jueves, 7 de mayo de 2009

Rennes-le-Château: El enigma de un cura rural

En el transcurso de menos de tres años, Béranger Saunière, un pobre cura de pueblo, se convirtió en uno de los hombres más ricos de la región. En la puerta de su iglesia colocó la imagen de un diablo.

Desde la ciudad de de Carcassonne, en el Sur de Francia, hasta la frontera española se extiende una región poco poblada. Es una zona de pequeños viñedos entre crestas de piedra desnuda, de valles desiertos llenos de ruiseñores, de arroyos veloces que se nutren de las nieves y de tierras altas, arenosas y salvajes donde abundan el tomillo y el arrayán.. Pero en otro tiempo estuvo muy poblada; primero por los galos del sur, pueblo celta que estableció su capital en Narbo, actual Narbonne, y después por los visigodos, cuyo reino de Septimania sobrevivió desde el año 475 hasta que fue invadido por los moros en el año 715. Torres de vigilancia semiderruidas y castillos abandonados dominan las colinas, como testimonio elocuente de las confusas condiciones de la región durante diez siglos.

Es la zona sur del Languedoc, que desde 1050 quedó bajo dominio de los condes de Toulouse, vasallos autónomos del rey de Francia, y que poco más tarde se convirtió en centro de irradiación de la herejía cátara. En las empinadas rocas de Montségur, los cátaros protagonizaron su última y desesperada resistencia en 1244.

La antigua ciudad de Aereda, llamada Rhedae por los romanos, fue en otros tiempos una capital de más de 30.000 habitantes y su castillo, en la cima de la colina, guardaba la confluencia de los ríos Aude y Sals. Hoy es una aldea venida a menos, con unas pocas casas aferradas a una calle empinada y que miran a una llanura desierta. Eso es Rennes-le-Château.

En 1885, a los 33 años, François Béranger Saunière fue nombrado cura de la pequeña iglesia de Sainte-Madeleine, abandonada y semiderruida, que se alzaba en la parte más alta de la calle del pueblo, donde los visigodos habían levantado un palacio fortificado. Como muchos otros sacerdotes, Saunière tomó a una joven, Marie Denarnaud, como ama de llaves y se instaló en Rennes-le-Cháteau sin más perspectiva que la pobreza y la oscuridad. Pero el destino decidió otra cosa.

Saunière se enteró de que uno de sus predecesores había dejado un pequeño legado para el mantenimiento de la iglesia y, en 1892, decidió restaurar el altar mayor. Este constaba de un solo bloque de piedra, uno de cuyos extremos se hallaba fijado a la pared de la iglesia; el otro se apoyaba en una antigua columna de piedra tallada, de la época visigoda. Al levantar el bloque se descubrió que la columna era hueca; dentro había tres tubos de madera, sellados con cera, que contenían pergaminos manuscritos.

Algunas copias de estos pergaminos han llegado hasta nosotros. A primera vista no parecen ser más que transcripciones de pasajes conocidos del Nuevo Testamento, escritos en latín, con extraños caracteres de aspecto arcaico. El primero (Juan 12, 1-12) describe la visita de Cristo a Betania, a casa de Lázaro, Marta y María. El segundo es la historia de los discípulos recogiendo espigas de trigo en sábado, pero ha sido tomado de tres versiones diferentes, las de Mateo (12, 1-8), Marcos (2, 23-28) y Lucas (6, 1-5).

Una inspección más cuidadosa revela, sin embargo, que estos manuscritos contienen una serie de rasgos inesperados: hay dibujos de monogramas, se han añadido letras al texto, algunas de ellas están marcadas con un punto, otras desplazadas; son indicios de que los documentos están en clave. Y, desde luego, un criptógrafo no encontraría demasiadas dificultades en descifrarlos.

A principios de 1893, Saunière llevó los manuscritos a su obispo, monseñor Félix-Arséne Billard de Carcassonne y obtuvo autorización (y dinero) para ir inmediatamente a París. Allí entregó los documentos al abate Bieil, director de Saint-Sulpice, quien le presentó a su sobrino, el editor religioso Ané, en cuya casa se alojó Saunière mientras estuvo en París, y a Émile Hoffet, destinado a convertirse en una gran autoridad en manuscritos antiguos y sociedades secretas.

Saunière estuvo tres semanas en París. Pasó mucho tiempo en el Louvre, donde compró reproducciones de tres cuadros sin vinculación aparente entre sí: «Pastores de Arcadia» de Poussin, el «retrato de San Antonio» de Teniers y un retrato anónimo del papa san Celestino V. También entabló amistad -cosa rara para un humilde cura de pueblo- con una celebridad parisina, Emma Calvé. La hermosa soprano estaba en la cumbre de su carrera. Durante muchos años fue íntima amiga de Saunière y lo visitó con regularidad hasta su boda, en 1914, con el tenor Gasbarri.

Cuando volvió a Rennes, Saunière continuó la restauración de la iglesia. Con la ayuda de algunos jóvenes del pueblo -uno de los cuales vivía aún en 1962 y proporcionó detalles valiosos sobre las actividades de su párroco- levantó otro bloque de piedra que se encontraba justamente delante del altar. La parte inferior del bloque estaba tallada en un estilo arcaico, que fue identificado como perteneciente a los siglos VI o VII.

Hay dos escenas talladas en el bloque, que suceden en un edificio con arcos o en una cripta. La de la izquierda representa, según parece, a un caballero montado, tocando una trompeta de caza, mientras su caballo agacha la cabeza para beber de un manantial. La de la derecha es de otro caballero con una vara en una mano y, en la otra, o un niño en su arzón o un disco o esfera. La piedra está gastada y rota y es difícil identificar los temas con seguridad.

Cuando fue retirado el bloque, Saunière ordenó a los jóvenes que excavaran a varios pies de profundidad; en cuanto anunciaron qué habían encontrado algo los envió a casa y se encerró en la iglesia. Se dice que habían descubierto dos esqueletos y un cuenco lleno de objetos brillantes; Saunière manifestó que eran medallones sin valor. Cuando recientemente se volvió a excavar en el mismo lugar se encontró una calavera con una hendidura ritual característica en el cráneo.

Después de este descubrimiento, los trabajos en la iglesia cesaron durante algún tiempo. En cambio, Saunière, acompañado por su ama de llaves Marie, se dedicó a recorrer los alrededores con un saco al hombro. Cada noche volvía con el saco lleno de piedras que había elegido cuidadosamente, y cuando se le preguntaba por la finalidad de sus excursiones replicaba que había decidido embellecer el jardicncillo que había frente a la iglesia con una gruta de piedra. Ciertamente, la gruta sigue allí, aunque muy disminuida; ha sido saqueada, o por cazadores de souvenirs o por quienes esperaban que las piedras revelaran el secreto de Saunière.

Pero ése no era su único y extraño pasatiempo. El cementerio de la iglesia contenía dos lápidas que marcaban la tumba de Marie de Negri d'Albes (muerta en 1781), esposa de Francis de Hautpoul, seigneur de Rennes. Durante la noche, Saunière movió estas lápidas y borró pacientemente sus inscripciones: vano esfuerzo pues las inscripciones ya habían sido copiadas por arqueólogos itinerantes.

Durante los dos años siguientes, Béranger Saunière viajó mucho. Se sabe que abrió varias cuentas bancarias, en Perpiñán, Toulouse, París y hasta Budapest. Frecuentemente llegaban giros para Marie Denarnaud de Alemania, España, Suiza e Italia; aparentemente, algunos eran enviados por comunidades religiosas.

A partir de 1896, Saunière emprendió la restauración de la iglesia, cuyos resultados pueden verse en la actualidad. El efecto del conjunto es extraordinario. Dispuesto diagonalmente donde se juntan nave y transepto, hay un suelo en forma de tablero de ajedrez compuesto por 64 baldosas cuadradas blancas y negras; junto a la puerta principal levantó un gran monumento de colores llamativos en el que la pila es sostenida por la cabeza de una figura de tamaño natural del demonio Asmodeo, mientras encima se levantan cuatro estatuas pequeñas de ángeles alados con la divisa Par ce signe tu le vaincras (Con este signo lo vencerás), una cita de la visión que provocó la conversión del emperador Constantino al cristianismo, en el año 313.

