viernes, 29 de julio de 2011

La Jerarquía Celestial: El ejército del bien

Según la Teología Católica, en el siglo VI d. C. tuvo lugar la publicación de “La Jerarquía Celeste”, un libro que comprendía una serie de textos impregnados de misticismo y cuya autoría fue atribuida, en un primer momento, a un obispo de Atenas llamado Dionisio Aeropagita. Sin embargo, estudios posteriores vendrían a demostrar que este obispo, también discípulo de San Pablo, no había sido el autor de dicha obra, sino un escritor anónimo al que se le daría el nombre de Pseudo Dionisio Aeropagita.

Atendiendo al contenido de “La Jerarquía Celeste”, la Corte Celestial estaría formada, por 9 órdenes o coros angélicos que a su vez, y conforme a sus respectivos grados de relevancia, vendrían a dividirse en las Tríadas Superior, Intermedia e Inferior.

En la Tríada Superior se congregan los seres que de manera más próxima y directa sirven a Dios. En ella existen 3 órdenes: Serafines, Querubines y Tronos. Los Serafines o “Saraph” (“seres de fuego”) tienen como cometido rodear el trono de Dios y mantener, mediante el canto, una alabanza continua a la Gloria de Dios.

En un principio, fueron 4 los Serafines: Luzbel (que al rebelarse pasaría a ser Lucifer), Miguel (que tras la traición del anterior pasaría a desempeñar otras funciones que le son encomendadas), Kemuel y Natanael. Son seres alados con la peculiaridad de contar con 3 pares de alas y que se caracterizan por su belleza incomparable; hasta el punto de que sólo Dios puede contemplarlos. Además, se les atribuye la destrucción de Sodoma y Gomorra.

Los Querubines fueron ubicados al Este del Edén con la misión de proteger el camino que conducía al Árbol de la Vida. Fue uno de ellos quien expulsó a Adán y Eva del Paraíso por su desobediencia. Los textos bíblicos hablan de su velocidad idéntica al relámpago e inteligencia extraordinaria. Con alas multicolores y como serpientes de fuego, se reconoce a los Tronos. Son mensajeros de Dios y propician las Revelaciones. No obstante, su tarea principal consiste en sostener el trono de Dios.

En el segundo grupo, el de la Tríada Intermedia, localizamos a las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades. Son considerados “espíritus cosmogónicos” porque mantienen la concordancia de los astros. Las primeras (Zadkiel, Yahriel y Muriel) intervienen directamente en el destino de la Humanidad vertiendo la “Misericordia Divina” cuando creen oportuno. Las Virtudes (Bariel y Tarshish) conceden las bendiciones, mientras que las Potestades se encargan de vigilar los Senderos Celestiales e impedir todo avance diabólico.

Con respecto a la Tríada Inferior, decir que en ella se encuentran los ángeles; los únicos que pueden adoptar figura humana y formar parte de la organización de nuestro mundo. Se dividen en “Ángeles de la Guarda”, “Arcángeles” y “Principados”. Un “Ángel de la Guarda” es asignado a cada humano en el momento de su nacimiento y permanece con él hasta su muerte intento guiarle por el buen camino. Si lo consigue ascenderá con él al Reino de los Cielos y se le dará una nueva misión. De no lograrlo, arderá en el Infierno junto con su protegido.

Los “Arcángeles” son Gabriel (Arcángel Protector contra el Miedo y Mensajero Celestial), Miguel (Arcángel de la Esperanza y Jefe del Ejército Celestial) y Rafael (Arcángel de la Paz y protector de los viajeros, de la Salud y del Noviazgo). Todos ellos están dotados de inmensos dones y poderes.

