vasallo Hagen, y de la hermosura de la hermana del rey, Crimilda. Sigfrido sintió deseos de verlo con sus propios ojos, así que viajó a Burgundia, en donde trabó amistad con el rey y se enamoró de su hermana, siendo correspondido por ella.

Un día llegó a la capital de Burgundia, la ciudad de Worms, un escaldo islandés declamando versos acerca de una princesa de su tierra llamada Brunilda que desafiaba en combate a todo aquel que pretendiera casarse con ella. Hasta aquel momento nadie había pasado la prueba. Inflamada su imaginación por las palabras del escaldo, Gunther quiso ir a Islandia para vencer a Brunilda y tomarla como esposa. Sigfrido sabía que tal empresa excedía la capacidad del rey, así que intentó disuadirlo. No lo logró, y encima Gunther le pidió que lo ayudara en su propósito, algo a lo que Sigfrido se negó en principio, aunque, como el burgundio le ofrecía a cambio la mano de Crimilda, acabó por ceder.

Juntos embarcaron hacia Islandia. En el momento de subir al barco, Sigfrido se puso el casco mágico del tesoro de los nibelungos, que volvía invisible a su portador. De esa manera podría guiar el brazo del rey Gunther durante su pelea con Brunilda sin que esta se diera cuenta. El combate salió como ellos esperaban y, una vez derrotada, Brunilda accedió a marchar a Worms y casarse con Gunther.

La ceremonia se celebró con todo el boato del que la corte burgunda era capaz, pues no sólo se casaba el rey, sino que lo hacía también su hermana. Aunque a partir de ese día Gunther colmó de atenciones a Brunilda, esta no era feliz: su marido no se comportaba como el gallardo héroe que la valquiria esperaba y ella en realidad ardía de celos por Sigfrido. Las discusiones con su cuñada se volvían cada vez más agrias, y en lo más álgido de una de ellas Crimilda le contó la verdad acerca de lo sucedido en Islandia. Brunilda montó en cólera y se marchó de Worms para no volver nunca.

Abandonado y humillado, Gunther culpaba a Sigfrido de la marcha de su esposa. El vasallo Hagen vertía palabras llenas de ponzoña en sus oídos, incitándole a matarlo, pero el rey dudaba, ya que, después de todo, Sigfrido era invencible. Sin embargo, Hagen le convenció de que dejara el asunto en sus manos. Él encontraría el modo.

Su habilidad para manipular el corazón de sus semejantes no tenía par y con medias verdades se ganó rápidamente la confianza de Crimilda. Le confesó que Gunther quería asesinar a su marido, pero añadió que él estaba de parte suya y se encargaría de evitarlo. Ella le reveló entonces que Sigfrido era invulnerable por haberse bañado en la sangre de Fafnir salvo en aquel pequeño punto de la espalda en el que la hoja de tilo había impedido que la sangre tocara su piel. Una vez supo esto, Hagen organizó una cacería durante la que, tras quedarse a solas con Sigfrido, le clavó una daga en la espalda, atravesando su corazón.

Así murió el valiente Sigfrido, hijo de Sigmund y de Siegelinde. Con su muerte se cumplió la maldición del anillo de los nibelungos.

Esta es sólo una entre las múltiples versiones de la leyenda de Sigfrido, cuyo origen se remonta a la época en que los pueblos germánicos y escandinavos regían las tierras del otro lado del Rhin, más allá de la frontera del Imperio Romano.

viernes, 24 de junio de 2011

El Pergamino de Chinon: La absolución a los caballeros templarios

El 13 de octubre de 1307 comenzaron las detenciones, por orden real, de todos los caballeros templarios en Francia. Comenzaron los interrogatorios, los torturaron, y finalmente, acabaron reconociendo que aquellas acusaciones por las que habían sido detenidos, herejía y sodomía entre otras, eran ciertas. Clemente V, Papa de aquella época, ordenó también la detención de los templarios que estaban en todo Occidente y en Chipre, y casi 600 caballeros más fueron llevados a París para ser juzgados. Corría ya el año 1309, y en esos dos años, algunos de aquellos primeros templarios detenidos, se retractaron de las declaraciones iniciales convirtiéndose así en relapsos. 54 de ellos fueron ejecutados en la hoguera en mayo de 1310.