«Éste es un lugar terrible»

Las paredes de la iglesia están cubiertas con pinturas en relieve de estilo popular; además hay un Vía Crucis poco convencional y, encima del confesionario, una representación de Cristo en el monte de los Olivos. El mismo Saunière pintó la imagen de María Magdalena que hay en el altar. Lo más extraño de todo es que sobre el portal de la iglesia están grabadas las palabras de Jacob en Bethel, pronunciadas la mañana siguiente a la visión de los ángeles que subían y bajaban por una escalera que llevaba al cielo: Terribilis est locus iste (Éste es un lugar terrible).

Cuando terminaron los trabajos en la iglesia, Saunière no abandonó su fiebre reconstructora. Compró el terreno que se extendía entre la iglesia y la ladera oeste de la colina. A lo largo de la cresta construyó un paseo semicircular y en el extremo sur de éste, una torre de dos pisos, la Tour Magdala. Dentro de la curva del paseo dispuso un jardín, y al final, separada de la iglesia por un pequeño patio, levantó una casa para huéspedes que llamó Betania.

Saunière pagó de su bolsillo todos estos trabajos. Y cuando Betania quedó terminada y amueblada con valiosas antigüedades, recibió huéspedes a quienes atendía como a reyes, con buenos vinos y abundante comida. Hubo visitas regulares de Emma Calvé, siempre que sus compromisos profesionales se lo permitían, y entre los huéspedes figuró también la secretaria de estado para las bellas artes, la escritora Andrée Bruguière, muchos notables de la zona y, de vez en cuando, de incógnito, un hombre de quien se decía que era el archiduque Juan de Habsburgo, primo del emperador de Austria.

Cuando Saunière murió en 1917 se calculaba que había gastado bastante más de un millón de francos..., y eran francs d'or, que valían 20 veces más que los ya desaparecidos francos franceses. Después de su muerte y durante 36 años, hasta que falleció en 1953, Marie Denarnaud no se privó de nada y, en una carta escrita hacia 1920, estimó su propia fortuna en más de 100.000 francos. Entre 1885 y 1893, Béranger Saunière dejó de ser el cura pobre de una parroquia miserable y se convirtió en un hombre enormemente rico... y uno de los derrochadores más extravagantes de la región. La prueba de sus gastos está allí, en Rennes-le-Cháteau, a la vista de todos. Pero, ¿de dónde salieron las riquezas de Saunière?

Escuela de herejes

Saint-Sulpice es la iglesia más grande de París después de Notre-Dame, y en el siglo XIX su seminario constituía uno de los principales centros de enseñanza de los sacerdotes franceses. Entre sus alumnos más notorios en ese período figuraba Alphonse Louis Constant, que abandonó el sacerdocio tomando después el nombre de Eliphas Levi. Con ese nombre publicó Dogma y ritual de la alta magia y otros libros sobre ocultismo.

Otro clérigo apóstata proveniente de este seminario fue el abate Joseph Antoine Boullan que, en 1876, anunció que él era el Sumo Sacerdote de la iglesia de Carmel, en Lyon. Dos jóvenes parisienses, el marqués Stanislas de Guaita y su compañero Oswald Wirth, que eran discípulos de Levi, se unieron a la iglesia de Carmel para aprender sus ritos secretos y después, en 1887, anunciar que Boullan era «un hombre condenado».

Convencido de que Guaita y Wirth se proponían matarlo por medios ocultos, Boullan logró el apoyo del novelista J.K. Huysmans, quien dibujó un benévolo retrato del ex abate en su novela sobre la magia negra Là-Bas (Allá). Uno de los amigos de Huysmans, antiguo discípulo de Boullan, era el escritor Jules Bois, amante en esa época de la soprano Emma Calvé. El 4 de enero de 1893, después de escribir una carta llena de presentimientos de muerte, Boullan falleció repentinamente. Bois publicó inmediatamente una carta en un diario de París, acusando a Guaita de haberlo asesinado con artes mágicas. Pocos días más tarde, Saunière llegó a París...

miércoles, 6 de mayo de 2009

Rennes-le-Château: Tras el tesoro de Salomón

Durante siglos, las leyendas han hablado de un fabuloso tesoro oculto en algún punto de la región de Razès, en el sur de Francia. ¿Acaso Béranger Saunière lo encontró a finales del siglo pasado?

Las historias acerca del tesoro de Rennes-le-Château son numerosas e insistentes; unas cuantas, por lo menos, son ciertas. Para empezar, el área es rica en yacimientos minerales; desde los tiempos de los romanos se ha extraído plomo, plata, cobre y oro. En el siglo XII, el Gran Maestre de los Caballeros Templarios era Bertrand de Blanchefort, cuyo castillo se alzaba en un espolón rocoso a la vista de Rennes; él hizo venir obreros desde Alemania para que extrajeran el oro de sus minas.

Pero las leyendas locales cuentan otra historia. Si podemos creer a César d'Arcons, ingeniero que cinco siglos después fue enviado a Razès para elaborar un informe sobre la minería de aquella región, esos alemanes no eran mineros, sino orfebres. El historiador local Louis Fedié escribió en 1880:

En la Edad Media, la gente creía que los metales preciosos extraídos de la mina de Blanchefort no procedían de una veta en la roca, sino de un depósito de lingotes de oro y plata enterrado en los sótanos de la fortaleza por sus primeros amos, los reyes visigóticos.

Existen además historias acerca de descubrimientos notables, como el que hizo el joven pastor Ignace Paris en 1645. Buscando un cordero perdido cayó en un barranco escondido que conducía a una cueva, donde encontró una hilera de esqueletos y un montón de oro. Pero cuando volvió a Rennes con un sombrero lleno de aquel metal, los aldeanos le acusaron de robo, se negaron a creer su historia y le apedrearon hasta matarle.

Más recientemente, se encontró cerca de Rennes un bloque de oro que pesaba casi 20 kilos, hecho con monedas árabes (o más probablemente de los estados árabes dominados por los cruzados); poco después se halló un lingote de 50 kilos. En 1928 se encontraron fragmentos de una gran estatua de oro entre los restos de una choza, a la orilla del arroyo que corre por debajo de Rennes; había sido parcialmente fundida, pero los pies se distinguían claramente.

¿De dónde puede haber salido todo ese oro? Durante los últimos 2.000 años, cuatro culturas importantes florecieron en la región, y las cuatro compartieron la preocupación por el oro como metal precioso.

Para los celtas, este metal tenía propiedades mágicas: a diferencia del hierro o el cobre, salía de la tierra brillante e inmutable, difícil de trabajar pero inalterable por la atmósfera o las condiciones de la forja, y constituía el símbolo del poder real y de los misterios sacerdotales.

Para los romanos, en cambio, el oro era un botín de guerra y una fuente de recursos para administrar el Imperio. Derrotaron a los celtas y a todos los demás pueblos de sus fronteras, desde España hasta Persia; se apoderaron de sus ornamentos de oro y de sus minas, y se llevaron todas esas riquezas a Roma, desde donde se volvieron a desperdigar.

Los visigodos, menos sofisticados que los romanos, consideraban al oro de forma parecida a los celtas. Sus reyes, reinas y príncipes llevaban oro para simbolizar tanto su poder como su riqueza, y al convertirse al cristianismo siguieron empleando oro para fabricar y decorar los objetos de culto.

Después vino el pueblo de Languedoc. Para ellos el oro constituía, por encima de todo, un artículo comercial. Muchos de los cruzados eran originarios del sur de Francia, y habían traído botín de Oriente.

Por el momento, podemos descartar a los celtas y los romanos. Se ha descubierto muy poco oro celta; sin duda los romanos se llevaron todo el que encontraron, como hacían con todos los objetos de valor, a Roma. Pero los visigodos nos plantean un fascinante misterio.

