jueves, 12 de marzo de 2009

El despertar del Conde Drácula

Drácula, el más famoso de todos los vampiros, fue creado como antihéroe de una novela escrita en 1897. Pero la verdad histórica que subyace al sanguinario aristócrata es mucho más extraordinaria que la ficción.

El culto al vampirismo en el siglo XX se debe especialmente a libros y películas basados en un personaje fuera de lo común, el conde Drácula. Creado en 1897 por Bram Stoker, empresario teatral irlandés, Drácula (protagonista de la novela homónima) se ha convertido en sinónimo del vampirismo, y de hecho ha llegado a popularizarlo. Resulta irónico que Jack el Destripador, que cometió atrocidades reales casi en la misma época en que se publicaba Drácula, haya llegado a convertirse en parte del folklore británico, en tanto que muchas personas creen hoy que Drácula fue un personaje auténtico. De hecho, en ciertos aspectos están en lo cierto, pero el Drácula de la ficción fue una creación muy compleja.

Mientras el joven Bram Stoker se abría camino en la vida, un colega suyo de Dublín, Sheridan Le Fanu, ganaba también algún dinero a expensas del vampirismo. Su obra Carmilla, publicada en 1872, causó sensación. Cabe encontrar en Drácula ecos de su clímax horripilante, pero el fin de la no muerta Carmilla, tal como lo relata Le Fanu, recuerda vivamente las auténticas historias de vampiros.

La combinación de necrofilia, seducción de vírgenes desde más allá de la tumba, y una atmósfera cargada de sexo y violencia, han dado al vampirismo una gran popularidad. Al fin y al cabo, la siniestra criatura siempre es destruida al final, por lo que puede hablarse de relato moral.

El escenario había sido preparado ya 30 años antes de que la reina Victoria subiera al trono. Lord Byron, acompañado por su médico, el doctor Polidori, pasó el verano de 1816 a orillas del lago Léman, en Suiza, muy cerca de su amigo el poeta Shelley, y de Mary Godwin, la amante de éste, que más tarde se convertiría en su esposa. El tiempo era inclemente, de modo que pasaban el tiempo en casa y se divertían escribiendo historias de fantasmas. Este pasatiempo resultaría notablemente productivo, ya que Mary Godwin, inspirada sin duda por las continuas charlas sobre fantasmas y vampiros, así como por los elementos tempestuosos, soñó una historia que después relató por escrito con el título de Frankenstein. Polidori, que al principio se mostró reacio en cuanto a competir con sus amigos literatos, produjo finalmente una larga historia titulada El vampiro, que llegó a publicar alegando que, de hecho, la había escrito Byron. El cuento de Polidori causó sensación. El profesor Leonard Wolf aseguraba en 1975: «Polidori nos ofreció el prototipo del vampiro... es decir, un aristócrata altivo, brillante, escalofriante, fascinante para las mujeres y fríamente maligno.»

Partiendo de la misma idea, Stoker empezó a escribir lo que se convertiría en el clásico de los vampiros. Tuvo la idea de actualizar la acción de su novela, situando su Drácula en la Inglaterra de finales del siglo XIX, e incluyendo referencias a innovaciones tales como las fotografías Kodak y el dictáfono.

El conde Drácula es una creación literaria compleja. Su lugar de procedencia -la agreste y siniestra campiña de lo que hoy es Rumania- puede recordar una ficción poética, y en realidad esto debió de ser, ya que Stoker jamás visitó aquel país. Se limitó a consultar una antigua guía turística y pasó varias horas charlando con un pintoresco profesor húngaro, llamado Arminius Vambery. Como resultado, el país de donde era oriundo Drácula fue descrito con minucioso detalle, y el visitante moderno del paso de Borgo (mencionado con este nombre en la novela) no necesita desplegar su imaginación para relacionar la ficción con los hechos.

Vlad, El Sanguinario

Pero Vambery hizo algo más, aparte de dar a Stoker una vívida impresión topográfica: le narró cuentos de los vampiros de Transilvania, y le habló de la antigua superstición del vampirismo. Así mismo, le dio a conocer el príncipe transilvano Vlad Tepes, del siglo XV, cuyo extrema sadismo y cuyos instintos sanguinarios le habían otorgado un lugar especial en la historia de esta región. Vlad tenía otro nombre: Drácula. Este nombre tiene dos significados: su padre se llamaba Dracul, por lo que Drácula puede significar simplemente «hijo de Dracul»; el otro es «demonio». Bien puede ser, dadas sus malignas proezas, que los dos significados llegaran a vincularse inextricablemente, ya que el hijo de Dracul fue verdaderamente un «demonio». Su pasatiempo favorito era empalar a sus prisioneros -y en realidad a cualquiera que se le antojara- en postes altos y aguzados. Empalar era para él un arte exquisito, y significaba una muerte lenta para sus víctimas. Disfrutaba en particular haciéndose servir la comida en una mesa bajo el bosque de postes donde agonizaban sus víctimas, e invitando a otros a que le hicieran compañía.

Pero Vlad Drácula era y es para los rumanos un héroe, ya que les libró de los turcos, sus enemigos. Se asegura que en un solo día hizo empalar a 30.000 turcos.

El Drácula de la ficción dice: «Uno de mi propia raza... que atravesó el Danubio y derrotó a los turcos en su propia tierra. ¡Ése fue un verdadero Drácula!» Éste y otros rasgos de la novela parecen demostrar que la figura del conde se basó casi por completo en el guerrero histórico. Sin embargo, aunque sin duda sediento de sangre, incluso en relación a su época, Vlad Drácula no fue un vampiro. Que se sepa, nunca bebió sangre y, a pesar de algunos rumores -cabe sospechar que generados principalmente por la industria turística-, jamás se ha levantado de su tumba. (En realidad, nadie sabe con seguridad dónde se encuentra ésta.)

Puede ser, no obstante, que el profesor Vambery hablase también a Stoker de una descendiente lejana de Vlad Drácula cuya conducta fue decididamente vampírica. La condesa Elisabeth Bathory, que vivió en el siglo XV, sentía inclinación por secuestrar muchachas de los pueblos para «sangrarlas», utilizando con este fin diversos métodos tan lentos como dolorosos. El objeto que perseguía la condesa con tan desagradable ejercicio era bañarse en esta sangre, a fin de conservar su supuesta belleza. Sirvió probablemente de inspiración para la condesa de Carmilla, de Le Fanu.

Entre otras figuras históricas obsesionadas por la sangre, se cuenta el aristócrata francés Gilles de Rais, antiguo compañero de armas de Juana de Arco. Su pasión particular era la de torturar a niños y finalmente hacerlos ejecutar por sus criados, a los que ordenaba que les cortasen las yugulares para que su sangre lo salpicara.

Y más cerca de nuestra época, está el «asesino del baño de ácido», el inglés John George Haigh, también conocido como el «asesino vampiro». Se dice que Haigh dio muerte (entre otros) a un joven llamado Swann para obtener su sangre -«un vaso de los de vino»- y beberla. En su obra The vampire (El vampiro, 1971), Basil Copper asegura que Haigh «era un vampiro según la tradición clásica, posiblemente el único monstruo auténtico en este aspecto que se ha dado en el siglo XX. Con ello, desde luego, no quiero decir que fuese un vampiro en el sentido sobrenatural, pero hay como mínimo una viva sugerencia de que necesitaba beber sangre a fin de vigorizarse y sustentarse». Haigh fue ahorcado en 1949.

Sin embargo, ninguno de estos pervertidos era un verdadero vampiro; ninguno se alzó entre los muertos; lo que ocurría es que algunos disfrutaban con la visión, el tacto y, a veces, el sabor de la sangre humana.

Vampiros por doquier

Sin embargo, al igual que los aztecas y los rajás indios bebían sangre creyendo que les comunicaría fuerza, parece que existen también personas normales y corrientes que, voluntariamente o por accidente, «sangran» a otras personas en el sentido de despojarlas de su energía o «fuerza vital». Este fenómeno es extremadamente común; todos conocemos a alguien que parece «alimentarse» a expensas de la energía de los demás, dejándolos debilitados y agotados. El llamado «vampirismo psíquico» es un tema que se repite en los escritos del ocultismo, pero uno de sus aspectos menos discutidos es la «depredación» de hombres sobre mujeres -o viceversa-, por razones sexuales, y según métodos a menudo notablemente similares a los que se detallan en Carmilla y Drácula.

La relación entre vampirismo sobrenatural y sexo es muy profunda. Personas que en circunstancias normales juzgan absurdos los relatos sobre cadáveres y sangre, disfrutan con las historias de vampiros, tal vez contra su voluntad, tanto como lo hacían los remilgados victorianos. ¿Por qué? ¿Cuál es el extraordinario atractivo que el vampirismo ejerce sobre nuestro subconsciente?

