martes, 7 de septiembre de 2010

La Campana Susana (Leyenda catalana)

En el año 1810, Gerona, a pesar de su heroica resistencia había caído en manos de los franceses. La mayor parte de la guarnición que quedó vigilando a la población civil, se sentía muy insegura. Los gerundenses no permitían que les fuera fácil la vida y hacían todo lo posible por zafarse del invasor, acosándoles de mil maneras.

Una noche, los ánimos estaban particularmente encendidos en el cuartel de los franceses a causa de una escaramuza de los catalanes que les había causado grandes pérdidas. Unos cuantos de entre ellos, urdieron un plan para dar un escarmiento a la población, saliendo esa misma noche con todo sigilo y penetrando en las casas, matar a cuantas personas pudieran sin reparar en su condición. Seguramente, esa acción enseñaría a los gerundenses quién estaba al mando en su ciudad y les quitaría las ganas de seguir combatiendo.

Y tal como lo habían pensado, cogieron sus armas y salieron a la calle con la furia en el alma.

Las calles de la ciudad estaban sumidas en el silencio y la oscuridad. Nadie les había visto. Nadie más que ellos sabía lo que se proponían hacer. Nadie podría salvar a las personas que se habían propuesto matar.

Estaban ya preparados en las puertas de las primeras casas en que pensaban entrar cuando, de pronto, una de las campanas de la catedral empezó a tocar a rebato. Su sonido era más fuerte que nunca y parecía rebotar en todas las paredes de las casas y ampliarse infinitamente hasta llegar al último rincón de la ciudad.

Todas las ventanas se llenaron de luces, todo el mundo se preguntaba qué pasaba. Los gerundenses salieron a las calles, miraban al campanario y, asombrados, gritaban: -¡ Es la Susana, es la Susana...!

Cuando el párroco subió al campanario, vio que la campana se balanceaba; impelida por una fuerza infinitamente más poderosa que la de cualquier ser humano.

Nadie dudó de que aquel hecho extraordinario había salvado a la ciudad de un terrible peligro, pero sólo se supo cual había sido, cuando uno de los soldados, conmovido por los sucesos de aquella noche contó lo que se había tramado contra la población en el acuartelamiento de los franceses.

lunes, 6 de septiembre de 2010

La fuente de las Xanas (Leyenda asturiana)

En el siglo VIII, el rey Mauregato de la pequeña monarquía asturiana, se había comprometido con los musulmanes a entregarles 100 doncellas cada año para desposarse con ellas. El rey, celoso de su pacto, elegía cuidadosamente a las doncellas mas bellas del reino para ser entregadas. Un nutrido grupo de guerreros recorría ciudades y aldeas para elegir a las doncellas y éstas, pese a oponer resistencia, eran llevadas por la fuerza. Sucedió un día que los guerreros se enteraron de que en Illas (Avilés), existía una joven muy bella, y raudos, hacia allí encaminaron sus pasos. Belinda, que así se llamaba la joven, sin sospechar en un principio los deseos de los visitantes, los recibió amablemente, pero cuando fue capturada, con gran habilidad consiguió que sus guardianes le permitieran ejecutar bellas danzas y canciones. La joven les ofreció bailar para ellos una danza maravillosa, pero esta tenía que ejecutarse en el campo, a la luz de la luna. Los guerreros, encantados con la gracia de Belinda, accedieron a su deseo y aquella misma noche salieron al campo. Una vez que se vio libre, la joven corrió desesperadamente hasta una fuente no muy lejana con el deseo de esconderse en aquel lugar y asi burlar a sus captores. Una vez en la fuente, oyó con gran sorpresa como de su interior salía una voz que le Xanadecía: "Si quieres ser tu mi xana vivirás días dichosos". La joven, al oír estas palabras, preguntó que debía hacer para convertirse en xana; la respuesta no se hizo esperar: "Bebe un sorbo de mi agua, y te verás libre de los soldados y acabarás con el tributo". Belinda así lo hizo y se convirtió en una joven de belleza sobrenatural. Cuando los soldados llegaron al lugar intentaron capturarla de nuevo, pero la joven xana los miró con sus maravillosos ojos verdes e inmediatamente todos los soldados se convirtieron en carneros. Los días pasaron y el Rey, impaciente, viendo que sus soldados no volvían, mando otro grupo a Illas para cumplir su orden, pero estos tampoco volvieron. El Rey, alarmado, mando reunir a todos sus soldados y, a la cabeza del ejercito, se dirigió a Illas. Cuando llego al lugar pudo ver una gran cantidad de ovejas y carneros que pastaban apaciblemente alrededor de una fuente en la que se encontraba sentada una joven hermosísima que hilaba blancos copos de lana. Viendo que se trataba de un ser sobrenatural, se dirigió a ella y le pregunto si había visto a sus soldados, a lo que la xana le respondió que el no había enviado soldados, sino corderos. El Rey, enfurecido, contesto: "Repito que eran soldados, como los que vienen detrás de mi", a lo que la xana contesto burlonamente: "También son corderos, y tu puedes ser el pastor". El Rey volvió la cabeza y pudo ver como todo su ejercito se había convertido en un rebaño de mansos corderos; asimismo, sus lujosas ropas se habían transformado en las pobres prendas de un pastor. Entonces, tembloroso, suplico a la xana que deshiciera el encantamiento y que el se comprometería a cumplir lo que ella deseara. La joven le pidió que renunciara al tributo de las cien doncellas, cosa que el Rey acepto de inmediato y mandó un mensajero al reino musulmán para que explicara que el pacto quedaba roto ante la imposibilidad de cumplirlo. Desde entonces las doncellas no volvieron a ser capturadas. La fuente de la Xana todavía se conserva próxima a Avilés.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Leyenda de Sancho de Ridaura (Segovia)