Entre los tesoros más grandes que los romanos trasladaron a Roma estaban los objetos de culto del templo de Salomón, en Jerusalén. En el año 69 d.C., el futuro emperador Tito, hijo mayor de Vespasiano, encabezó una campaña contra los judíos, que se habían rebelado contra la dominación romana. En septiembre del año 70 tomó Jerusalén y saqueó el templo, llevándose las trompetas de plata con las que los hijos de Aarón habían convocado a los huéspedes de Israel, el Arca de la Alianza, la mesa de oro de los panes ázimos y el gran candelabro de siete brazos o menorah, hecho de cincuenta kilos de oro puro.

Un relieve del arco de Tito, en Roma, muestra claramente cómo este candelabro fue sacado del templo; sabemos que posteriormente fue depositado en el templo de la Paz, en el foro de Vespasiano. Lo que sucedió más tarde es tema de varias historias que se contradicen entre sí. La primera dice que cuando Magencio huía de Constantino en el año 312, el tesoro cayó al Tíber y se perdió, cosa muy poco verosímil. Otra versión informa que cuando Alarico, el visigodo, saqueó Roma en el año 410, se lo llevó como parte de su botín.

La tercera historia, a la que volveremos después, sostiene que en 455 el vándalo Geiserico llevó el tesoro de Jerusalén desde Roma al norte de África. Durante el siglo siguiente, el general bizantino Belisario lo recobró y lo llevó a Constantinopla, y el emperador Justiniano lo devolvió a Jerusalén, donde fue colocado en un santuario cristiano. Pero en 615 los persas saquearon Jerusalén, y desde entonces no se supo nada más del tesoro.

Alarico murió el mismo año en que saqueó Roma, y le sucedió Ataúlfo, quien llevó a los visigodos a instalarse en el sur de Francia y en España. Es bien sabido que en esos tiempos poseían muchos tesoros, divididos en dos partes bien diferenciadas. Una incluía las joyas personales de los reyes y los tributos que habían recaudado; esto se usaba para pagar los gastos públicos y estaba guardado en Toulouse. La otra, conocida como el Tesoro Antiguo, estaba integrado por el botín que habían acumulado los visigodos durante sus desplazamientos. Finalmente este tesoro quedó en Carcassonne durante el siglo VII: allí estaban el gran Missorium de oro (20 kilos), la tableta de esmeraldas con sus tres hileras de perlas y 60 pies de oro y, muy probablemente, la menorah de Jerusalén.

Cuando Clodoveo, rey de los francos, amenazó Carcassonne en 507, el Tesoro Antiguo fue trasladado a Ravena, pero fue devuelto al rey visigodo Amalrico cuando éste alcanzó la mayoría de edad. Una pequeña parte de este tesoro cayó en manos de los francos cuando tomaron Narbonne en el siglo VII, pero el resto fue trasladado por los visigodos a su capital española de Toledo. Cuando los árabes tomaron la ciudad, en 711, se sabe que se apoderaron del famoso Missorium, pero buena parte del tesoro estuvo perdido hasta el siglo XIX, cuando fue descubierto en Guarrazar, cerca de Guadamur (Toledo). Incluía nueve magníficas coronas votivas de oro, adornadas con zafiros, pero no la menorah. «¿Descubriremos acaso algún día en Francia -escribió H.P. Eydoux en su obra Lumiéres sur la Gaule (Luces sobre Galia)-, un tesoro escondido tan rico y maravilloso como el de Guarrazar?» A lo que podría contestarse: ¿por qué no?

Pero supongamos que Alarico no se llevó la menorah y los otros tesoros del templo de Salomón y que, de hecho, éstos fueron devueltos a Jerusalén por Justiniano. Si los persas hubieran encontrado ese legendario tesoro, seguramente el hecho hubiese quedado registrado en sus anales. Quizá escondido en alguna cueva en las rocas de Jerusalén, u oculto bajo una edificación derruida, estuvo perdido durante siglos.

Jerusalén fue tomada por los cruzados en 1099, y durante casi un siglo fue una ciudad cristiana. En 1120, nueve caballeros encabezados por Hugues de Payns decidieron consagrarse a la protección de los santuarios cristianos, bajo el nombre de Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón. Se les dio alojamiento en edificios adyacentes a dicho templo y, desde aquel momento fueron conocidos con el nombre de «caballeros templarios».

Durante el siglo siguiente los templarios se hicieron cada vez más importantes en Jerusalén y Tierra Santa. Sólo obedecían a su orden, y el gran maestre era tan poderoso como cualquier rey. Su cuartel general era la mezquita de al-Aqsá, construida por los árabes dentro del recinto del templo, y usaban su cripta como establo, los «establos de Salomón». Fueron expulsados de Jerusalén por Saladino en 1187, pero regresaron entre 1229 y 1244, y desde allí se fueron estableciendo en todos los países de Europa occidental. Ricos, poderosos e inviolables, gobernaban grandes territorios y cobraban tributos, buena parte de los cuales se llevaban a Oriente, donde instalaron una cadena de «casas del tesoro» y actuaron como banqueros ante las personas que por alguna razón no eran miembros de la sociedad.

Pero en 1307 el rey Felipe IV de Francia, celoso del poder y la riqueza de los templarios, acusó a la Orden de herejía, y en el plazo de cuatro años ésta quedó disuelta. Sólo en Francia, 54 miembros murieron en la hoguera, y muchos cientos fueron encarcelados de por vida y perdieron todos sus bienes, gran parte de los cuales pasaron, por supuesto, a manos del rey de Francia.

Se ha discutido durante siglos la naturaleza de la herejía templaria. El gran maestre, Jacques de Molay, confesó bajo tortura que había negado a Cristo, escupido al crucifijo y adorado a un ídolo conocido como Baphomet, pero se sabe poco de los supuestos ritos secretos que practicaban los iniciados. Lo que parece más probable, sin embargo, es que durante los siglos pasados en Oriente, el cristianismo de los templarios haya sido influido por algún tipo de dualismo, emparentando con el de los cátaros. Y 150 años antes, el primer Gran Maestre de los templarios, a quien se concedió el título «por la gracia de Dios», fue Bertrand de Blanchefort, cuyas tierras se encontraban en el corazón de las regiones cátaras, precisamente alrededor de Rennes-le-Cháteau.

Buena parte del tesoro de los templarios no ha sido hallado. Guardado en grandes castillos situados en el sur de Europa, podría haber sido enterrado en los cimientos o sacado de allí para ser ocultado en otro sitio. Y quienes sabían donde estaba se llevaron el secreto a la tumba. No olvidemos, además, que según todos los indicios también los cátaros poseían un valioso tesoro.

Así, de una u otra forma, todos los indicios llevan a la región de Razès y a su antigua capital, Rennes-le-Château. No sabemos si los visigodos guardaron allí el tesoro sagrado de Jerusalén cuando lo trajeron desde Ravena, ni si Bertrand de Blanchefort lo encontró en lo más profundo de las ruinas del templo de Salomón y lo llevó a Francia. Sea cual sea la verdad, es poco probable que la averigüemos ahora, más de mil años después.

¿Encontró Béranger Sauniére un tesoro escondido y se lo apropió? ¿Descubrió algún otro secreto que hizo necesario que alguien comprara su silencio? ¿O fue, quizá, instrumento inconsciente de otra conspiración de mucha mayor envergadura?

¿Guardianes del misterio?

Los secretos de los templarios, ¿murieron con ellos? La tradición dice que no. Se afirma que sus ritos de iniciación fueron adoptados por una famosísima asociación secreta: los masones.

Entre los grados superiores de la masonería figura, efectivamente, el Gran Priorato de los Caballeros Templarios. Otro grado masónico, el decimoctavo del «Rito Antiguo y Aceptado», es el de la Rosacruz, que apareció por primera vez en Francia alrededor de 1750.

En Inglaterra, en 1865, un grupo de masones fundó la Societas Rosicruciana in Anglia, y de ella derivó en 1887 la Orden Hermética de la Golden Dawn (Aurora Dorada). Uno de los tres jefes de ésta era S.L. (Mac Gregor) Mathers, más tarde fundador de la Orden de la Rosa de Rubí y la Cruz de Oro. Mathers se trasladó a París en 1891, y allí estableció el templo de «Ahathor» de la Golden Dawn, uno de cuyos miembros fue Jules Bois.