El último coro angélico de esta Tríada, y último escalón jerárquico, pertenece a los “Principados”, criaturas encargadas de velar por todas y cada una de las naciones. Cabe destacar a la “Hueste Angélica”, creada con el fin de sofocar la rebelión de Lucifer y sus seguidores mediante su descomunal fuerza bruta, y a los “Ángeles Castigadores” (Kasiel, Lahatiel, Shatfiel y Puriel). Se sirven de unos caballos de guerra llamados “Criaturas de Abbadón” que tienen rostro humano, dientes de león, cola de escorpión y corona de oro.

jueves, 28 de julio de 2011

La Jerarquía Infernal: Las huestes de Lucifer

Johann Weyer, más conocido por Wierus, fue un conocido doctor y ocultista holandés entregado al estudio de la demonología. Gran parte de su trabajo literario consistió en escribir contra las persecuciones de brujas, y , además, se le atribuyen textos como “De Praestigiis Daemonum, “Pseudomonarchia Daemonum y, quizá, la mayor clasificación en lo que a la estructura del Averno se refiere, “Sanctum Regnum”; la cual coincide plenamente con la visión católica del Infierno y sus ejércitos.

Basándonos en la clasificación del autor y en la Iglesia, la Jerarquía del Infierno presenta tres grupos o rangos jerárquicos, siendo el más importante el de los Espíritus Superiores. Con Lucifer como Emperador y autoridad suprema, este grado máximo lo completan Belzebú y Astaroth; que ostentan título de Príncipe y Gran Duque respectivamente.

El nombre Belcebú (Beelzebuth en su origen filisteo) significa “Señor de las Moscas” y se debe a la gran cantidad de moscas que acuden prestas a la sangre resultante de los sacrificios llevados a cabo en su honor. Por su parte, Astaroth es el Tesorero del Infierno y tiene 40 legiones bajo su mando.

Justo por debajo de los Espíritus Superiores, aparecen los Espíritus Principales. Son seis, forman el mando militar y ejercen funciones meramente bélicas. El más poderoso entre ellos, Lucifogo Rofacale, Primer Ministro y con poder sobre todas las riquezas y tesoros mundanos. En su nombre, son Bael, Agares y Margas quienes comandan ejércitos de millares de espíritus malignos. Satanachia, el Gran General, cuenta con el poder de someter a todas las mujeres y enseñar trucos y ardides a los pastores. Como esbirros directos que dirigen sus legiones guerreras, tiene a Pruslas, Amón y Barbatis.

Un Capitán General tiene la capacidad de conocer todos los secretos guardados en las Cortes y gabinetes de Estado de todas las naciones del mundo. Es amplio conocedor de los metales y sus cualidades, así como de las propiedades curativas de las plantas. Responde al nombre de Agaliarept, y sus lacayos Buer, Gusoin y Botis se encargan de dirigir sus tropas.

Fleuretty es el Teniente General que lleva a cabo cualquier tipo de maniobra maléfica durante la noche. Le prestan apoyo incondicional sus subordinados Bathim, Pursan y Abigar. Un Jefe Superior otorga los dones de la invisibilidad y la teletransportación a quienes les rinden homenaje y adoración, al tiempo que les permite observar todo lo que sucede en el interior de los hogares sin que se les pueda resistir ningún tipo de cerradura. Es el Jefe Superior Sargatanas, y tiene bajo su mando a Valefar, Loray y Foran.

El último de los Seres Superiores y de menos entidad, es el Mariscal de Campo Nebirus. Aún así, no deja de ser poderoso pues, sólo con desearlo, causa enfermedad en quien quiera y atesora artes adivinatorias infalibles. Ayperus, Neberus y Glasyabolas le acompañan en todo momento cuales perros fieles.