Entre todos los «Dráculas» de la pantalla -desde que en 1931 hizo en ella su aparición el conde, representado por el actor húngaro Bela Lugosi- ningún otro actor ha estado tan estrechamente identificado con el famoso vampiro como el británico Christopher Lee, quien explicó así el atractivo de su personaje: «Ofrece la ilusión de la inmortalidad... el deseo subconsciente de poder ilimitado que todos tenemos... un hombre de una inteligencia y de una fuerza física tremendas... o bien es una reencarnación o bien no ha muerto nunca. Es una imagen de superhombre, con un atractivo erótico para las mujeres, las cuales lo juzgan totalmente irresistible. En muchos aspectos es todo lo que a la gente le gustaría ser: el antihéroe, el «malo» heroico... Para las mujeres, significa el abandono completo al poder de un hombre.»

Y aunque el actor norteamericano Vincent Price, especializado en películas de terror, nunca ha protagonizado una historia de vampiros, casi todo el mundo cree que ha representado este papel. El propio Price ha afirmado: «Con frecuencia, cuando paseo por la calle, se me acerca alguna mujer de mediana edad y me dice: "Por favor, muérdame".»

El extático desvanecimiento de la virgen, mitad miedo y mitad placentera excitación, cuando se materializa en su dormitorio la figura sobrehumana envuelta en su negra capa; la sensación opresiva de languidez, el abandono total, el placer y el dolor que causan los colmillos del vampiro al hundirse en su cuello mientras ella, inmóvil, es incapaz de moverse o gritar... todo ello puede ser interpretado claramente como una versión romántica de la seducción y la desfloración, con el aliciente adicional de lo sobrenatural. En los tiempos victorianos, las jóvenes decentes resultaban «desgraciadas» cuando eran seducidas; pero, ¿qué ocurría si su seductor era un demonio procedente de más allá de la tumba? Entonces, cuanto más inocente era la víctima, mayor era su excusa... y mayor su atracción por el vampiro.

Las implicaciones sexuales del vampirismo quedaron bien explícitas en la pintura de Philip Burne-Jones titulada El vampiro, expuesta en 1897, el mismo año en que fue publicado el Drácula de Stoker. La sociedad londinense hizo cola para contemplar el cuadro. En él se veía una mujer voluptuosa inclinada sobre un hombre cuyo pecho estaba desnudo, y había en él hilillos de sangre que resbalaban desde las heridas producidas en su piel por los dientes del vampiro. El catálogo de la exposición contenía un poema del joven Rudyard Kipling, que comenzaba con este verso: «Érase una vez un tonto...» Cuando la pintura y el catálogo llegaron a Nueva York, causaron una impresión tan profunda que a los pocos meses se estrenó en Broadway una obra teatral titulada Érase una vez un tonto. Esto condujo a su vez a rodar una película con el mismo título, en la que se dio a conocer Theodosia Goodman (o, como llegaría a ser conocida más tarde, Theda Bara, anagrama de Arab death, «muerte árabe») como una de las primeras estrellas de la pantalla. Pese a lo anodino de su vida real, los magnates del cine decidieron dar a la joven la imagen de una depredadora sexual. En una escena aparecía agazapada triunfalmente junto al esqueleto de un hombre y contemplando a todos los demás con desprecio evidente.

Al avanzar el siglo XX, las perversiones sexuales, la violencia y toda clase de horrores han sido aceptadas como cosa corriente. No obstante, es curioso que muchas personas sigan mostrándose fascinadas por la idea del vampirismo. Siguen creándose sociedades «Conde Drácula» en varios lugares del mundo, y la industria turística rumana ha alcanzado un auge extraordinario gracias a la confusión que existe en tantas mentes entre los Dráculas auténticos y los de la ficción. En realidad, todo hace pensar que esta afición va en aumento.

¿Por qué? Tal vez se trate de esa curiosa mezcla de sexualidad explícita e implícita, de sumisión, de posesión, de promesas de inmortalidad, de llegar a ser hombres y mujeres superiores en una atmósfera de excitante malignidad. Como aseguró en cierta ocasión un productor cinematográfico: «El sexo y lo sobrenatural nunca fallan.»

Bram Stoker, hombre serio y muy victoriano, se hubiera horrorizado al descubrir lo que el mundo postfreudiano ha hecho con su historia. No obstante, es imposible ignorar las connotaciones sexuales que contiene su novela, por más sublimadas que puedan estar. Veamos, por ejemplo, el fragmento en que Jonathan Harker es rodeado y acariciado por vampiresas en el castillo de Drácula:

La hermosa joven se arrodilló y se inclinó sobre mí, con maligna satisfacción. Había en ella una voluptuosidad deliberada que era a la vez excitante y repulsiva, y al arquear el cuello llegó a lamerse los labios como un animal, hasta que pude ver a la luz de la luna la humedad que brillaba en los labios escarlatas y en la roja lengua con la que se lamía los dientes rojos y aguzados. Su cabeza descendía cada vez más... cerré los ojos en éxtasis y esperé.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Las raices del vampirismo

El conde Drácula continúa manteniendo a su público en un estado de horrorizada semicredulidad. Pero sea cual sea la verdad de la leyenda de los vampiros, su origen radica en una serie de hechos bastante simples.

Cada noche, cuando bajaba el telón tras la representación de Drácula en su primera versión teatral (1924), el actor-director que interpretaba el papel de Van Helsing aparecía delante del telón para tranquilizar al público: ¡Un momento, damas y caballeros! Una palabra antes de que se marchen. Esperamos que el recuerdo de Drácula no les cause pesadillas, de modo que he aquí unas palabras para tranquilizarles. Cuando estén en su casa, esta noche, y hayan apagado las luces, y sientan miedo de mirar detrás de las cortinas, y teman ver que una cara aparece en la ventana... bueno, ¡tranquilícense! Y recuerden que, al fin y al cabo, ¡esas cosas sí existen!

Era el parlamento final perfecto. El público, gran parte del cual lo constituían lectores de novelas de vampiros -muy en boga por aquel entonces-, había pasado la velada estremecido ante la historia irresistible del «mayor de los vampiros»: Drácula. Su creador, el productor teatral Bram Stoker, sabía instintivamente que su historia provocaba un eco en lo más profundo del inconsciente colectivo del público. Drácula fue un best-seller y un éxito de taquilla; eso significaba que interesaba a las masas. Y aún hoy la historia del conde vampiro sigue interesando. ¿Por qué?

Como explicó el actor Christopher Lee, Drácula atrae en parte porque es una figura sobrehumana, un inmortal cuya aterradora presencia es también sexualmente irresistible. Los psicólogos subrayan la clara atracción que surge entre el vampiro sádico y dominante y la víctima sumisa y masoquista. Pero, sea cual sea la jerga que se emplee, Drácula es más fascinante que el atávico hombre-lobo o que el escurridizo fantasma.

Pero, a pesar de su popularidad en los medios de comunicación de masas, el vampiro no debe ser considerado como un mero artificio escénico, emocionante durante la función pero que después se olvida pronto; los vampiros deben ser tomados en serio. Existen muchísimos documentos en el este de Europa, correspondientes al siglo XVIII, que afirman que los «no muertos» son reales. De modo que, ¿existen?

Como en muchos otros fenómenos paranormales, hay que agotar todas las posibles explicaciones racionales antes de abordar una explicación «sobrenatural». Y en el caso de la «epidemia de vampiros» que ocurrió hace doscientos años, hay varias explicaciones donde elegir.

Por ejemplo, el escritor ocultista británico Dennis Wheatley ha señalado que antiguamente, en tiempos en que se pasaban grandes privaciones, los mendigos entraban en los cementerios y dormían en los mausoleos durante el día, saliendo de noche a buscar comida: pálidos, flacos, saliendo de tumbas en la oscuridad, no es raro que se les tomara por los legendarios y terribles vampiros.

Sin embargo, ese tipo de confusión no explica los verdaderos casos de cadáveres que fueron hallados incorruptos cuando se abrieron sus ataúdes. Éste es un fenómeno poco frecuente, pero conocido y se han sugerido varios argumentos «naturales» para explicar sus causas. Ciertamente, las características del terreno en que se entierra un cadáver puede implicar enormes diferencias, por ejemplo, en el ritmo de la descomposición. En la isla volcánica de Santorin (Grecia), por ejemplo, los cadáveres se encuentran tan intactos al cabo de los años, que un dicho popular de la zona habla de «mandar vampiros a Santorin», igual que en castellano se habla de «ir a Escocia y llevarse el bacalao», refiriéndose a una actividad redundante e inútil.

Pero, sin duda, la más convincente de las explicaciones naturales es la del entierro prematuro. El coma, la catalepsia y otros estados similares a la muerte llenan todavía de estupor a nuestros contemporáneos; no se podía exigir a los campesinos supersticiosos de hace varios siglos que los comprendieran.

¿Cuántos desgraciados habrán despertado dentro de un féretro, bajo unos metros de tierra o, quizá, tras lograr salir del ataúd, se habrán encontrado encerrados en el mausoleo familiar, donde habrán muerto de hambre, sed y pánico?

Terror más allá de la tumba

Los entierros prematuros eran cosa relativamente común. Se dice que cuando se estaba demoliendo un cementerio del siglo XVIII para construir un aparcamiento, un tercio de los cadáveres que desplazó la excavadora mostraban signos de haber luchado dentro de sus féretros; entre las pruebas de ello figuraban dedos rotos al intentar forzar el cierre en la definitiva agonía, manos que salían del ataúd, sangre en las mortajas -cuando el «cadáver» había mordido su propia carne a causa del ahogo o la locura-... Y era precisamente la presencia de la sangre en un cadáver exhumado lo que se consideraba, con frecuencia, una prueba de que esa persona era un vampiro.