Paralelamente, algunos movimientos llamados «rosacrucianos» fueron fundados en Francia; los más destacados eran la Ordre Kabbalistique de la Rose-Croix du Temple et du Graal, formada por Joséphin (Sar) Péladan y el conde de La Rochefoucauld.

Según un trabajo titulado Levitikon, publicado en Francia a principios del siglo XIX, los caballeros templarios sobrevivieron a la disolución ordenada por Felipe V. En varios países europeos, pueden hallarse actualmente personas que dicen haber sido iniciados en línea directa a la Orden.

Y junto a ello hay que contar también con la oscura y silenciada, orden del «Prieuré de Sion» (Priorato de Sión)...

martes, 5 de mayo de 2009

Rennes-le-Château: El misterio de la tumba

En oscuro monumento situado en las cercanías de Rennes-le-Château sirvió de modelo para un cuadro pintado en Italia y expuesto actualmente en el Louvre. Éste y otros enigmas vinculan al abate Saunière con historias de tesoros ocultos y órdenes militares.

Cuando Béranger Saunière pasó varias noches en el cementerio de Rennes-le-Cháteau borrando las inscripciones de las dos lápidas de la tumba de Marie de Negri d'Albes, no sabía que ya habían sido copiadas: una vez por el Bulletin de la Société des études scientifiques de l'Aude, y otra en un libro de Eugène Stublein, Pierres gravées du Languedoc.

La primera lápida se ha perdido. En la transcripción, llaman la atención los errores que contiene. Al parecer, fue encargada por el que era entonces abate de Rennes-le-Cháteau, Antoine Bigou.

La segunda piedra subsiste, sin ninguna inscripción, como tapa de un osario, en el rincón noroeste del cementerio. Tenía grabadas una serie de frases enigmáticas, entre ellas un lema monogramático que también aparece en uno de los manuscritos que descubrió Saunière. Una de las frases es el conocido dicho latino Et in Arcadia Ego, cuya traducción es «Yo también estoy en Arcadia». Significa que aun en el legendario paraíso de los pastores griegos, la muerte estaba presente.

Saunière trajo consigo de París una reproducción del cuadro «Los pastores de Arcadia» de Nicolás Poussin, pintado entre 1635 y 1650. Representa a tres pastores y una pastora clásicos ante una gran tumba, en la que se lee una inscripción: «Et in Arcadia Ego». Y a 10 kilómetros de Rennes-le-Cháteau, en una colina rocosa, está esa misma tumba. Ha sido recubierta con cemento, de modo que no se aprecia ninguna inscripción, pero su forma es inconfundible y hasta ciertos picos montañosos del horizonte pueden ser identificados.

Marie de Negri estaba emparentada con la familia de Hautpoul, descendiente de Bertrand de Blanchefort (primer Gran Maestre templario), y con los Fleury, que recibieron la herencia familiar. En 1644, François-Pierre de Hautpoul, barón de Rennes, hizo testamento y le agregó documentos que apoyaban el derecho al título de la familia durante más de 600 años. El testamento y los documentos se extraviaron durante más de 130 años. Cuando fueron recuperados en el despacho de un notario y un Hautpoul quiso verlos, recibió la siguiente respuesta: «No sería prudente por mi parte hacer público un testamento tan importante...» Los papeles volvieron a desvanecerse.

En 1792, Bigou rehusó jurar fidelidad a la nueva República Francesa y cruzó la frontera en dirección a España, donde murió. La familia Fleury también se exilió.

Pero en la decoración de la iglesia, Saunière hizo una alusión directa a las tierras de los Fleury. Sobre el confesionario hay un gran relieve que representa a Cristo en el monte de los Olivos, hecho de madera y yeso. El empinado montecillo está lleno de flores (fleuri, en francés) y el paisaje del fondo tiene rasgos del de los alrededores de Rennes.

Se ha especulado con el significado del texto que hay debajo de este cuadro: «Venid a mí, los que estáis abrumados, y yo os daré el descanso». En francés, «los que estáis abrumados» se dice «vous qui êtes accablés», y es fácil descubrir las palabras été (verano), sac à cable (saco con cuerda) y blé (trigo, pero también tesoro, en lenguaje coloquial).

Se han descubierto acertijos del mismo tipo en la inscripción de una imagen de la Magdalena que el mismo Saunière pintó en el panel delantero del altar. El ingenuo relieve muestra a María Magdalena arrodillada en una gruta. Existen muchas grutas y cuevas alrededor de Rennes. En su juventud, Saunière debió de conocer a un viejo ermitaño que vivía no muy lejos, en la garganta de Galamus, en una gruta o aven aislada y dedicada a San Antonio, parecidísima a aquella en que se arrodilla la Magdalena, y que también coincide con la descripción del abismo en el cual el pastor Paris descubrió sus monedas.

Por otra parte, existe un vínculo significativo entre San Antonio y María Magdalena. San Antonio está considerado como la primera persona que organizó la vida monástica. Algunas de sus reliquias fueron trasladadas a Francia, y en el siglo XI se construyó una gran catedral para custodiarlas. Quienes habían recuperado las reliquias fundaron la Orden de San Antonio, que finalmente se fusionó con una de las grandes órdenes militares, los Hospitalarios de San Juan.

Se dice que los antoninos introdujeron el culto de Santa María Egipcíaca. Ésta, que vivió a fines del siglo IV, había sido prostituta en Alejandría. Pero inspirándose en la historia de San Antonio se arrepintió, y pasó el resto de su vida sola en un lugar desierto. Se la confundió con María Magdalena en la oscura leyenda de las tres Marías, evangelizadoras de la Provenza, con lo cual enlaza también con los cultos de las vírgenes negras que había sobrevivido en toda Francia en grutas subterráneas, dedicadas a la antigua diosa madre.

Por otra parte, después de la ascensión de la masonería en Francia, no pasó mucho tiempo antes de que se afirmara que existía una conexión legendaria entre los antiguos secretos de los constructores del templo de Salomón, los caballeros templarios y la masonería escocesa.

Cuando Béranger Saunière llegó a París en enero de 1893, se encontró en medio de una disputa entre la Ordre Kabbalistique en la Rose-Croix y la Ordre de la Rose-Croix Catholique du Temple et du Graal. El Rosacrucianismo y la Rose-Croix no eran nuevos en Francia. Ya en 1623 se dijo que el filósofo Descartes era rosacruz. Y en la Francmasonería, el grado 18 del rito «escocés» es el Caballero del Pelícano y del Águila y Príncipe Soberano Rosacruz de Heredom.

Pero la Francmasonería fue prohibida en tiempos de la Revolución Francesa. Aunque Napoleón revivió el interés por el movimiento, hubo que esperar a la restauración de la monarquía para que volviera a florecer, combinado con un creciente interés por el ocultismo.

El hilo está enredado, y hay pocas o ninguna prueba de que las extravagantes afirmaciones que se han hecho sean ciertas. Pero si los templarios o los antoninos hubiesen poseído información secreta, ésta podría haber pasado a los hospitalarios, que se hicieron cargo de gran parte de las propiedades de los templarios, o podría haber pasado de generación en generación a través de las familias supervivientes. Quizá sea cierto que los Rosacruces poseían un secreto, como pretendían ellos; quizá la Francmasonería tiene realmente la clave del enigma Rosacruz; quizá algún ocultista de París reconoció en los papeles que traía Saunière la clave de algo perdido y muy preciado.

Junto a la entrada de la iglesia de Rennes puede verse una figura de Asmodeo, «demonio y guardián» que custodiaba el tesoro de Salomón. Encima de él hay cuatro ángeles. A primera vista, éstos parecen hacer la señal de la cruz, pero el ángel de arriba tiene la mano izquierda en el pecho y la mano derecha encima de la cabeza: éste es el gesto de Asmodeo, el signo que rodeaba la cabeza de macho cabrío de Baphomet en los ritos de los templarios.