En el último escalón de la pirámide de la Jerarquía del Infierno, situamos a los Espíritus Subordinados, monstruos deformes de los que emanan olores pestilentes. Son seres que no presentan el más mínimo atisbo de bondad y forman verdaderas hordas que reciben el nombre de Legiones Infernales. De entre ellas, las más importantes y terribles, son la Legión del Mal o Élite y la Guardia Infernal. Temibles y despiadadas, sólo persiguen la aniquilación total y, para ello, siempre arden en deseos de entrar en combate con las Fuerzas del Bien.

miércoles, 27 de julio de 2011

La leyenda del Atrapasueños: El origen del cazador de sueños

“Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son“, decía Segismundo en la obra “La vida es sueño“. Y qué acertadas son sus palabras. Tejemos nuestra existencia en torno a estas ilusiones llamadas sueños, que pueden endulzar o dejar un sabor amargo. Son emociones inherentes al ser humano, que lo ha acompañan hasta el ocaso de sus días.

Y la tradición oral, aquélla que nos transmite la sabiduría milenaria, nos cuenta que los humanos siempre nos hemos mostrado recelosos a la hora de compartir sueños. Mucho mas que nos los roben. De esta inquietud nace la siguiente leyenda: el Atrapasueños.

Cuando el mundo empezaba a dar sus primeros pasos, un líder espiritual, un Lakota para ser más exactos, tuvo una visión. En ella se le apareció un dios de la sabiduría, en forma de araña, ya que gustaba de gastar bromas. Éste le contó que existía un lenguaje que sólo podían comprender los miembros más virtuosos de la tribu; un lenguaje secreto, que utilizaría para charlar con él, ya que así podría entender el mensaje que venía a darle.

Durante la visión, Lakota escuchó atentamente a este dios en forma de araña, que respondía al nombre Iktomi. Éste, mientras hablaba, tejía una tela la araña. Habló del círculo de la vida, describiendo todas las etapas: el nacimiento, la infancia, la juventud, la madurez y la vejez. Respecto a la vejez, puntualizó que debemos tener más cuidados, ya que volvemos a estar igual de indefensos que en la niñez.

Igualmente, Iktomi señaló que en cada una de estas etapas, tanto las energías del bien como la del mal se nos presentan, y que somos nosotros quienes decidimos a quien escuchar. Que las fuerzas de la naturaleza desean convivir con nosotros en armonía y que está en nuestras manos lograrlo. Llegado a este punto del monólogo, la telaraña estaba casi completa. La había tejido con esmero. Pero en el centro había un hueco. El dios habló:
- Toma esta telaraña. Como ves, está incompleta. Úsala para alcanzar los sueños y las metas de tu pueblo. Usa bien las ideas e ilusiones que tengan los demás. Éstas quedarán atrapadas en estos hilos, mientras que lo malo, los temores y negatividad, los absorberá este agujero.

Y así hizo Lakota. Enseñó a su pueblo, los Sioux, que la telaraña es en realidad un atrapasueños, convirtiéndose en el símbolo de vida. En la red de la vida.

martes, 26 de julio de 2011

La leyenda de Yeh-Shen: La verdadera cenicienta

Esta preciosa leyenda tiene lugar en la antigua China, durante las dinastías Qin y Han.

Yeh-Shen era la hija de una de las dos esposas de Wu, un jefe minero. Cuando la madre de Yeh-Shen murió, ésta quedó al cuidado de la otra esposa de Wu, la cual también tenía una hija. Y, claro, surgieron los celos de la madrastra. Esta, viendo que la pequeña huérfana poseía más virtudes que su propia hija, procuraba amargarle la vida y la trataba fatal, encargándole los peores y más sucios trabajos de la casa.

La vida de Yeh-Shen era tan triste que sólo tenía un amigo: un precioso pez de grandes ojos dorados. Vivía en el río, y cada vez que veía acercarse a la joven, se asomaba fuera del agua para saludarla. Incluso saltaba a la orilla para estar más cerca de ella. Pero esta relación duró poco. La malvada madrastra se enteró y ella misma capturó al pobre pez, sirviéndolo luego para cenar. Con un tremendo disgusto, Yeh-Shen corrió a la orilla del río y allí, acurrucada en el suelo, comenzó a llorar.