Pero si se rumoreaba que un muerto reciente era un vampiro (quizá se habían escuchado débiles sonidos que emanaban de la tumba), los aterrorizados «testigos» tomaban las medidas tradicionales. Y si el corazón del «cadáver» latía, había que clavarle una estaca. Con razón existen tantos relatos de supuestos vampiros que gritaban con todas sus fuerzas cuando se les hundía una estaca en el corazón.

Charlotte Stoker solía contar al pequeño Bram una terrible historia acerca de una de las víctimas de una epidemia de cólera que se había abatido sobre Dublín. Una mujer, a quien se creyó muerta, fue arrojada al montón de cadáveres, dentro del pozo de cal. Pero su desesperado marido, que fue a recuperar el cadáver para enterrarla decentemente, descubrió que aún respiraba. Vivió felizmente muchos años después de su terrible experiencia. Pero si se hubiera recuperado por sí sola y alguien la hubiese visto salir tambaleándose del pozo por la noche, fácilmente hubiera sido confundida con un «no muerto».

De tanto en tanto, los periódicos modernos publican noticias de personas, cuya muerte había sido certificada, que vuelven a la vida sobre la mesa de mármol de la morgue o cuando están siendo preparados para el entierro. En estos tiempos de cirugía de «recambios», la controversia acerca del instante exacto de la muerte se plantea más que en ningún otro momento de la historia. Pero en el siglo pasado ya se conocía la posibilidad del entierro prematuro; algunas personas de aquella época estaban incluso obsesionados con la idea. Edgar Allan Poe basó varios de sus cuentos en este tema, y tanto en los Estados Unidos como en Europa se registraron patentes de féretros con timbres de alarma o con suministro de aire de emergencia.

Los entierros prematuros pueden haber ocurrido, con frecuencia, porque las varias etapas del rigor mortis no son bien comprendidas. Los músculos de un cadáver comienzan a ponerse rígidos, empezando por la cara y el cuello, alrededor de una hora y media después de la muerte. Esto puede adelantarse o atrasarse en función de la temperatura ambiente. El rigor mortis desaparece aproximadamente 36 horas después; los músculos pierden su extremada rigidez y el cuerpo queda relativamente flexible.

Ésta bien podría ser la explicación de un suceso acaecido en 1974 en el valle de Curtes de Arges, Rumania: acababa de morir un viejo gitano, y cuando la familia se disponía a preparar el cuerpo del difunto para el entierro, se descubrió que los miembros estaban extrañamente flexibles, no rígidos. La noticia corrió por el pueblo como un reguero de pólvora, y en aquellos lugares eso sólo podía tener un significado: el anciano se había transformado en vampiro. Se le clavó una estaca en el corazón y los aldeanos sintieron satisfacción y alivio. Pero quizá -a no ser que se tratara simplemente de un caso de rigor mortis extremadamente breve- el anciano todavía estaba vivo.

Existe también una explicación lógica para el extendido empleo del ajo para ahuyentar a los vampiros. La peste era transportada muchas veces por las moscas, y se observó que ciertas granjas no la padecían si colgaban ajos. No se trataba de magia: los dientes de ajo exudan gotas de humedad que las moscas detestan. El ajo, ingerido por el hombre, constituye también un antiséptico natural, un depurativo de la sangre.

Los vampiros también sirvieron de cabezas de turco en ciertas comunidades rurales cuando los animales se debilitaban o morían. En la actualidad, el veterinario administraría una dosis de antibióticos o un suplemento vitamínico y todo iría bien... en la mayoría de los casos. Con todo, aparecen enfermedades misteriosas y mutilaciones de ganado y otros animales, pero ahora los inculpados más frecuentes son los tripulantes hostiles de OVNIS.

Chupasangres demoníacos

Puede ser que existan explicaciones lógicas y hasta frívolas para 99 de cada cien casos de supuesto vampirismo, pero es el caso número cien el que intriga al investigador. Durante muchos años, los ocultistas han creído en la existencia de materializaciones demoníacas que chupan sangre. La practicante ocultista Dion Fortune (cuyo verdadero nombre era Violet Firth) crecía que el «cuerpo astral» puede escapar del cuerpo de una persona viviente y asumir otra forma, como la de un pájaro, animal o vampiro.

Dion Fortune citaba el caso de soldados húngaros muertos que se transformaban en vampiros durante la primera guerra mundial, manteniéndose en el «doble etérico» -o sea, a mitad de camino entre este mundo y el próximo-, si vampirizaba a los heridos. Se cree que el vampirismo es contagioso; la persona que es vampirizada, al perder su vitalidad, se transforma en un vacío psíquico que, a su vez, absorbe la «fuerza vital» de su presa.

Por otra parte, la investigación psíquica no estudia creencias, sino hechos comprobados. Uno de los fenómenos preferidos de los investigadores de lo paranormal es, por ejemplo, el de los poltergeist y un fenómeno vinculado con él parece ser el del atacante invisible. En 1926 aparecieron marcas de arañazos en la cara de una víctima de poltergeist rumana, Eleonore Zugun. Y en 1960 un tal Jimmy De Bruin, granjero sudafricano de veinte años, se transformó en el foco de un torrente de actividad poltergeist; en una ocasión, un oficial de policía que investigaba el caso oyó a De Bruin gritar de dolor mientras aparecían unos cortes espontáneamente en sus piernas y en su pecho.

Otras zonas de lo paranormal incluyen también la aparición espontánea de heridas de sangre, como las imágenes que sangran o los estigmas. Pero éstos están considerados como fenómenos «sagrados», mientras que el vampirismo se considera generalmente «diabólico». Bien podría ser que estos fenómenos fueran distintas caras de la misma moneda, urca buena y una mala. Quizá todo los fenómenos inexplicados emanen de la misma fuente que no es moral ni inmoral, sino inusual. Pero hasta que la descubramos, podemos continuar estremeciéndonos ante la última historia de vampiros y considerando la cuestión: ¿existen esos seres?

martes, 10 de marzo de 2009

¿Pterodáctilos vivos en la actualidad?

Varios testigos aterrorizados pretenden haber visto criaturas aladas extraordinariamente parecidas a pterodáctilos, especie supuestamente extinguida hace más de 60 millones de años.

Un interesante artículo aparecido en la revista científica The Zoologist en su número de julio de 1868 describía lo que su autor vio a comienzos del mismo año en Copiapó (Atacama, Chile):

«Ayer, hacia las cinco de la tarde, cuando ya habían finalizado los trabajos del día en esta mina y todos los trabajadores se hallaban reunidos esperando la cena, vimos aparecer por el cielo un pájaro gigantesco; al principio creímos que se trataba de una de las nubes que en aquel momento oscurecían la atmósfera, suponiendo que el viento la había separado del resto.

Su rumbo era en dirección noroeste-sudeste, y su vuelo rápido y rectilíneo. Como pasó a poca distancia de nuestras cabezas, pudimos apreciar la extraña estructura de su cuerpo. Sus inmensas alas estaban recubiertas por un plumaje grisáceo; la monstruosa cabeza parecía la de una langosta, y sus grandes ojos abiertos brillaban como tizones; parecía estar recubierta por algo parecido al grueso y rígido pelaje de un jabalí, mientras que en su cuerpo, alargado como el de una serpiente, sólo pudimos apreciar escamas brillantes, que originaban un sonido metálico cuando el extraño animal giraba el cuerpo durante el vuelo.»

Este informe se parece en algunos aspectos a los relatos referidos a los pájaros con tamaño de avión que fueron divisados en Illinois (Estados Unidos) en 1948. Pero en este caso los trabajadores chilenos estuvieron más cerca de su "pájaro" cuando lo vieron, siendo capaces de describir posteriormente su extraña apariencia. ¿Se trataba realmente de un pájaro, o era un reptil volador?.

Quizás se trató simplemente de un montaje periodístico, como también lo parece el "ave del trueno" pretendidamente cazado cerca de Tombstone, Arizona, en 1890. Los detalles aparecieron en un artículo del Epitaph de Tombstone del 26 de abril de 1890. El relato de lo que al parecer sucedió es muy breve. Dos rancheros que cabalgaban por el desierto cazaron un monstruo alado "que se parecían a un enorme caimán con una cola extremadamente larga y un inmenso par de alas", y que al parecer estaba exhausto. Se aproximaron lo suficiente como para matarlo con el rifle, y después lo midieron. Media unos 28 m de largo, y la envergadura alar era de unos 49 m. Las alas y el cuerpo carecían de pelo o plumas, y la mandíbula presentaba agudos dientes.

La saga de Tombstone se complica debido al hecho de que al parecer se había cazado otra "ave del trueno" en la misma zona en 1886. Hay investigadores que pretenden haber visto una fotografía de la misma, aunque hasta la fecha nadie ha sido capaz de localizarla. Según parece, nadie sabe lo que sucedió con el cuerpo del animal, si es que de verdad existió. Varias historias publicadas en periódicos americanos durante la segunda mitad del siglo XX se han revelado como mentiras, y ésta pudiera muy bien ser otra.