Y así están las cosas, por el momento. Todavía no sabemos -y probablemente no sabremos nunca- qué fue lo que encontró Saunière. El misterio empieza con el descubrimiento de los manuscritos y su conexión con la tumba de Marie de Negri d'Albes. Sólo dos de los cuatro manuscritos han sido fotografiados y publicados; quizá fueran los menos importantes, y los otros proporcionen detalles más explícitos acerca de la ubicación del tesoro, cuya leyenda había ido pasando, de generación en generación, por la familia Blanchefort.

Pero la pieza que faltaba tenía que ser, o un documento, o el mismo tesoro y, presumiblemente, la tumba que pintó Poussin contenía alguna clave, razón por la cual fue cubierta de cemento. También la gruta puede haber contenido un tesoro escondido -de los visigodos, de los cátaros, de los templarios- cuya recuperación puede haber sido confiada a Saunière con la debida supervisión. Quizá éste, como muestra de agradecimiento, restauró su iglesia con motivos que hacían una enigmática referencia al origen de su riqueza.

El papel desempeñado por el Prieuré de Sion, la conexión con los Habsburgo y todas las ramificaciones de esta organización casi desconocida... son otra historia.

El secreto de la tumba

El cuadro de Poussin «Los pastores de Arcadia» del que existen dos versiones, plantea algunos problemas fascinantes. La primera versión, que pertenece en la actualidad a la colección de Chatsworth House, en Derbyshire (Inglaterra), se inspiró en un cuadro del Guercino, ejecutado en 1620, y parece probable que el Guercino o sus mecenas, Giulio Rospigliosi, que después fue el papa Clemente IX, compusieran la famosa frase «Et in Arcadia Ego».

En el cuadro del Guercino, dos pastores han encontrado un cráneo humano apoyado en un bloque de piedra en el que está grabada la inscripción; en la primera versión de Poussin, dos pastores y una pastora leen la inscripción en una tumba ornamentada al estilo clásico. El cráneo, que forma parte de la decoración de la tumba, es apenas visible, y la cuarta figura es una personificación del río Alfeo.

La segunda versión del cuadro, la que se halla ahora en el Louvre, es visiblemente distinta. El cráneo ha desaparecido, Alfeo ha sido sustituido por un tercer pastor, y las posiciones de las figuras han cambiado. En cuanto a la tumba, ha perdido toda su elegancia y su decoración; ahora constituye un bloque casi cúbico de piedras toscamente talladas, y la parte superior tiene la característica inclinación de la tumba solitaria de las afueras de Arques. Parece imposible que Poussin eligiera como modelo semejante monumento a menos que el original le resultara familiar. Y, ¿qué razones pudo tener para realizar una segunda versión de un tema no muy corriente? En efecto, este tema parece haber tenido un significado especial en la vida de Poussin: cuando su tumba, en Roma, fue restaurada por Chateaubriand en 1829, le agregó un relieve con los pastores de Arcadia.

lunes, 4 de mayo de 2009

El Priorato de Sión: ¿Tuvo Jesucristo descendencia?

La pasión y muerte de Cristo constituyen el punto central de la fe cristiana desde los primeros tiempos de la Iglesia. Pero, ¿y si en vez de morir en la cruz se hubiera casado y tenido hijos? ¿Y si sus descendientes vivieran en la actualidad?

El descubrimiento de documentos secretos, de un tesoro o -como han sugerido algunos- de reliquias momificada, de Cristo en la aldea de Rennes-le-Château, en el sudoeste de Francia, transformaron repentinamente en millonario a un pobre cura rural. Pero eso también puso en marcha una serie de acontecimientos que condujeron al descubrimiento de determinado secreto; si éste resulta ser cierto, será la revelación más importante de la historia de la Cristiandad.

Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln relatan la historia de las pistas que les llevaron a formular sus asombrosas conclusiones en su best-seller "The holy blood and the Holy Grail" (La santa sangre y el Santo Grial), publicado en 1982. El libro ha provocado reacciones tanto de entusiasmo como de rechazo entre los lectores. Los críticos convencionales -como era de prever- han descartado las afirmaciones de los autores considerándolas una fantasía absurda, basada en pruebas insustanciales. Pero esos comentarios son tan injustos como falsos. Nadie puede descartar por las buenas las numerosas pruebas reunidas, que por lo demás son presentadas con suma cautela. Más bien podría afirmarse que estos autores han subestimado la amplitud y las verdaderas implicaciones del material que han reunido, y que han pasado por alto muchas cosas. Tras los secretos revelados subyace un misterio aún mayor.

Los autores del libro presentan pruebas de la existencia de un antiguo misterio de alcance internacional y de una sociedad secreta con numerosos estratos y cuya influencia ha llegado hasta hoy. El punto de partida de su investigación fue un enorme y enigmático tesoro escondido; su conclusión final es la asombrosa afirmación de que Jesús se casó con María Magdalena y tuvo hijos. Los descendientes de esos hijos -creen ellos- emparentaron con otros reyes y gobernantes de la antigüedad, sobre todo con los merovingios, la primera dinastía de reyes francos en las Galias, y existen todavía descendientes directos que aguardan un llamado -o una oportunidad- para asumir un papel decisivo en la política europea y, posiblemente, en la mundial. Eso, por lo menos, es lo que los autores deducen de los hechos que han descubierto.

La vinculación entre la santa sangre y el Santo Grial que aparece en el título del libro parte de un ingenioso juego de palabras. El Santo Grial es un concepto complejo y misterioso. Para algunos autores es una piedra; para otros un depósito de reliquias santas. Pero, con más frecuencia, se trata de la copa que utilizó Cristo en la Última Cena, copa en la que fue recogida su sangre cuando estaba en la cruz.

En muchos de los primeros manuscritos sobre el Grial se lo llama Sangraal y aún en la versión posterior de Malory aparece como Sangreal. Baigent, Leigh y Lincoln afirman que alguna de estas formas -Sangraal o Sangreal- estaban más cerca de la original. Y dividiéndolas en dos palabras, como parece lógico hacer, llegan a la conclusión de que la palabra tal vez originariamente no fuera «San Graal» o «San Grial», sino «Sang Raal» o «Sang Réal». «O -como afirman triunfalmente- empleando la ortografía moderna, Sang Royal, es decir, sangre real.» O sea que la leyenda sobre el traslado del Santo Grial de Judea a Europa no se refiere a la leyenda del traslado de un objeto, sino a la verdadera historia de la llegada de los descendientes de Jesús y María Magdalena, portadores de la sangre real o «sang réal».

Se trata, por lo menos, de una hipótesis impresionante. Pero la hipótesis de la existencia de estos descendientes vivientes de Cristo constituye un eslabón débil en la cadena de argumentación de los autores, una interpretación muy poco convincente de los hechos. Parece improbable, por ejemplo, que en las docenas de generaciones que se han sucedido desde los tiempos de Cristo ningún descendiente haya sucumbido a la tentación de anunciar «Soy un descendiente directo de Cristo.»

No encontramos rastros de semejante revelación en los últimos 2.000 años, ni tampoco ninguna prueba sólida de una progenie real. En cambio, contamos con un montón de pruebas e historias que se refieren tangencialmente a un misterio central y a detalles concretos, como el Santo Grial, calaveras que hablan y cabezas cortadas, a la sangre como sustancia y como símbolo, a maravillas alquímicas y a algún tipo de sociedad de ancianos o iniciados. Pero aunque los autores tengan razón en cuanto a la supervivencia de los descendientes de Cristo, el misterio central es más amplio y antiguo. La historia de Cristo y los hechos que la rodean constituyen sólo una pieza (aunque una pieza importante, sin duda) de un mosaico cuya envergadura es mucho mayor de lo que parece.