En los primeros años del siglo XIII, existía (y existe) en Pedraza, provincia de Segovia, un formidable y suntuoso castillo, de anchos muros, flanqueado de altas torres almenadas y rodeado de un foso, que hacían de él una fortaleza inexpugnable. Lo habitaba el noble Sancho de Ridaura, guerrero y señor generoso a quien idolatraban todos sus vasallos.

En una aldea de sus dominios vivía una humilde muchacha, de gran belleza, hija de unos pobres colonos, y en una casa próxima habitaba un joven labrador, trabajador y honrado, que estaba enamorado desde niño de la muchacha. Juntos habían crecido, confundiendo sus juegos y sus risas con un profundo e invariable amor.
El señor del castillo vio un día a la muchacha, y quedó ciegamente prendado de tanta hermosura, tanto fue así que valiéndose de sus derechos feudales la hizo su esposa, elevándola de su humilde condición a rango de noble castellana.

Destrozado quedó el corazón del joven al tener que renunciar a su amor, en su condición de siervo no podía disputársela a su señor, y como no encontraba consuelo humano, fue a ocultar su dolor en la dulce paz de un convento. Allí se entregó a la oración y con el amor de Dios fue cicatrizando suavemente su herida.

Pasó el tiempo, y los nobles castellanos vivían felices. Pero habiendo muerto el capellán del castillo, el cristiano señor pidió al cercano convento que le enviara al monje más virtuoso de todos ellos, para reemplazar en sus funciones al fallecido sacerdote. El abad eligió de entre todos los frailes, como el más humilde y devoto, al antiguo adorador de la bella doncella, y le envió sin saberlo junto a ella. Confusa quedó la misma al reconocer al nuevo capellán, aquel muchacho de sus juegos infantiles, por el cual sintió un profundo amor y que ahora tendría que vivir con ellos entre los muros de la fortaleza. Presintiendo el peligro que supondría el volver a renacer aquellos sentimientos, procuraba evitarle en todo momento. El por su parte, hacía lo propio y acallaba sus sentimientos con rezos y fuertes disciplinas.

Ocurrió entonces la invasión de los almohades, y Alfonso VIII organizó rápidamente la defensa de Castilla, con la ayuda de los reinos vecinos y la cooperación de los nobles castellanos, que abandonaron sus dominios y acudieron con sus tropas al auxilio de la parte de España que tras cientos de años habían logrado reconquistar.