Admitiendo que los "pájaros" de Copiapó y Tombstone hubieran existido de verdad, se trataría más de monstruos prehistóricos que de pájaros tal como los conocemos nosotros ahora. Algunos años antes, hacia la década de 1850, un periódico francés informó que en una cantera de Culmont, en Haute-Mamne (Francia), unos hombres habían descubierto un pterodáctilo vivo. La criatura salió de una cueva de la roca, y parecía un murciélago del tamaño de un ganso grande. Era de color negro, y la envergadura de las alas era de unos 3 metros.

Es posible admitir que los relatos del siglo XIX relativos a los pterodáctilos no sean de fiar; pero en el siglo XX se han producido algunos desconcertantes hechos acaecidos en América que resulta más difícil rechazar. Los primeros relatos del siglo XX hacen referencia a un monstruo enigmático, llamado "el diablo de Jersey".

En enero de 1909 esta extraña "cosa" aterrorizó al estado de Nueva Jersey. Su refugio se hallaba al parecer en algún lugar de Pine Barrens, una zona remota del sudeste del estado. En el transcurso de los años fueron atribuidos al diablo de Jersey todo tipo de extraños fenómenos.

Las bromas del Diablo de Jersey

Los sucesos comenzaron en enero de 1909, cuando por lo menos en 30 pueblos se informó de la presencia del diablo de Jersey. Una de las primeras observaciones ocurrió el domingo 17 de enero en Bristol (Pennsylvania), cerca de la frontera con Nueva Jersey. A las dos de la madrugada John McOwen oyó unos ruidos extraños y saltó de la cama. Relató lo siguiente: "Miré por la ventana y me sorprendió ver una gran criatura en los diques del canal. Se parecía a un águila... y fue dando saltos por el sendero de remolque".

El guardián James Sackville también lo vio en Bristol aquella noche. Dijo que tenía alas y que saltaba como un pájaro, pero que presentaba extrañas características y emitía un horrible chillido. Sackville corrió hacia él, disparándole con el revólver, cuando emprendió el vuelo. El jefe de correos, E. W. Minster, fue la tercera persona de Bristol que vio al diablo de Jersey aquella mañana, volando sobre el río Delaware. El gran pájaro, semejante a una grulla, parecía resplandecer, y se aproximó lo suficiente como para permitir que Minster apreciase varios detalles: Su cabeza parecía la de un macho cabrío, con cuernos retorcidos, y su largo y grueso cuello se proyectaba amenazadoramente hacia adelante. Tenía alas delgadas y largas; las piernas eran cortas, siendo más cortas las anteriores que las posteriores.

De nuevo lanzó su espantoso grito, mezcla de lamentación y silbido. A la mañana siguiente los residentes de Bristol encontraron las huellas del diablo de Jersey en la nieve: parecían las de una pezuña.

Durante la semana siguiente, el diablo de Jersey parecía estar en todas partes, y cundió el pánico en el estado. Los granjeros instalaron trampas de acero y los cazadores siguieron las huellas. La escena debió parecerse mucho a las que se producen hoy en día cuando se publica que en cierta zona se han visto las huellas de un "yeti", con el consiguiente caos de fotógrafos y cazadores. Pero el diablo de Jersey parecía indiferente a todo ese despliegue. El martes 19 de enero, a primera hora de la mañana, el señor y la señora Nelson Evans, de Gloucester City (New Jersey), vieron al monstruo bailar en el tejado se su casa durante 10 minutos.

He aquí el relato del señor Evans: «Medía aproximadamente un metro de altura; tenía la cabeza de un perro collie y la cara de caballo. El cuello era largo; las alas median unos 60 centímetros, y las patas posteriores eran como las de una grulla. Tenía pezuñas de caballo. Caminaba sobre sus extremidades posteriores, levantando dos patas delanteras cortas, con garras. No utilizó las patas delanteras en ningún momento mientras nosotros observábamos. Confieso que mi mujer y yo estábamos aterrorizados, pero tuve el coraje de abrir la ventana y gritarle, con lo que el animal giró sobre sí mismo, me miró fijamente y se marchó volando».

Otros testigos mencionaron que tenía la piel de un caimán, y algunos creían que media más o menos 1,8 metros de altura. La última vez que fue visto fue el viernes 22 de enero, después de lo cual el diablo de Jersey desapareció tan de repente como había llegado. Se propusieron varias explicaciones jocosas, por ejemplo, que se trataba de un "eslabón perdido"; también se explicó como un caso de histeria colectiva.

Otras personas, que tomaron más en serio a los testigos, especularon con la posibilidad de que en realidad hubiesen visto pájaros: sugirieron una "invasión" de un tipo especial de patos. También sugirieron la posibilidad de que se tratase de una grulla de las colinas: este pájaro, con una envergadura de 2 metros, una longitud de 1,2 metros y "un estridente chillido" por voz, fue antiguamente muy común en Nueva Jersey, pero en la actualidad se la supone confinada en zonas remotas del sur. Otros sugirieron que los testigos habían visto un "superviviente de los tiempos prehistóricos". Las señales de pezuñas fueron consideradas una falsificación, o bien huellas humanas deformadas y borradas (esto podría explicar algunas huellas, pero no las detectadas en sitios inaccesibles). La explicación que se elija para los increíbles sucesos acaecidos entre el 17 y 22 de enero de 1909 depende de la confianza que uno tenga en los testigos oculares.


A medida que nos acercamos a nuestros días, las personas que han visto pájaros gigantes comienzan a "identificarlos" como pterodáctilos, tendencia que podría reflejar un mayor conocimiento del público sobre animales prehistóricos. En mayo de 1961, un ejecutivo que volaba en avioneta sobre el valle del río Hudson vio a su lado a un pájaro enorme que apenas si movía las alas. Dijo que era un "enorme pájaro, mayor que un águila... se parecía a un pterodáctilo de los tiempos prehistóricos".

A comienzos de los años sesenta, una pareja que circulaba de noche en automóvil por el bosque de Trinity, en California, vio algo que identificaron primero como una avioneta en apuros, pero luego se dieron cuenta que debía tratarse de un pájaro. Volaba a la altura de las copas de los árboles y parecía tener una envergadura de unos 4 metros. La pareja no pudo distinguir ningún detalle, puesto que sólo vieron la silueta del "pájaro" cuando cruzó la carretera por delante suyo, hacia una cueva situada en un estrecho desfiladero. Decidieron que se parecía a un pterodáctilo.

A principios de 1976 comenzaron a registrarse informaciones procedentes de Texas acerca de criaturas parecidas a pájaros misteriosos o a reptiles voladores prehistóricos. La primera observación se produjo el 1 de enero, en Harlingen, siendo sus protagonistas Jackie Davis (14 años) y Tracey Lawson (11 años). Vieron un "pájaro" de 1,5 metros de alto, con unas "espaldas" de 90 centímetros de anchura. Era de color negro, con grandes ojos de color rojo oscuro; la cabeza era calva, y la cara semejaba la de un gorila, con un pico de 15 centímetros de longitud. Al día siguiente sus padres fueron a investigar y encontraron cinco huellas (cada una con tres dedos) de 20 centímetros de anchura y 4 de profundidad. Ni un hombre de 77 kg de peso hubiera podido dejar huellas tan profundas en aquel duro terreno.

Una semana después, el 7 de enero, Alvérico Guajardo vio probablemente al mismo pájaro. Había salido al exterior de su "roulotte" para investigar, puesto que algo había chocado con su remolque. Esto sucedía en la ciudad de Brownsville. Encendió las luces de su caravana, que iluminaron "algo procedente de otro planeta". La criatura, de 1,2 metros de largo, miró fijamente con sus ojos llameantes y colorados al aterrorizado hombre. Guajardo pudo distinguir plumas negras, un pico de unos 60 u 80 centímetros de largo y las alas como de murciélago. Se alejó de las luces al tiempo que emitía un horrible chillido. Guajardo se refugió finalmente en casa de un vecino.

La experiencia de Armando Grimaldo fue la más terrorífica de todas las que se vivieron en el estado en relación con esta criatura. Fue atacado por el "pájaro" la tarde del 14 de enero, cuando se encontraba en el huerto de su suegra, en Raymondville. Mientras miraba a su alrededor en busca de algo que emitía un ruido parecido al batido de las alas de un murciélago, y un "silbido muy curioso", fue atacado desde arriba por "un ser con grandes garras". Mientras escapaba miró hacia atrás, y vio un "pájaro" del tamaño de un hombre, con una envergadura de 3 a 3,5 metros. Tenía cara de murciélago o de asno, grandes ojos rojos, piel oscura sin plumaje, y no tenía pico.

Libby y Deany Ford dijeron que el gran pájaro negro con cara de murciélago que vieron cerca de Brownsville era un pteranodon (un tipo de pterodáctilo). El 24 de febrero, tres profesores de bachillerato que viajaban en coche por las cercanías de San Antonio también vieron un pájaro que identificaron como un pteranodon. Cuando planeó sobre sus coches, su sombra cubrió la carretera. Estimaron que tendría una envergadura de 4,5 a 6 metros. La señora Patricia Bryant dijo que era tan grande como una avioneta Piper Cub y que "podía ver el esqueleto de este pájaro a través de su piel, plumas o lo que fuese". David Rendon comentó que el "pájaro", más que volar, planeaba y que tenía unas enormes y robustas alas parecidas a las de un murciélago.