Monjes guerreros

Baigent, Leigh y Lincoln afirman que los caballeros templarios figuraron entre los más importantes depositarios del secreto. Esta sociedad de monjes guerreros se formó alrededor de 1120, para proteger a los peregrinos que iban a Tierra Santa. Con asombrosa rapidez se transformaron en una poderosa fuerza militar y, además, en los banqueros de Europa. Pero su influencia se eclipsó bruscamente en la noche del viernes 13 de octubre de 1307, cuando en cumplimiento de una orden de Felipe IV de Francia todos los templarios de aquel país fueron arrestados. Hubo juicios y castigos, y la orden fue suprimida, por orden del papa, en 1312.

Los autores han descubierto documentos que indicarían que los templarios constituían el ala militar de una alianza mística más antigua, llamada Priorato de Sión. Dicha alianza, según ellos, fue creada y continúa existiendo con el propósito de proteger y promover los intereses de los descendientes directos de Cristo. La lista de dirigentes del Priorato de Sión a través de los tiempos resulta impresionante; incluye a Leonardo da Vinci, Botticelli, Isaac Newton, Victor Hugo y Claude Debussy, y también a unos cuantos aristócratas franceses aparentemente poco importantes.

Durante los juicios a que fueron sometidos los templarios franceses en 1308, un miembro de la orden declaró que en su iniciación le fue mostrado un crucifijo y se le dijo: «No deposites mucha fe en esto, porque es demasiado joven.» A otro se le dijo: «Cristo es un falso profeta»; y a un tercero: «No creas que Jesús, el hombre a quien crucificaron los judíos en Outremer (Palestina) es Dios, ni que puede salvarte.» Además de otras acusaciones concretas, los templarios fueron acusados de negar, pisotear y escupir la cruz. Tomando en cuenta esto quizá sea significativo que en sus decoraciones de la iglesia de Notre-Dame de France, en Londres, realizadas en 1960, Jean Cocteau, quien supuestamente sucedió a Debussy como jefe del Priorato de Sión, se representara a sí mismo de pie, de espaldas a la cruz. Y lo que es más: al pie de la cruz pintó una gigantesca rosa, símbolo místico cuya antigüedad se pierde en la noche de los tiempos.

Baigent, Leigh y Lincoln admiten que no existe una explicación satisfactoria del rechazo de la cruz y la crucifixión por parte de los templarios. Pero no reconocen la grave debilidad que significa este rechazo en sus razonamientos. Si los templarios y sus asociados rechazaban a la cruz y la crucifixión (por cualquier razón), ¿por qué iban a dedicarse a preservar el secreto de la descendencia física de Jesucristo y a restablecerlos en el poder? Una explicación posible que los autores plantean luego es que quien murió en la cruz fue un falso Jesucristo, y que el verdadero escapó. Pero ése no parece ser el tenor de las afirmaciones de los templarios: «Cristo es un falso profeta» y no «ése era un Cristo falso». Y ¿cómo interpretar la observación acerca de que el crucifijo es «demasiado joven» para ser objeto de veneración? De hecho, existen muchas pruebas que demuestran que las preocupaciones de los templarios eran otras, inmemoriales y mucho más misteriosas.

Los templarios también fueron acusados, tanto por la Iglesia como por persistentes rumores populares, de creer que las cabezas barbadas y las calaveras que adoraban en secreto podían «hacer florecer los árboles y germinar la tierra». Esta acusación pude parecer inocua a primera vista, pero, de hecho, vincula firmemente las prácticas y tradiciones templarias con las antiguas religiones precristianas de la fertilidad, con cosas que no eran «demasiado jóvenes» para tener verdaderos poderes ocultistas. Existen muchas otras cosas que los autores no consideran, por ejemplo el hecho de que los templarios gritaban «Selah» y otras palabras «sin sentido» cuando se postraban ante las cabezas. «Selah» aparece ocasionalmente al final de algunos versos de los Salmos, y los eruditos han sugerido que podía tratarse de una indicación musical para los directores de coros. Pero hay otra explicación posible: ¿no sería una corrupción de «Shiloh»?. Shiloh es un antiguo emplazamiento en las montañas cercanas a Jerusalén (los templarios nacieron en Jerusalén), al que los antiguos judíos consideraban lugar sagrado y cuyo nombre aparece en el Antiguo Testamento para indicar al «Mesías». Sin embargo, como la misma Jerusalén y el Sabbath judío, Shiloh era considerado mujer por los judíos, lo cual resulta muy significativo.

Traición y caída

Los caballeros templarios fueron entregados a traición a la Inquisición, y arrestados simultáneamente el viernes 13 de octubre de 1307. Dada la preocupación medieval por la numerología, quizá eso sea significativo. Y aunque quienes atacaron a los templarios no tomaran en cuenta esos detalles supersticiosos, quizá alguien lo hizo. Porque según argumentan los autores, alguien organizó la caída de los templarios, pero les avisó con anticipación, y les permitió destruir la mayor parte de sus archivos y llevar a lugar seguro su enorme tesoro y sus reliquias sagradas (incluido, quizá, el sudario de Turín y la cabeza momificada de Cristo). Quizás al Priorato de Sión le interesó en un momento dado reprimir a su brazo militar con tal de evitar males mayores: por ejemplo, para evitar que el misterio central, el tesoro o sus propósitos a largo plazo resultaran destruidos.

El número 13 desempeña un papel significativo en el misterio revelado por Baigent, Leigh y Lincoln. Partiendo del libro de éstos, consideremos una de las muchas sugerencias que arrojan luz sobre dicho número. Los registros afirman que el Gran Maestre del Priorato de Sión desde 1637 hasta 1654 fue J. Valentin Andrea. A principios de ese mismo siglo el movimiento Rosacruz -una misteriosa fraternidad que decía poseer ciertas «verdades espirituales»- había anunciado su existencia en Europa. Andrea era un rosacruciano practicante, aunque sabía que durante 200 años todas las herejías habían sido severamente castigadas por la Iglesia.

Andrea organizó en Europa una red de sociedades semisecretas, las Uniones Cristianas, destinadas a preservar algunos «conocimientos» que la Iglesia ortodoxa consideraba heréticos. Cada una de esas uniones estaba encabezada por un «príncipe» anónimo, asistido por 12 seguidores. Este número, por supuesto, evoca inmediatamente las bandas de brujas -12 hombres o mujeres dirigidos por un «familiar» o iniciado- y el grupo formado por Jesús y sus 12 discípulos.

Un hecho particularmente fascinante que citan los autores está relacionado con Juan XXIII. El hecho de que Angelo Roncalli tomara ese nombre al ser elegido en 1959 resulta sorprendente, si se considera que un antipapa del siglo XV también se llamó Juan XXIII. Después de la muerte del papa moderno, Pier Carpi formuló la hipótesis de que él había sido el «hermano Johannes» cuyas profecías se habían revelado tan acertadas. También hubo quien sugirió que era miembro de la Rosacruz y del Priorato de Sión. ¿Acaso adoptó el nombre de Juan porque era el nombre de pila de Jean Cocteau, Gran Maestre de Sión en aquella época?.

La coincidencia parece más significativa si se considera otro hecho: el papa Juan moderno decretó que los católicos tenían permiso para ser masones, lo cual representó un giro de 180 grados en la política del Vaticano. Los masones dicen ser descendientes directos de los mismos caballeros templarios, pero también de organizaciones como las Uniones Cristianas. Además, Juan XXIII proclamó que el hecho más importante de la crucifixión no fue la resurrección, sino el derramamiento de la sangre de Cristo. Esta extraña proclamación hace pensar en el Santo Grial, el receptáculo que, según se cree, recogió la sangre que Cristo derramó en la cruz, mientras que para Baigent, Leigh y Lincoln la sangre de Cristo significa la línea sanguínea, la descendencia de Cristo.

Pero de hecho, como veremos, las implicaciones de la sangre son más antiguas y más amplias de lo que suponen los autores. La mayor parte de los cristianos se sorprenderán al saber, por ejemplo, que la palabra sabbath, sábado (del acadio shabattu o shapattu), significa originalmente «festival de la diosa de la Luna que menstrua».

Son estos temas, aparentemente desvinculados entre sí, los que empezaremos a analizar, descubriendo una red de sociedades secretas y públicas conectadas entre sí.

Las bodas de Caná: ¿Matrimonio de Cristo?