Partió al mismo tiempo el noble castellano del castillo de Pedraza, que al frente de sus huestes se distinguió por su heroísmo en todas las batallas contra los moros, y se llenó de gloria en la de las Navas de Tolosa, donde los cristianos rompieron las cadenas de la tienda que protegía al dirigente musulmán e infringieron una gran derrota a los invasores, estas cadenas se conservaron desde entonces grabadas en el escudo de España, son las cadenas de Navarra, puesto que fue el rey de este reino el que las rompió.

Cubierto de gloria, regresó el caballero a su castillo, todos los vasallos acudieron en masa para aclamar al guerrero victorioso y rendirle homenaje.
En el umbral, rodeada de sus servidores, esperaba su esposa. El señor, después de saludar agradecido a sus siervos, atravesó el puente levadizo y radiante de gozo fue a abrazar a su esposa, que turbada se desmayó entre sus brazos.
Pensativo y confuso quedó el caballero ante la extraña actitud de su esposa, e intentó de informarse por uno de sus más antiguos criados. Supo por él que la intachable fidelidad de su esposa, durante su ausencia había sido al final empañada por su inextinguible amor por el fraile.

Al día siguiente, reinaba en el castillo un gran bullicio, el caballero recibía con fingida alegría las visitas de otros nobles que acudían para darle la bienvenida. Para celebrar el triunfo se preparó una gran cena, al banquete estaban invitados todos los nobles del reino.
Llegado el momento, se sentaron a la mesa todos los comensales presididos por el señor y su esposa. Al final el ilustre guerrero, con voz elocuente, manifestó que iba a otorgar ante todos el premio merecido a los servicios excepcionales que en su ausencia se habían prestado.
El señor dio orden a sus servidores de que le trajeran una corona. Al momento entraron dos vasallos vestidos con brillantes armaduras, llevando sobre una enorme bandeja de plata una corona de hierro, cuya parte inferior estaba erizada de púas enrojecidas al fuego. Los dos hombres se acercaron con ella al fraile, y el caballero calzándose unos guantes de acero, colocó él mismo la corona sobre la cabeza del fraile mientras decía:

-La recompensa por tus servicios.

El fraile, tras agónicos gritos de dolor cayó al suelo. Quiso luego el caballero dirigirse hacia su esposa pero ésta había desaparecido. Salieron en su busca y la encontraron en sus aposentos con el corazón traspasado por una daga.
Los convidados huyeron enloquecidos por el pánico mientras el castillo envuelto en llamas, proyectaba su siniestro resplandor en el cielo, que enrojecido sobre toda la comarca, contemplaban todos sus moradores.

Los siglos pasaron, pero aún hoy en día las gentes de aquella comarca afirman que cierta noche del año en el ruinoso castillo dos extrañas figuras resplandecientes coronadas por una orla de fuego pasean por las derruidas almenas, siempre juntas a pesar de su dolor.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Leyenda de Alvar y Fernán Núñez

Corría el año 1426. Castilla se hallaba dividida en bandos por rivalidades y odios implacables entre los miembros de la nobleza: de un lado, el príncipe heredero con sus partidarios, de otro, los infantes de Aragón, y por encima de todos, el condestable don Álvaro de Luna, que con sus ambiciosas intrigas y enemistades tenía alterado todo el reino en continuas luchas y discordias. Poco a poco don Álvaro fue ganando poder y también la voluntad del monarca, llegando a constituir una amenaza para todos los nobles, tanto fue así que decidieron reunirse entre ellos y planear acciones contra el favorito del rey.

El rey era Juan II de Castilla. Ese año se dispuso a celebrar las fiestas de Navidad con gran esplendor, adornando ricamente sus palacios y aposentos. En uno de los días de la celebración ocurrió que al bajar las escaleras de Alcázar de Segovia, uno de sus invitados, Alvar Núñez, enemigo encarnizado de don Álvaro de Luna, tropezó con uno de los bufones de Juan II , al que llamaban "Aleluya", haciéndole rodar escaleras abajo, el bufón se levantó airado y juró venganza....

La fiesta continuó en el Alcázar , donde se habían congregado la flor y nata de la nobleza castellana, el magnífico salón del trono se encontraba el rey, y a su derecha el condestable don Álvaro de Luna. La fiesta había sido dedicada a la danza y a la poesía, de la cual el monarca era muy aficionado, al final se pensó en llamar al bufón "Aleluya" para que terminara la fiesta con buen humor.