La explicación más prosaica a todos estos hechos es simplemente que los testigos quedaron sobrecogidos ante la visión de un pájaro poco común. Sin embargo, ¿hay que tomar en serio la identificación con un pteranodon? Se supone que estos reptiles voladores quedaron extinguidos hace unos 64 millones de años. Algunos fósiles de pterosaurios atestiguan su presencia en aquella zona. Pero, ¿pudo sobrevivir alguno? O bien (y ésta es la sugerencia más fantástica), ¿se distorsionó la estructura del tiempo? ¿se materializaron de repente en nuestros días animales que vivieron en eras pasadas?.

lunes, 9 de marzo de 2009

El Mokele-Mbembé: Un enigma africano

Nessie no está solo. En regiones remotas a inaccesibles de África quedan dinosaurios vivos, si damos crédito a testimonios de nativos y expedicionarios que han descrito animales semejantes a los grandes saurios que se suponían desaparecidos.

¿Quedan dinosaurios vivos en la actualidad? Esta pregunta, que en un principio puede parecer absurda, no lo es tanto si hacemos caso de los testimonios provenientes de algunos de los más remotos a inaccesibles pantanos del África ecuatorial o de las diferentes zonas lacustres del globo. Estas narraciones hablan de la presencia de un extraño animal de gran tamaño, tronco voluminoso, patas corpulentas, pequeña cabeza, cola grande y musculosa y un largo cuello. Tal descripción, que parece extraída de un libro de paleontología, coincide con la de un tipo de animales que se creía extinguido desde hace 65 millones de años: los dinosaurios. Estos testimonios, surgidos no sólo de nativos sino de científicos y exploradores europeos que han tenido la ocasión de contemplarlos, hacen suponer que los grandes saurios no están completamente extinguidos.

El «Mokele-Mbembé»

El escritor y naturalista inglés Ivan T. Sanderson pudo ver en 1932 a esta criatura en una de sus expediciones por la pantanosa zona del río Mainyu, en el África ecuatorial occidental. Se encontraba navegando junto con sus compañeros en una zona inexplorada de este río, cuando de una cueva cercana surgió un ruido ensordecedor y, según relata él mismo, «vimos cómo algo enorme se levantó frente a nosotros, convirtiendo el agua en espuma». La visión duró apenas unos instantes, pero fue un tiempo suficiente para que pudiesen apreciar que lo que se había levantado del agua era «la cabeza negra de un animal semejante a una enorme foca, aunque mucho más ancha que larga». Si bien el tamaño de esta cabeza -única parte del animal que pudieron contemplar- era del mismo tamaño que la de un hipopótamo adulto, la forma de la misma no tenía ningún parecido con la de este mamífero.

Tras esta visión, las dos piraguas que formaban parte de la expedición se alejaron lo más rápido posible mientras los indígenas no cesaban de gritar aterrados: «Mokele-Mbembé». Hablando más tarde con los nativos de la zona, todos coincidieron en que en esos parajes vive un terrible animal, el Mokele; un ser que pese a ser vegetariano -se alimenta de lianas- es un terrible enemigo de hipopótamos y cocodrilos que evitan pasar por la zona donde habita esta temible bestia.

La existencia de este extraño animal en las regiones pantanosas del corazón de África es casi como un secreto a voces. Voces que dan los indígenas, para los que su existencia está fuera de toda duda, y también los pocos occidentales que han podido ver a este excepcional animal, que podría ser una reliquia del pasado.

Para conocer si hay algo de verdad en los relatos de nativos y exploradores, se han realizado multitud de expediciones a las zonas donde se han producido la mayoría de los testimonios. En 1982, el doctor Roy Mackal, de la Universidad de Chicago, organizó una exploración de la zona norte del lago Likusia, en la República Popular del Congo. Desde esta región pantanosa habían llegado multitud de noticias sobre este animal desconocido por la ciencia. Durante varias semanas, el grupo de científicos recorrió esta extensa zona apenas hollada por el hombre blanco recogiendo decenas de testimonios de los nativos. Finalmente los científicos encontraron las huellas de un animal desconocido pero de tamaño superior, sin duda, al de un elefante.

Otra expedición, en esta ocasión de científicos de la universidad de Brazzaville: repitió pocos meses después el intento de encontrar esa bestia misteriosa que se dice habita en las apartadas marismas. En esta ocasión, los científicos tuvieron más suerte. El biólogo Marcellín Agnagna y su equipo se encontraron frente a frente con ese animal. Se trataba de una especie con aspecto distinto a cualquier otra conocida hoy día, y con una morfología muy similar a la de un gran dinosaurio saurópodo, que, como si proviniese de una máquina del tiempo, parecía surgido del Mesozoico, período del secundario en que los grandes saurios dominaban la Tierra.

Por desgracia, tampoco en esta ocasión fue posible obtener la prueba definitiva para demostrar al mundo entero la existencia de este fósil viviente, conseguir la captura de un ejemplar. La complicada orografía, el intrincado laberinto de pantanos y ríos que se entrecruzan, es sin duda uno de los principales garantes del anonimato de los que tal vez pueden ser los últimos dinosaurios sobre nuestro planeta. Otras expediciones que se han realizado a la zona, tampoco han sido jalonadas por el éxito.

Tras el monstruo de las marismas

Una de las últimas exploraciones la realizó un equipo de once japoneses, entre marzo y abril de 1988, algunos de los cuales habían participado con anterioridad en otros viajes a la zona. Las marismas del lago Telle, en la misma región de Likuala, fue el terreno elegido para realizar la expedición; numerosos lugareños habían testificado sobre su contacto directo con el monstruo. Uno de ellos afirmó haberlo visto entrar en el lago apenas un mes antes, y otro, un cazador de elefantes llamado Inmanuel Mongoumelo, dice que lo vio en los ríos Sanga y Bai, que están conectados con el lago Telle. Incluso varios de los ancianos de la aldea recuerdan que, a principios de siglo, una de estas criaturas fue cazada por los pigmeos de la cercana zona de Oumé. Los expedicionarios sólo pudieron ver en una ocasión, un gran objeto negro flotando en el centro del lago, pero la niebla les impidió observar más detalles.

La sospecha de que en algunas apartadas zonas del continente africano hay un extraño y enorme animal de costumbres anfibias no es algo reciente. Uno de los grandes exploradores y cazadores del pasado siglo, Alfred Aloysius Horn, pudo ver personalmente las pisadas de un desconocido animal que los indígenas del Camerún llamaban «Jagonini», que quiere decir «el buceador gigante». "Las huellas de la bestia eran del tamaño de unas grandes sartenes, pero con tres enormes garras", cuenta este traficante y cazador, que recogió abundantes testimonios entre los nativos sobre la fiereza de la bestia.

Años más tarde, en 1913, el capitán de las fuerzas coloniales alemanas en Camerún, el barón von Stein zu Lausnitz, realizó una completa investigación sobre las riquezas minerales y naturales de este territorio que estaba administrado por el Imperio Alemán. Unos párrafos de su trabajo, hablan de que «existe al parecer, una criatura que causa el terror entre los negros de determinadas zonas del Congo, del bajo Ubangui, del Sanga y del lkelemba, al que se le da el nombre genérico de «Mokele-Mbembé». Según diversos relatos provenientes de guías experimentados, el animal es de color oscuro, piel lisa y tamaño cercano al de un elefante. Su cuello es largo y flexible y cuenta con una cola de gran poder».

El informe del meticuloso militar alemán explica que, «los rumores señalan que emplea la cola para hacer zozobrar las canoas que caen bajo su radio de acción, para a continuación matar con saña a sus ocupantes, pero sin llegar a devorarlos. Se asegura que el animal vive en las oquedades y cavernas que forma la arcilla en las márgenes del río. Unos nativos incluso me han enseñado el alimento predilecto de este monstruo, una liana con grandes flores blancas que da una savia lechosa y que tiene unos frutos parecidos alas manzanas». Incluso en una ocasión el barón von Stein pudo ver el sendero que había trazado el animal.

El «Shimpekwe», mitad elefante y mitad dragón

De otras zonas del corazón del Continente Negro llegan más testimonios que hablan de la presencia de un extraño y desconocido animal. El nombre que se le da cambia, pero la descripción es, en esencia, similar. En 1910, un traficante de animales salvajes, Karl Hagenbeek, recibió por varios caminos la noticia de la existencia de un gran animal desconocido, el «Shimpekwe», una bestia «mitad elefante y mitad dragón», que habitaba en la región sur del Congo Belga y el norte de Rhodesia (la actual Zimbawe). Tan convencido estaba de que se trataba de un dinosaurio, «posiblemente relacionado con los brontosauros», que organizó una expedición hacia la zona del lago Bangweolo, a unos 260 kilómetros al este de Elizabethville, la actual Lubumbashi. Lamentablemente esta expedición fracasó; ni siquiera logró encontrar el lago.