¿Se casó Jesucristo? Según Michael Baigent, Richard Leigh, y Henry Lincoln, autores de "The holy blood and the Holy Grail", los propios Evangelios lo sugieren.

Citan, en particular, el primer milagro importante de Jesús, la transformación de agua en vino en las bodas de Caná (Juan 2:1-13). Según la conocida historia, Jesús y su madre María fueron invitados -o «llamados»- a una boda campesina. Por razones que el Evangelio no explica, María pidió a Jesús que repusiera el vino, cosa que normalmente hubiese correspondido al dueño de casa o a la familia del novio. ¿Por qué iba a hacerlo, a menos que, en realidad, se tratara de su propia boda? Hay pruebas más directas que aparecen inmediatamente después de la realización del milagro, cuando «el maestresala de la boda llamó al novio y le dijo "Todos sirven primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos el inferior, pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora".» La implicación es clara: la boda es la del mismo Cristo.

Si la suposición es correcta, hay que preguntarse: entonces, ¿quién fue la esposa de Cristo? Nuevamente, los autores tienen una respuesta. Las dos candidatas más obvias, después de leer los Evangelios son María Magdalena y María de Betania. Los autores suponen que esos dos personajes son en realidad una sola mujer, y que fue la esposa de Cristo. En los Evangelios apócrifos, que fueron suprimidos a principios de la historia de la Iglesia, se encuentran algunas confirmaciones de esta teoría. En el Evangelio de María, por ejemplo, Pedro habla a María Magdalena con estas palabras: «Hermana, sabemos que el Salvador te amaba más que al resto de las mujeres. Dinos las palabras del Salvador que recuerdes, que tú conoces pero nosotros no.» Después, Pedro se queja a los demás discípulos «¿Verdaderamente hablaba en privado con una mujer y no abiertamente con nosotros? ¿Debemos dar media vuelta y escucharla a ella? ¿La prefería a nosotros?» Más tarde, uno de los otros discípulos lo consuela: «Seguramente el Salvador la conocía muy bien. Y por eso la amaba más que a nosotros.»

El Evangelio de Felipe es aún más enfático: «Y la compañera del Salvador es María Magdalena. Pero Cristo la amaba más que a todos los discípulos y solía besarla con frecuencia en la boca. Los demás discípulos se ofendieron por esto y expresaron su desaprobación. Le dijeron "¿Por qué la amas más que a todos nosotros?" El Salvador respondió diciéndoles "¿Por qué no os amo como a ella?"»

Los autores señalan que, hacia el final de ese Evangelio, hay otro pasaje relevante que, para quienes estén dispuestos a aceptarlo como prueba, resuelve la cuestión: «Está el Hijo del hombre y está el hijo del Hijo del hombre. El Señor es el Hijo del hombre y el hijo del Hijo del hombre es el que es creado por medio del Hijo del hombre.»

viernes, 1 de mayo de 2009

Zombies: Más muertos que vivos

Los muertos pueden recobrar un cierto tipo de vida como «zombies», esclavos sin mente sometidos a magos diabólicos. Esto es lo que creen los habitantes de Haití, isla impregnada de tradición vudú.

«Cerca de ella, los negros dedos de un silencioso huésped agarraban rígidamente el pie de una copa de vino que, ladeándose, estaba derramando su contenido. El horror que la embargaba se desbordó. Cogió una vela, la acercó a la cabeza, que estaba inclinada y caída, y pudo comprobar que el hombre estaba muerto. Estaba sentada a la mesa del banquete en compañía de cuatro cadáveres...»

Así finaliza el relato de un banquete de boda vudú celebrado en los años veinte, tal como se lo contaron al periodista americano William Seabrook sus amigos haitianos. El propósito era convertir a los cadáveres en zombies por arte de magia. Esos zombies eran cuerpos semianimados que llevaban una vida crepuscular como esclavos del brujo que había organizado el banquete. (De hecho, según cuenta Seabrook, el brujo no pudo conseguir su objetivo, por lo que se marchó, desapareciendo con él los cadáveres.)

Sólo hay un país en el mundo occidental donde pueda tener lugar una celebración tan horrible: Haití, cuna del vudú.

¿Acaso los brujos vudúes poseen de verdad el poder de reanimar los cuerpos que acaban de morir? ¿O bien la noción de zombie no responde más que a una autosugestión de los practicantes del vudú?

La palabra zumbi aparece en muchos idiomas africanos. En el Congo significa «fetiche»; en Dahomey se refiere específicamente al dios Python. Al parecer, en el vudú moderno se recurre a una serpiente-diosa para que de vida al zombie según los deseos del brujo, convertido en dueño del cadáver. Los ritos que se practican combinan aspectos de la magia y de la religión africanas, junto con elementos derivados tanto del ocultismo occidental como del catolicismo popular.

El vudú desempeñó un papel importante en la expulsión de los franceses por parte de los haitianos. En agosto de 1791 Francia seguía zarandeada por la oleada revolucionaria que había comenzado dos años antes. Al principio no pareció que las cosas cambiaran mucho en Santo Domingo, el tercio occidental de la isla caribeña de La Española, la joya más brillante de la corona colonial francesa. Allí, 40.000 franceses controlaban a medio millón de esclavos negros y a 30.000 mulatos y cosechaban algodón, azúcar, café e índigo. El primer efecto de los disturbios en Francia fue mejorar la suerte de los mulatos. Entonces, los haitianos de piel oscura comenzaron a inquietarse, con la ayuda de un misterioso cura-brujo llamado Boukman que había llegado a Santo Domingo procedente de la colonia británica de Jamaica.

El 14 de agosto de 1791 Boukman reunió a los que querían seguirle en un remoto lugar de la selva. Según los relatos de la época, miles de esclavos recorrieron las sendas secretas de la selva hasta el lugar del encuentro, bajo una tremenda tormenta tropical que debió de añadir aún más horror a los actos que siguieron.

Boukman celebró un ritual de sangre, sacrificando un cerdo y pidiendo a todos los que quisieran ser libres que bebiesen la sangre caliente. La ceremonia acabó con una danza salvaje de «borrachera divina», finalizada la cual los participantes desaparecieron de nuevo en la selva. El ritual, en su conjunto, presentaba un estrecho parecido con las actividades de los Mau-mau durante la guerra de la independencia de Kenya en los años cincuenta de este siglo, y el resultado también fue similar. Durante los días siguientes la mayoría de las grandes plantaciones fueron arrasadas, y sus propietarios asesinados. A pesar de que los colonos franceses más valientes permanecieron allí 12 años más, el resultado final de la reunión nocturna fue la derrota completa de los franceses y el establecimiento, bajo el liderazgo del presidente Toussaint L'Ouverture, de la república negra independiente de Haití, patria del vudú. Según las creencias del campesinado de Haití y de parte de la élite educada, también era la patria de los zombies.

El zombie es esclavo de un brujo diabólico, conocido por el nombre de bokor, que es quien extrae de su tumba el cadáver recién enterrado y quien le confiere una sombra de vida mediante ciertos conjuros. Sin embargo, se trata de una existencia incompleta: el zombie come, respira, excreta, oye e incluso habla, pero no recuerda nada de su vida anterior y no comprende nada de su propia condición actual. En otras palabras, un zombie es un robot de carne y hueso, una máquina biológica.

El campesino de Haití, siempre alerta frente a cualquier aspecto diabólico o peligroso del vudú, es capaz de descubrir a un zombie por varios signos. El zombie suele caminar dando bandazos, realiza las acciones físicas de manera mecánica, tiene una mirada helada y desenfocada, y habla con voz nasal. Esta última característica, en particular, se asocia con la muerte en el folklore de Haití, probablemente debido a la costumbre de taponar las fosas nasales de los cadáveres con algodón. Los guédé (siniestros y lascivos dioses de la muerte del panteón vudú) se caracterizan por hablar de este modo. Cuando un devoto del culto vudú está poseído por un guédé, siempre habla con entonación nasal. Otra relación más entre los zombies y los dioses de la muerte nos la da el hecho de que uno de los más famosos dioses, el Capitán Guédé, a veces también es conocido bajo el hombre de Capitán Zombie.