De pronto, oyó una voz a su espalda. Al girar la cabeza, sus ojos llenos de lágrimas vieron a un extraño anciano, vestido como un pordiosero y con una larga melena que le caía sobre los hombros. Este le dijo: “Preciosa niña, las espinas de tu amado amigo el pez poseen una poderosa magia. Cada vez que te veas en apuros, sólo tendrás que arrodillarte ante ellas y pedirle ayuda. Pero ten cuidado: no debes malgastar tus deseos.”
Rápidamente, la joven rescató las espinas de la basura y las guardó. El tiempo pasaba y se acercaba el Festival de Primavera, una celebración que los jóvenes del lugar aprovechaban para encontrar su pareja. Yeh-Shen soñaba con asistir. Pero su madrastra quería casar antes a su propia hija y no podía permitir que la presencia de la huérfana le levantara sus posibles pretendientes y lo estropeara todo. Así que no le permitió ir.

Así que, una vez que madre e hija partieron al pueblo, Yeh-Shen pidió a las mágicas espinas un deseo…
La Fiesta de Primavera se celebraba cuando apareció una bellísima joven cubierta con lujosos vestidos. Calzaban sus diminutos pies unos zapatos de oro con pequeños peces tallados en piedras preciosas. Era Yeh-Shen. Una multitud se agolpó a su alrededor para contemplarla, entre ella sus malvadas parientes. Temerosa de ser reconocida, la joven no tuvo más remedio que huir de la fiesta, dejando atrás, olvidado, uno de sus zapatos.

Al llegar a casa, sus magníficos ropajes desaparecieron. Intentó volver a pedir otro deseo a las espinas, pero no ocurrió nada. Desconsolada, volvió a guardar los restos de su amigo el pez. Lo único que le quedaba de aquella mágica noche era un precioso zapato dorado. Poco después, un mercader encontró el zapato perdido y, viendo el valor que tenía, se lo vendió a un colega, el cual, a su vez, decidió llevarlo como regalo al rey T´o Han, monarca de una isla cercana.

El rey ansiaba averiguar el paradero del otro par. Pero, sobre todo, saber quién era el verdadero propietario de aquel maravilloso zapato. Por eso decidió montar una especie de pabellón en el lugar donde lo habían encontrado, para que la población del lugar lo viera y lo reconociera.

Cuando Yeh-Shen se enteró, decidió que tenía que recuperar lo que era suyo.
Así que, una noche, salió a escondidas y entró en el pabellón. Pero fue descubierta por los soldados del rey y llevada ante su presencia. El rey no podía creer lo que decía la joven. Su aspecto desaliñado y sucio no correspondía con la imagen del dueño de un calzado como aquel. Pero Yeh-Shen insistió en su historia, y añadió que tenía en su poder el otro par. Los soldados fueron a su casa para comprobar su versión y allí estaba el otro zapato.

Cuando la joven se puso los dos delante del Rey, y así demostrar que eran realmente suyos, sus miserables ropas se transformaron en un magnífico vestido. Al verla, el monarca quedó prendado y acabó casándose con ella.

En cuando a la madrastra y su hija, el rey ordenó que vivieran en una cueva, y que no salieran de ella jamás. Cierto día la cueva se derrumbó y las dejó enterradas para siempre.

lunes, 25 de julio de 2011

Lorelei: La sirena del Rhin

El acantilado del Lorelei, o Loreley, se encuentra en un hermoso valle de la parte alta del Rhin. Esta parte del río es tan profunda y estrecha que se considera uno de los trayectos más peligrosos para los navegantes que lo cruzan. Antaño, muchas tragedias tuvieron lugar entre sus aguas. Aquí es, justamente donde nace la leyenda de que da nombre a las altas rocas desde las que se divisa el valle y el río: la leyenda de Lorelei.

Se cuenta que, en un principio, Lorelei era una hermosa muchacha que fue traicionada por el hombre que amaba. Tanto era su dolor que se arrojó desde el acantilado, no sin antes posar por última vez sus tristes ojos repletos de lágrimas en el castillo de su amado, situado justo al otro lado del río.