Sin embargo, un colono y escritor inglés, J.E. Hughes, vivió 18 años a orillas del Bangweolo y pudo realizar una detallada encuesta entre los nativos de la zona, recogiendo multitud de testimonios sobre este animal, que ellos llaman «Chipekwe». Uno de los más destacados es la narración del jefe de la tribu de los Wa-ushi, cuyo abuelo fue testigo presencial de la caza de una de estas bestias en las aguas del río Luapula, que une los lagos Bangweolo y Mweru, en la zona fronteriza de los actuales estados de Zaire y Zambia. Este colono inglés cuenta que el funcionario británico retirado, M.H. Croad, se despertó una noche por un gran ruido de chapoteo y que, al revisar intrigado los contornos, encontró sobre la arena unas enormes huellas totalmente desconocidas.

John Millais, un naturalista inglés que durante los años veinte exploró amplias regiones del continente africano, escribió un amplio informe sobre el extraño animal del que se hablaba en el país de los Ba-rotses, en el Zambezee medio (al este de la actual Zambia). Las apariciones de este animal, al parecer un gran reptil acuático de un tamaño superior al de un elefante, con largo cuello, cabeza parecida a la de una serpiente y patas de lagarto, que los indígenas llamaban «Isigugumadevu», intrigaron vivamente al rey Lewanika, que investigó los testimonios de sus súbditos y envió un amplio informe al Residente británico en Zululandia, el coronel Hardinge, en el que le relataba que él mismo había podido ver el sendero formado por esta bestia entre los cañaverales, un rastro que tendría un grosor de un metro y medio. Los habitantes de las zonas pantanosas de Zaire llaman «Mbilintu» a este extraño animal que habita en las ciénagas y tiene un tamaño comparable al de un elefante.

El «León de las Aguas»

Angola es otra de las zonas de donde llegan testimonios de la existencia de un monstruo acuático, el «Coje Ya Menia», un animal que emite unos potentes rugidos que le han valido el apelativo de «León de las Aguas». Según los nativos, este animal es un enemigo acérrimo de los hipopótamos, a los que mata en cuanto tiene oportunidad. Un comerciante portugués, Pereira da Costa, tuvo noticias durante su estancia en Luanda en los años treinta, de que uno de estos monstruos había matado a un hipopótamo. El intrigado portugués se desplazó al día siguiente a la zona donde se había producido este suceso y pudo encontrar el cuerpo del hipopótamo, convertido en una piltrafa, totalmente desgarrado y deshecho, pero al parecer, sin haber sido devorado. El terreno mostraba claros indicios de que se había producido una feroz lucha, las hierbas y la maleza estaban aplastadas y casi arrancadas. La única pista de lo que pudo acabar con la vida del pobre animal son las pisadas de otra bestia de un tamaño mucho mayor. Las huellas era, sin duda, similares a las de un elefante. Sin embargo, a diferencia de las huellas de estos paquidermos, las encontradas por Pereira da Costa mostraban claramente las marcas producidas por unos dedos bien diferenciados.

Las historias sobre la presencia de este extraño animal provocaron que el Smithsonian Institute ofreciese una recompensa de tres millones de dólares a quien fuese capaz de capturar a ese monstruo, vivo o muerto. Una suma que nadie pudo cobrar pese a que se organizaran varias expediciones.

Las extrañas bestias del Nilo

En las zonas colindantes con el lago Victoria y en los afluentes del Nilo también hay indicios que avalan la existencia de un extraño animal, que si bien presenta algunas diferencias con el de los pantanos del corazón de África, su descripción también se acerca asombrosamente a la de un dinosaurio.

Los ribereños del lago Victoria hablan de un extraño animal, el «Lukwata» o «Amaliv». Esta bestia estuvo a punto de hacer zozobrar en el año 1900 a un pequeño vapor que se dirigía de Kimusu, en Kenia, a Entebbe, en Uganda. Según el relato de un testigo inglés, Sir Ciement Hill, el animal surgió de las aguas a intentó apoderarse de un indígena que se encontraba sentado en la proa, sin llegar a conseguirlo. Sólo pudo apreciar la cabeza del animal, que era de forma redondeada y color oscuro, lo suficiente para descartar que se tratase de un cocodrilo. Los testimonios que hablan de la presencia del «Lukwata» se suceden. Según los nativos de una tribu de Uganda, los carivondos, este animal combate a menudo con los cocodrilos, y en el transcurso de la pelea suele perder alguna parte de su anatomía, que después es buscada afanosamente por los indígenas, que consideran que es un eficaz amuleto. Durante estas batallas se puede escuchar el mugido de este animal en muchos kilómetros a la redonda. Esta característica descarta que se trate de algún tipo de serpiente, como la pitón, pues estos animales carecen de cuerdas vocales.

La efigie de un «Lau»

En las fuentes del Nilo, los indígenas hablan de la existencia de una terrible bestia, que los pueblos nuer califican como una serpiente de enorme tamaño, cortas patas y gran ferocidad. El naturalista John Millais exploró ampliamente las grandes marismas del valle del Nilo y se encontró que tanto los nativos dinka como los shilluk y los propios nuer hablaban de un gran reptil de una longitud entre los doce y los treinta metros y el grosor de un caballo, con un color amarillo oscuro o castaño. Estos le relataron como en algunas ocasiones habían asistido a una cacería de esta bestia.

El gobernador británico del Sudán, H.C. Jakson, publicó en 1923 un estudio sobre el pueblo nuer del Alto Nilo, en el que hablaba del extraño animal que estos nativos llamaban «Lau», y que vive preferentemente en la zona del Nilo Blanco. Según las descripciones facilitadas por los nuer, el animal vive en agujeros cavados en las orillas de los ríos o en lugares pantanosos, como los de Bahr el Ghazal y Addar, su tamaño supera los cuatro metros y tiene una corta cresta de pelos en la parte alta de la cabeza. Un rasgo común en los relatos de los indígenas es el terror que les produce este animal, muy superior al que les provoca una pitón.

Un dato que avala su existencia es la efigie de la cabeza de un «Lau» hecha en madera por un artista de la tribu Iramba. El capitán William Hichens, funcionario de los Servicios de Información y de Administración del Este Africano, encontró y fotografió esta talla, un expresivo testimonio de la presencia de ese extraño animal en las marismas del gran río africano.

Algunos estudiosos en Criptozoología, la ciencia que estudia la posible existencia de animales que permanecen desconocidos, opinan que el «Lau» y el «Lukwata» son en realidad el mismo animal. Las descripciones de estas bestias, como grandes serpientes con unas patas rudimentarias y la comunicación del lago Victoria con las fuentes del Nilo, avalan esta posibilidad.

En los alrededores del gran lago Victoria vive otro extraño animal desconocido, al que los masais llaman «Olumaina». La bestia tiene alrededor de unos cinco metros de longitud, una cabeza parecida a la de un perro, con unas pequeñas orejas en forma de cuernos, patas cortas armadas de garras y un cuello pequeño. Al parecer cava zanjas en las orillas de los ríos, en los que se esconde tan pronto como hay algún peligro, dejando sólo la cabeza visible. Este animal ha sido visto por cazadores occidentales en el río Mara y en el río Gori, en la zona fronteriza entre Kenia y Tanzania, que añaden a la descripción de los masais que su cuerpo está recubierto por escamas, como si fuera un armadillo, su lomo es ancho como un hipopótamo y moteado como un leopardo, su cabeza se parece a la de una nutria y las huellas que dejan sus patas son tan grandes como las de un hipopótamo, pero con la presencia de garras como las de un reptil.

Esbozando una teoría

La idea de que puedan sobrevivir algunos dinosaurios aislados en las más remotas regiones de África, puede parecer absurda para muchos, pero no lo es tanto si se tiene en cuenta que en este continente, al igual que en otras regiones remotas de nuestro planeta, el clima apenas es distinto en la actualidad a como lo era hace más de sesenta millones de años. No hay que olvidar que en nuestro planeta hay auténticos fósiles vivientes, animales tanto o más antiguos que los grandes saurios, como los cocodrilos o el dragón de Komodo, en el asiático archipiélago de la Sonda.

La acumulación de testimonios ha popularizado la idea de que en las regiones pantanosas de África podría vivir un dinosaurio. Esto ha provocado que los productores de cine se hayan fijado en este misterio. Hace unos años se estrenó una película, "Baby", que trataba del descubrimiento de un dinosaurio vivo en la selva africana. Por otro lado, algunos diarios de gran tirada, pero poco rigurosos con las noticias, han publicado la información del encuentro de estos seres. El 27 de agosto de 1985 el rotativo británico The Sun, publicó la noticia de que se había capturado con vida un dinosaurio en África. Casi dos años después, el 21 de abril de 1987 el periódico americano National Inquirer, volvió sobre el asunto, afirmando que una expedición había encontrado dinosaurios vivos en este continente. En ambos casos, huelga decirlo, la información no se confirmó.

Los últimos dinosaurios de nuestro planeta no hay que buscarlos sólo en los pantanos, lagos, ríos y en las selvas más inexploradas. Diversos testimonios apuntan que algunos de estos animales casi míticos, habría que descubrirlos mirando hacia arriba, en el cielo. Buscarlos como si fueran pájaros porque son capaces de volar.