Casi todos los haitianos temen la posibilidad de que sus parientes fallecidos puedan ser transformados en cadáveres ambulantes. En el Haití actual pueden apreciarse con facilidad varias de las medidas preventivas adoptadas para evitarlo. Así, por ejemplo, hasta los campesinos más humildes se endeudan para recubrir con pesadas losas las tumbas de sus parientes más cercanos. En las zonas rurales se excavan las tumbas lo más cerca posible de una carretera o camino, para que los brujos, por miedo a las miradas curiosas, no puedan llevar a cabo su nefasta tarea.

En otros casos, la familia del muerto velará la tumba durante noches seguidas hasta convencerse de que el cuerpo está suficientemente descompuesto y ya no le es útil a un bokor. Ocasionalmente, los muertos son enterrados directamente en los patios de las casas de los campesinos.

Los que temen de manera especial a la brujería toman precauciones mucho más extremadas para impedir que sus muertos ingresen en el semimundo brumoso de los zombies. Inyectan veneno en el cuerpo, lo mutilan con un cuchillo, o incluso le disparan para «rematarle». Una precaución menos drástica consiste en colocar en la tumba agujas y carretes de hilo, así como miles de pequeñas semillas de sésamo. La creencia es que el espíritu del muerto estará tan ocupado en la tarea de enhebrar las agujas y contar las semillas, que no oirá la voz que le ordene salir de la tumba. Otra medida consiste en poner un cuchillo en las manos del muerto, para que pueda defenderse.

A veces los brujos controlan enormes grupos de zombies, y en alguna ocasión han llegado al extremo de alquilarlos como trabajadores. Uno de estos casos fue registrado por William Seabrook.

En 1918 la cosecha de azúcar fue extraordinaria. La Hasco (Haitian-American Sugar Corporation, Compañía haitiano-norteamericana del azúcar) ofreció nuevos puestos de trabajo en sus extensas plantaciones. Muy pronto acudieron a las oficinas de empleo de la compañía pequeños grupos de habitantes del poblado, a veces familias enteras. Era costumbre que los habitantes de un mismo poblado trabajasen colectivamente; la persona más representativa recibía la paga de todos, que luego repartía al regresar a casa.

Una mañana, un viejo jefe de poblado llamado Ti Joseph y su esposa Croyance llevaron a las oficinas de la Hasco a un grupo constituido por nueve hombres harapientos y andrajosos. Joseph explicó que se trataba de unos granjeros atrasados e ignorantes procedentes de una remota zona montañosa próxima a la frontera de Haití con la República Dominicana. Sólo hablaban un extraño dialecto rural, y no comprendían ni el criollo ni el francés. A pesar de esta desventaja, añadió, eran excelentes trabajadores, fuertes y sanos.

El responsable laboral de la Hasco contrató al grupo, y aceptó la sugerencia de Joseph de que trabajasen lejos de los demás grupos: el viejo explicó que eran tan primitivos, que en presencia de otras personas se volverían tímidos y se asustarían. Sin embargo, el verdadero motivo para insistir en que el grupo trabajase aislado era el temor de que alguno de ellos fuese reconocido por un familiar o un antiguo amigo: todos los trabajadores de Ti Joseph eran zombies.

Los extraños hombres de Ti Joseph trabajaban diligentemente durante las horas del día, y sólo paraban al atardecer para comer su potaje de mijo sin sal. La tradición vudú sostiene que si un zombie prueba la carne o la sal se vuelve consciente de su verdadera condición y regresa a su verdadero lugar, la tumba, derramando amargas lágrimas.

Un domingo por la mañana Ti Joseph dejó a su mujer Croyance al cuidado de los zombies durante todo el día. Croyance, sorprendentemente, pensó que tal vez les gustaría asistir a una procesión religiosa. Sin embargo, los zombies no se conmovieron ni por el espectáculo ni por nada de lo que ocurría a su alrededor. Mudos y ausentes, continuaron con la mirada fija en el espacio.

Croyance, apiadándose de ellos, decidió que quizá les gustaría alguna golosina, por lo que compró algunos pastelitos hechos con azúcar moreno, cacahuetes y coriandros, poniendo uno en la boca de cada zombie. Sin embargo, los cacahuetes habían sido sazonados con sal. Al comer la golosina, los zombies se dieron cuenta de que estaban muertos. Con un grito tremendo se levantaron y huyeron del poblado, dirigiéndose hacia la selva en dirección a sus lugares de origen en las montañas.

Cuando por fin llegaron a su destino, fueron reconocidos por los parientes y amigos que les habían enterrado meses atrás. Al llegar al cementerio cada uno de ellos se dirigió a su propia tumba, apartó las piedras y la tierra que la cubrían y se echó dentro, convertido ya en una masa en descomposición. El poder de Ti Joseph, que había evitado que sus cuerpos se descompusiesen, se había desvanecido.

Los habitantes del poblado se vengaron de Ti Joseph. Pagaron a un brujo local para que le maldijera. Pero antes de que la maldición pudiera surtir efecto, algunos hombres le tendieron una emboscada y le cortaron la cabeza. A Seabrook le contó esta historia Constant Polynice, un granjero de Haití que afirmaba no creer en las supersticiones de sus paisanos. Sin embargo, añadió, los zombies sí eran una realidad. Poco después de contar esta historia, le mostró a Seabrook un grupo de tres presuntos zombies. Estaban cavando la tierra con machetes, bajo la supervisión de una mujer joven.

Seabrook miró a la cara a uno de aquellos hombres:

y lo que entonces vi, junto a lo que me habían contado (o quizás a pesar de ello), me produjo un tremendo shock. Lo peor eran los ojos. No eran imaginaciones mías. Eran verdaderamente como los ojos de un hombre muerto: no eran unos ojos ciegos, pero estaban fijos, desenfocados, sin visión. Toda la cara... parecía no sólo sin expresión alguna, sino incluso incapaz de adoptar expresión alguna.

A Seabrook le tranquilizó la idea de que aquellos hombres «no eran más que pobres seres humanos dementes, idiotas, obligados a trabajar en los campos». Sin embargo, su amigo haitiano insistía en que se trataba de zombies. En los años cincuenta, el antropólogo francés Alfred Métraux recogió abundantes pruebas tanto a favor como en contra de la existencia de los zombies. Sin embargo, cuando le mostraron uno decidió que se trataba de un «pobre lunático». Efectivamente, al día siguiente la persona que había visto fue identificada como una enferma mental que se había escapado de la habitación en la que se la mantenía encerrada.

Otra escritora, quizá menos crédula que Seabrook en materia del vudú de Haiti, fue Zora Hurston, también americana. Se encontró con una muchacha (a la que fotografió) que al parecer había sido un zombie durante 29 años. En 1907 Felicia Felix-Mentor murió de una repentina enfermedad, y fue enterrada por su esposo y por su hermano. En 1936, una muchacha vestida únicamente con una ligera y raída camisa de algodón, fue hallada vagabundeando por una carretera próxima a la finca del hermano. Al parecer había perdido la facultad del habla. Tanto el padre de Felicia como su hermano reconocieron a la muchacha, muerta años atrás. Una vez en el hospital, cada vez que alguien se aproximaba, la muchacha se encogía temblorosa, como si esperase malos tratos. Fue allí donde Zora Hurston la fotografió y trató de hablarle. Después escribió:

La visión fue tremenda. La cara carecía de expresión, y los ojos estaban muertos. Las pestañas eran de color blanco, como si hubiesen sido quemadas con ácido. No se le podía decir nada, ni obtener nada de ella; sólo podía ser contemplada. Y la contemplación de aquel despojo humano era imposible de soportar durante mucho tiempo.

¿Era posible que el padre y el hermano de Felicia hubiesen podido identificarla con tanta seguridad después de tantos años? ¿Acaso la muchacha no era más que una simple loca errante? La firme creencia de los haitianos en el sentido de que parientes y amigos han sido vistos después de su muerte en forma de zombies, arroja una sombra de duda sobre esta reconfortante teoría.