Más tarde la leyenda varía y Lorelei pasa a ser una sirena, la hija del Rhin, una doncella de largos y dorados cabellos que, llena de rencor por la traición de su amado, conducía a los navegantes a la muerte.

Sus ropas blancas y su pelo de color del oro hacían brillar su figura en lo más alto del acantilado. Por medio de su canto embriagador atraía a los jóvenes más inocentes. Cuando éstos se acercaban para verla, trepando por las rocas, ella desaparecía y ellos acababan precipitándose al abismo y ahogándose en las oscuras y profundas aguas del Rhin.

Una de las infelices víctimas del odio de Lorelei fue Ronald, un apuesto joven, hijo de un noble de alto rango del lugar. El muchacho supo de esta misteriosa y bella doncella y sintió un deseo irrefrenable de conocerla.

Se excusó ante su padre diciéndole que se marchaba de caza, y cuando llegó a orillas del río convenció a un viejo marinero para que le acercar al acantilado. Este no estuvo muy de acuerdo al principio, pero ante la insistencia del joven finalmente terminó por ceder.

La barca llegó a las rocas justo cuando el sol se ocultaba tras las montañas y la noche empezaba a invadirlo todo. La primera estrella apareció y con ella las demás.

De pronto el viejo barquero divisó la blanca figura de la joven en lo alto del acantilado y avisó muy nervioso a Ronald. El joven se quedó mirando a Lorelei con los ojos muy abiertos, absorto. Aquella imagen era sobrenatural y maravillosa a la vez.

Lorelei caminaba sobre las rocas, lánguidamente, mientras peinaba su brillante cabello. A pesar de la oscuridad de la noche, podía observarse el perfil de su figura e incluso los rasgos de su delicado rostro. Ronald pudo percibir como los labios de la joven se abrían y de ellos comenzó a nacer un canto tan sublime como nunca jamás había oído mortal alguno.

Entonces la mirada de Lorelei se cruzó con la suya…

El joven e ingenuo Ronald, sintiendo la llamada de la joven y olvidando por completo que estaba en medio del río dentro de una barca, salió de ella para ir al encuentro de Lorelei y acabó tragado por las aguas.

Una terrible tormenta se desató en ese momento y el viejo barquero comenzó a rezar. Luego los truenos cesaron y sólo quedaron el suave susurro de las olas y el lejano canto de Lorelei.

Cuando el padre del joven se enteró de la trágica muerte de su hijo, fue invadido por el dolor y la rabia y ordenó a sus hombres que trajeran a la asesina de su hijo viva o muerta.

Al día siguiente un barco tripulado por cuatro valientes soldados cruzaba el Rhin. El plan era subir al acantilado y desde allí arrojar a la infame asesina y seductora desde las rocas para que terminase ahogada en las aguas del río, tal como había muerto el desdichado Ronald.

Como era de esperar, llegaron al anochecer.

Los soldados rodearon el acantilado y el jefe comenzó a escalar por la ladera. Entonces una niebla dorada cubrió la cima de las rocas y en medio de ella apareció Lorelei. En su rostro se vislumbraba una irónica sonrisa.

“¿Qué habéis venido a buscar aquí?, preguntó la joven.“ ¡A ti! ¡Y vas a tener el castigo que mereces!”, respondió el jefe de los soldados.

Entonces Lorelei se arrancó el collar de perlas que llevaba en su cuello y lo arrojó al Rhin. Una tormenta surgió de la nada y las aguas del río se tornaron turbulentas. Dos enormes olas con forma de caballo surgieron de la espuma y se llevaron a la joven a las profundidades del Rhin.

El cuerpo sin vida de Ronald apareció poco después a las orillas del río.

Lorelei no volvió a ser vista jamás, tan sólo su canto que se repite como un eco entre las rocas del acantilado que lleva su nombre.