Con todos los testimonios que hemos ido repasando podemos empezar a hacernos una idea de cómo pueden ser los últimos dinosaurios. Si bien según las zonas de donde llegan los testimonios hay algunas diferencias, éstas podrían ser debidas en parte a que el alejamiento de los habitats hubiese provocado con el paso de los milenios, desigualdades entre estos saurios. Sin embargo, se puede decir que, por un lado, tenemos a un reptil de entre seis y diez metros de longitud, con el cuerpo grueso, como el tórax de un caballo, y con unas fuertes y poderosas garras, una musculosa y fuerte cola, y un largo cuello. Su piel es de aspecto liso como un hipopótamo y de color gris y la cabeza sería similar a la de una serpiente: corta y redondeada, con algo parecido a un cuerno sobre las fosas nasales y una cresta carnosa en la cabeza. Se trata de un animal anfibio, con un fuerte rugido, seguramente vegetariano, pero dispuesto siempre a la lucha con singular agresividad, en especial si se trata de combatir por su espacio o comida con los animales que serían sus competidores más directos, los hipopótamos, y en menor medida los manatíes. Luchas en las que suele salir bien parado a causa de su fortaleza y sus bien armadas garras. Por otro lado están los testimonios sobre lo que parece un gran reptil volador, un pterodáctilo.

Retrato robot

El zoólogo Bernard Heuvelmans, uno de los principales expertos en el estudio de los animales «ocultos», presidente de la International Society of Criptozoology y con más de treinta años estudiando la posible existencia de esta bestia, ha elaborado un retrato robot de la misma en función de las explicaciones dadas por los testigos y de los bajorrelieves del pórtico de Ishtar. Según sus conclusiones, la descripción del extraño animal de los pantanos africanos se corresponde con la de un dinosaurio del tipo de los ornitópodos, o dinosaurios de patas de ave. En especial los relatos de los testigos apuntan al grupo de los tracodontídeos, o dinosaurios con pico de pato. Unos reptiles vegetarianos que vivían la mayor parte del tiempo en el agua y que cuando salían de ella andaban a cuatro patas.

Otros investigadores, sin embargo, apuntan que las descripciones se acercan más a la de un saurópodo, un tipo de dinosaurios gigantes, algunos de los cuales como el brontosaurio, llegaron a medir cerca de cuarenta metros de longitud.

El misterio permanece. Pese a todos los intentos y expediciones realizadas para conseguir encontrar a esta bestia surgida del pasado, su existencia todavía sigue siendo una incógnita. Un misterio que nos hace preguntar si los dinosaurios están totalmente extintos, o si por el contrario, algunas remotas zonas pantanosas de África serán la última morada de unos animales fabulosos cuya evocación forma parte del recuerdo colectivo de la humanidad.

viernes, 6 de marzo de 2009

El Hombre-Pez de Liérganes

Más allá de las románticas sirenas y de los míticos tritones, los relatos acerca de los hombres-pez sobrecogen por sus vividos detalles y por su apariencia de realidad.

Dentro del capitulo de las leyendas relativas a seres acuáticos, y aparte de los míticos tritones, nereidas y sirenas, se inscriben las de los hombres-pez u hombres marinos. Se trata de seres, en principio, totalmente humanos, pero que un buen día sintieron la llamada de las aguas y se lanzaron a vivir en el océano. Hay noticias diversas y muy antiguas sobre estos seres legendarios. Plinio ya da conocimiento de dos de ellos, uno visto precisamente en las aguas atlánticas de la bahía de Cádiz. Eliano, Pausanias, Belonio Nauclero, Lilio Giraldo y Alejandro de Alejandro son algunos otros de los cronistas que reseñan apariciones de estos fantásticos hombres-pez. Pedro Mexía, en su Silva de Varia Lección, Juan de Mandevilla en el Libro de las maravillas del mundo, aparecido por primera vez en Valencia en 1515, y Antonio de Torquemada en su Jardín de flores curiosas, publicado en Salamanca en el año 1570, son los españoles anteriores al siglo XVIII que se hacen eco de las curiosas noticias de estos extraños personajes acuáticos.

El padre Feijoo y el Hombre-Pez

Pero el relato que presenta mayor número de detalles y que resulta de un singular interés por el carácter racionalista y desmitificador de quien escribe sobre él, es el del hombre-pez de Liérganes, que aparece reseñado por primera vez en el volumen VI del Teatro Crítico Universal (1726-1740) de fray Benito Jerónimo Feijoo. La historia, tal y como la cuenta el ilustrado fraile, es más o menos como sigue.

En el lugar de Liérganes, cercano a la villa de Santander, vivía a mediados del siglo XVII el matrimonio formado por Francisco de la Vega y María de Casar, que tenían cuatro hijos. La mujer, al enviudar, mandó al segundo de ellos, Francisco, a Bilbao, para que aprendiese el oficio de carpintero. Allí vivía el joven Francisco cuando, la víspera del día de San Juan del año 1674, se fue a nadar con unos amigos al río. El joven se desnudó, entró en el agua y se fue nadando río abajo, hasta perderse de vista. Según parece, el muchacho era un excelente nadador y sus compañeros no temieron por él hasta pasadas unas horas. Entonces, al ver que no regresaba, le dieron por ahogado.

Cinco años más tarde, en 1679, mientras unos pescadores faenaban en la bahía de Cádiz, se les apareció un ser acuático extraño, con apariencia humana. Cuando se acercaron a él para ver de qué se trataba, desapareció. La insólita aparición se repitió por varios días, hasta que finalmente pudieron atraparlo, cebándolo con pedazos de pan y cercándolo con las redes. Cuando lo subieron a cubierta comprobaron con asombro que el extraño ser era un hombre joven, corpulento, de tez pálida y cabello rojizo y ralo; las únicas particularidades eran una cinta de escamas que descendía de la garganta hasta el estómago, otra que cubría todo el espinazo, y unas uñas gastadas, como corroídas por el salitre.

Los pescadores llevaron al extraño sujeto al convento de San Francisco donde, después de conjurar a los espíritus malignos que pudiera contener, le interrogaron en varios idiomas sin obtener de él respuesta alguna. Al cabo de unos días, los esfuerzos de los frailes en hacerlo hablar se vieron recompensados con una palabra: "Liérganes". El suceso corrió de boca en boca, y nadie encontraba explicación alguna al vocablo hasta que un mozo montañés, que trabajaba en Cádiz, comentó que por sus tierras había un lugar que se llamaba así. Don Domingo de la Cantolla, secretario del Santo Oficio de la Inquisición, confirmó la existencia de Liérganes como un lugar cercano a Santander, perteneciente al arzobispado de Burgos, y del cual él era oriundo. De inmediato mandó noticia del hallazgo efectuado en Cádiz a sus parientes, solicitando que informaran de si allí había ocurrido algún suceso que pudiese tener conexión con el extraño sujeto que tenían en el convento. De Liérganes respondieron que allí no había ocurrido nada extraordinario fuera de la desaparición de Francisco de la Vega, hijo de la viuda María de Casar, mientras nadaba en el río de Bilbao; pero que esto había ocurrido cinco años atrás.

Esta respuesta excitó la curiosidad de Juan Rosendo, fraile del convento, quien, deseoso de comprobar si el joven sacado de la mar y Francisco de la Vega eran la misma persona, se encaminó con él hacia Liérganes. Cuando llegaron al monte que llaman de la Dehesa, a un cuarto de legua del pueblo, el religioso mandó al joven a que se adelantara hasta allí. Así lo hizo su silencioso acompañante, que se dirigió directamente hacia Liérganes, sin errar una sola vez al camino; ya en el caserío, se encaminó sin dudar hacia la casa de María de Casar. Ésta, en cuanto le vio, le reconoció como su hijo Francisco, al igual que dos de sus hermanos que se hallaban en casa.

El joven Francisco se quedó en casa de su madre, donde vivía tranquilo, sin mostrar el menor interés por nada ni por nadie. Siempre iba descalzo, y si no le daban ropa no se vestía y andaba desnudo con absoluta indiferencia. No hablaba; sólo de vez en cuando pronunciaba las palabras "tabaco", "pan" y "vino", pero sin relación directa con el deseo de fumar o comer. Cuando comía lo hacia con avidez, para luego pasarse cuatro o cinco días sin probar bocado. Era dócil y servicial; si se le mandaba algún recado lo cumplía con puntualidad, pero jamás mostraba entusiasmo por nada. Por todo ello se le creía loco hasta que un buen día, al cabo de nueve años, desapareció de nuevo en el mar sin que se supiera nunca más nada de él.

El "Pesce Cola" o "Peje Nicolao"

Hasta ahí el relato resumido, tal y como lo expone el padre Feijoo. En su obra, el fraile abunda en detalles y da los nombres de quienes le impulsaron a reseñar este suceso, ante el cual, en un principio, se mostró escéptico, y al que sólo dio crédito tras recabar información de personajes que merecían su confianza, como el marqués de Valbuena, de Santander, don Gaspar Melchor de la Riba Agüero, caballero de la orden de Santiago y natural de Gajano, pueblo cercano a Liérganes, y don Dionisio Rubalcava de Solares, que conoció y trató a Francisco de la Vega.