En el Concilio de Vienne, en el año 1312, Clemente V dictó la bula Vox in excelso por la que suprimió la Orden del Temple quedando sólo pendiente de sentencia los casos de sus cuatro más importantes dirigentes: Jacques de Molay, Geoffrey de Charney, Hughes de Pairaud y Geoffrey de Gonneville.

Tras declararse inocentes, los dos primeros fueron llevados frente a la catedral de Notre Dame de París, y ante todo el pueblo, fueron quemados. Jacques de Molay, Maestre del Temple murió en la hoguera el 18 de marzo de 1314 no sin antes lanzar una maldición contra los dos culpables de su detención, el Papa Clemente V y el Rey Felipe IV instándolos a presentarse ante el Altísimo en menos de un año. Ambos, el Papa y el Rey murieron en pocos meses.

Pero éste no es sino un breve resumen de los hechos que ocurrieron entre 1307 y 1314. ¿Qué fue lo que llevó a la desaparición de la Orden Templaria? ¿Hubo una conspiración contra ellos? A la vista de un documento, y aunque ya se sabía, que ha sacado el Vaticano a la luz en octubre del año pasado, está claro que sí. Esos documentos que han permanecido durante 700 años ocultos en los Archivos Secretos del Vaticano muestran lo ocurrido en los juicios que se realizaron contra los templarios en el castillo de Chinon: es el tomo titulado “ Procesus contra Templarios“ y ya se le conoce como “Pergamino de Chinon” en el que el Papa Clemente V concedió la absolución a los caballeros templarios reconociendo que no había motivos para su enjuiciamiento.

Remontándonos a aquellos años, varias fueron las causas que llevaron a que una orden tan rica y poderosa como la del Temple desapareciera.

Inicialmente la Orden nació con el fin de preservar la religión católica y sus posesiones en el Mundo. Lo mismo ocurría con mucha otras órdenes militares, como los caballeros Hospitalarios, cuyo fin último era recuperar para la Cristiandad territorios sagrados de manos de los árabes. Sin embargo, cuando en el transcurso de la batalla de Juan de Acre, en el año 1291, perdieron las últimas de las posesiones en Tierra Santa, su razón de ser desapareció y con todo su poder y riquezas se convirtieron en un peligro para el orden gubernamental del momento. Así se lo temió Felipe IV el Hermoso, quien veía inmiscuirse en muchos temas a los Caballeros Templarios, quienes a su vez sólo tenían que rendir cuentas al Papa, permaneciendo intocables para el propio Rey.

Por otro lado, tampoco sus hazañas eran bien recibidas entre el pueblo, pues suponían un costo extra que habían de soportar ellos mismos, dado que las órdenes militares estaban exentas del pago de impuestos.

Felipe IV, el principal impulsor de la lucha contra los templarios, además, odiaba a su Gran Maestre, Jacques de Molay, quien había accedido al puesto a costa del gran amigo del Rey, Hugo de Peraud.

Pero fue el dinero el gran motivo que impulsó a Felipe IV el Hermoso a comenzar la campaña persecutoria contra los Templarios. Las continuas luchas del reino contra Inglaterra y Flandes estaban vaciando las arcas, y Felipe IV andaba muy necesitado de dinero. Varias veces había tenido que acudir a los inmensos tesoros templarios, solicitándoles un préstamo. Las deudas con ellos aumentaban, y por tanto, eliminarlos suponía automáticamente que todas las deudas del Estado con los Templarios desaparecieran, y además, cabía la posibilidad de quedarse con todas las posesiones de los caballeros de la Orden.

Clemente V, al que ahora exculpa la Iglesia de aquella persecución en el pergamino de Chinon, no fue sino una simple marioneta en manos del Rey, más por miedo a ser asesinado o arrinconado como lo había sido su antecesor Bonifacio VIII, que por falta de poder, ya que era prerrogativa del Papado la dirección de todas las órdenes militares.

Perseguidos, cruelmente torturados y finalmente quemados en la hoguera, aquellos Caballeros Templarios de los que tantas leyendas e historias se han escrito desaparecieron en aquel año de 1314... O quizás no…