Resulta curioso ver cómo el proverbial rigor critico que demostraba el padre Feijoo ante supersticiones comunes en aquel tiempo se desvanece ante el caso del hombre-pez de Liérganes y ante la creencia, en general, en los hombres marinos. Este típico erudito de la Ilustración esgrime un sinfín de argumentos para explicar la posibilidad de existencia de hombres anfibios o marinos. Y al caso de Francisco de la Vega añade otro más, del que ya habían dado cuenta en sus escritos Joviano Potano, Alejandro de Alejandro y Pedro Mexía: el caso de "pesce Cola" o "peje Nicolao".

Nicolao fue un siciliano, natural de Catania, que vivió hacia la segunda mitad del siglo XV. Este hombre, si bien no habitó en el mar durante largos períodos de tiempo, como nuestro hombre-pez de Liérganes, según parece era capaz de salvar grandes distancias a nado, por lo que le empleaban como correo marítimo entre los puertos del continente y las islas. Aún en días de tormenta, cuando los marineros no se atrevían a salir a la mar, "pesce Cola" se zambullía en el agua y llegaba a su destino.

Nicolao era capaz de permanecer hasta una hora debajo del agua sin salir a respirar, lo que le permitía vivir con holgura de la pesca de ostras y coral. Se había dado el caso de que "pesce Cola" siguiese nadando a un barco hasta alta mar, lo abordase y después de comer en él, se brindase a llevar noticias de los marinos a sus familiares de tierra. Los prodigios acuáticos de Nicolao llegaron a su fin cuando el rey Federico de Nápoles y Sicilia quiso comprobar la certeza de su leyenda. El monarca, para ver hasta dónde llegaba la intrepidez y resistencia del siciliano, lo llevó hasta el famoso remolino de Caribdis, situado en el lugar más angosto del estrecho de Mesina, y arrojó al agua una copa de oro, diciéndole a Nicolao que si la recuperaba era suya. "Pesce Cola" se lanzó al agua y permaneció bajo ella tres cuartos de hora, hasta que finalmente salió con la copa en la mano. Interrogado por el rey sobre lo que había visto en tan temido lugar, Nicolao contó tremendas visiones de monstruos marinos, moradores de profundas cavernas. El rey, entusiasmado por el relato, quiso saber más detalles y le prometió igual recompensa si bajaba de nuevo. Nicolao se mostró remiso a cumplir los deseos del monarca, por lo que éste le estimuló con una bolsa de oro, además de otra copa que arrojó al agua. "Pesce Cola" consintió y se sumergió de nuevo para no aparecer mas.

Incredulidad de Marañón

La existencia de los hombres marinos la explica Feijoo a base de la adaptación al medio Arguye que sí a una natural inclinación hacia el mar y una especial predisposición para la natación, se añade la práctica continuada, tanto del ejercicio natatorio como de la retención de la respiración, se podría llegar a resultados sorprendentes, como los que lograron estos singulares sujetos. Aceptada la posibilidad de existencia de estos individuos, cabe la posibilidad de que hombres y mujeres con estas habilidades tuviesen, por causas diversas, que buscar refugio en la solitaria vida marina. A partir de aquí, la existencia de una raza de hombres marinos, herederos de las facultades de unos padres adaptados al medio acuático, es del todo admisible.

Establecida la existencia de una raza de hombres marinos, Feijoo explica la existencia de tritones y nereidas, mitad hombre o mujer y mitad pez, mediante el apareamiento de los hombres marinos y los peces.

Ya en nuestro siglo, el doctor Gregorio Marañón volvió a interesarse por la leyenda del hombre pez de Liérganes, y en su libro "Las ideas biológicas del padre Feijoo" dedica un capítulo entero a la leyenda y a los argumentos presuntamente científicos que utilizó el ilustrado para justificar la existencia de los hombres marinos.

A partir de toda la serie de datos recogidos, Marañón formula la hipótesis de que Francisco de la Vega padeciese cretinismo, enfermedad caracterizada por una detención del desarrollo físico y mental y acompañada de deformaciones. Esta es la causa de que un buen día el joven Francisco, "idiota y casi mudo", abandonase su lugar habitual de residencia y vagase por tierra o quizá por mar, "pero no nadando", hasta que se le localizó de nuevo en Cádiz. La coincidencia de que desapareciese bañándose y que se le localizase de nuevo en el mar, junto con la incapacidad del muchacho para dar cualquier explicación, tejió la leyenda de los cincos años de vida marina.

La mudez, la tez blanca, el pelo rojizo, la piel escamosa -debido probablemente a la ictiosis-, la glotonería y el hecho de comerse las uñas, datos todos que aparecen en el relato del padre Feijoo, interpretados desde un punto de vista clínico, no son sino síntomas de cretinismo, enfermedad endémica propia de regiones montañosas, y entonces frecuente en la montaña santanderina.

La habilidad de Francisco de la Vega en la natación y su resistencia en las inmersiones, las explica Marañón a través de la insuficiencia tiroidea, con frecuencia ligada a las personas que padecen ictiosis. Se ha podido comprobar experimentalmente que, cuanto menor es la cantidad de tiroxina segregada, tanto menor es la necesidad de oxígeno, y por tanto mayor el tiempo de resistencia del organismo a situaciones en que falta este elemento.

De todos modos, después de leer la historia de Feijoo y la explicación del doctor Marañón, se nos plantea una duda: Francisco de la Vega, ¿era realmente un cretino? Lo cierto es que no se dice nada de eso antes de la desaparición del muchacho en el río de Bilbao, y tan sólo se alude a su silencio y locura después de su reaparición en Cádiz.

Aunque la interpretación del suceso que ofrece Marañón es ingeniosa y parece dar una respuesta lógica (dentro de la lógica científico- experimental típica del siglo XX) al fenómeno del hombre-pez, nuestro doctor, muy prudentemente -como corresponde a todo buen espíritu científico- se muestra abierto a valorar cualquier otra posible explicación que se pueda dar a tenor de nuevos datos.


Los Mariños y H. P. Lovecraft

Siguiendo en la línea de los sucesos extraordinarios y leyendas tejidas en tono a los hombres marinos no se puede dejar de mencionar la historia de los mariños o marinhos gallegos, narrada en el siglo XVI por el licenciado Luis de Molina en sus Descripción del Reino de Galicia y de las cosas notables (Mondoñedo, 1550) y por Antonio de Torquemada en el ya mencionado Jardín de flores curiosas.

Según cuenta el licenciado Molina, un hidalgo pescó en la isla de Lobeira a una sirena. Cuidó de ella hasta que le cayeron las escamas, y entonces la tomó por esposa. Los hijos que tuvieron fueron llamados mariños.

El relato que nos ofrece Torquemada es mucho menos romántico; cuenta que "andando una mujer ribera de la mar, entre una espesura de árboles, salió un hombre marino en tierra, y tomándola por la fuerza, tuvo sus ayuntamientos libidinosos con ella, de los cuales quedó preñada, y este hombre o pescado se volvió a la mar; y retornaba muchas veces al mismo lugar a buscar a esta mujer, pero sabiendo que le ponían trampas para capturarlo, desapareció. Cuando la mujer vino a parir, aunque la criatura era racional, no dejó de traer en si señales por lo que se supo era verdad lo que decía que con el Tritón lo había tenido."

Es curiosa la conexión entre esa leyenda de los mariños gallegos y uno de los relatos del escritor fantástico norteamericano Howard Phillips Lovecraft. En La Sombra sobre Innsmouth, sin duda una de las mejores narraciones cortas de este autor, Lovecraft nos presenta una raza de seres, "mitad peces mitad batracios" -a quienes llama profundos- capaces de reproducirse con seres humanos.

El relato nos cuenta la horrible experiencia de un hombre que va a parar a un extraño pueblo costero, Innsmouth, donde los profundos han logrado establecer contacto con sus habitantes y dejar descendencia. Estos descendientes humanos, si bien en un principio parecen por completo racionales, poco a poco van sufriendo una metamorfosis, hasta que, tras adquirir el monstruoso aspecto de sus progenitores acuáticos, se lanzan a vivir en el océano.

Es de suponer que Lovecraft se inspiró, para la creación de este relato, en alguna leyenda del folklore anglosajón, del que era un buen conocedor; es probable que utilizase ese substrato mítico ancestral, presente en lo más oscuro de nosotros mismos, como un elemento más para articular su peculiar narrativa de terror. Por otra parte, no hay que olvidar que el folklore anglosajón es una de las ramas de la cultura céltica, del que los gallegos -y sus mariños- son representantes de lo más genuino...

Sea como sea, hay que reconocer que la solidez y la verosimilitud de las leyendas acerca de los hombres-pez sobrepasan en mucho las de otros fenómenos más o menos legendarios, por muy universales que éstos sean. Quizá la antiquísima atracción que el hombre experimenta hacia el mar se deba, después de todo, a unas capacidades o a unas inclinaciones que todos poseemos inconscientemente, y que algunos privilegiados han logrado desarrollar.