Era el bufón de pequeña estatura y de aspecto ridículo, su sola presencia causaba risa y expectación. Todos los presentes comenzaron a hacerle preguntas a las que contestaba con gran ingenio, sobre quién era el más valiente o el más generoso de los nobles. De pronto dijo :

-El más desvergonzado de todos es el condestable don Álvaro de Luna , que ha llegado a requerir los amores de la reina. El más sabio Alvar Núñez que sabe todos los detalles y se lo ha contado a todo el mundo, y el más tonto el rey que lo sabe y no lo ahorca.

El monarca se puso en pie airado por tales palabras, la reina se puso nerviosa y abandonó el salón seguida de todos los invitados que alarmados quisieron abandonar el palacio.

Al día siguiente salía el condestable camino del destierro que duraría año y medio, tiempo que tardó el rey en recapacitar y perdonarle.

Con la vuelta del condestable se dispersaron todos los nobles, algunos huyeron a Portugal por miedo a represalias, sin embargo pudo dar alcance a Alvar Núñez que fue el que había sido acusado de ser el causante de su destierro, le llevó prisionero a su fortaleza (en Escalona) encerrándole en un calabozo y apropiándose de sus bienes.

Pasaba el tiempo y Alvar Núñez no lograba la piedad del condestable, y éste tampoco quería renunciar a los bienes que le había expropiado, por lo que le mantenía prisionero indefinidamente. Sin embargo el prisionero tenía un hijo llamado Fernán Núñez, el cual decidió limpiar la mancha de tener a su padre en los calabozos por capricho del condestable. Decidió liberarle aún a costa de su vida. Vendió todos sus bienes de su señorío, los cambió por monedas de oro que cargó sobre un burro, se disfrazó de aldeano y se fue a la que llamaban Venta del Perote, muy cerca de la ciudad de Escalona. Era aquella el punto de reunión de los soldados del condestable donde se divertían y emborrachaban cada noche.

Allí Fernán Núñez hizo amistad con uno de los soldados del condestable llamado Martín, gracias a él podía tener noticias de su padre prisionero. Le ofreció a este soldado mil maravedíes de oro si en una de sus guardias se comprometía a tirarle una escala por las murallas que le permitieran trepar, llegar a las mazmorras y liberar a su padre del confinamiento.

El buen hijo, transformado en soldado del condestable y de acuerdo con el soldado Martín, se dirigió a Escalona, cuando se encontraba al pie de las murallas del castillo, esperó con ansiedad la escala que apareció a las doce de la noche. Rápidamente subió por ella sin temor del abismo que se abría a sus pies. Una vez arriba. como si fuera un soldado mas, no tuvo dificultades para llegar al calabozo donde estaba su padre. Allí habló nervioso con el guardián, ofreciéndole otros 1000 maravedíes de oro si aceptaba abrir la puerta de la celda; el soldado aceptó y abrió los cerrojos de la prisión a Fernán Núñez que con profunda emoción abrazó a su padre, sin perder tiempo salieron de las mazmorras, llegaron a la puerta y lograron huir a toda prisa de la torre.

Sin embargo Martín, decidió que quizá obtuviera otra recompensa, esta vez del condestable, si daba la alarma y atrapaban a los fugitivos, sería gracias a él. La campana de alarma comenzó a sonar por esto padre e hijo se vieron rodeados en poco tiempo por soldados y por el propio don Álvaro que presenciaba la lucha.

Fernán Núñez entregó a su padre la espada que llevaba al cinto y él mismo luchaba con una daga. Se hallaban en medio de la plaza de la fortaleza en cuyo centro se hallaba un ancho pozo. Los dos caballeros se defendía con gran valor, pero faltos ya de fuerzas iban retrocediendo poco a poco hasta que se vieron en el borde del mismo pozo. Allí Alvar Núñez recibió el golpe de una maza en el cráneo y cayó pesadamente en el profundo abismo. A los pocos momentos el hijo también caía víctima de las estocadas de los soldados, precipitándose también al pozo. El condestable, mandó sellarlo con una pesada losa de piedra, de forma que aquella fue la sepultura de ambos infelices para siempre.

En el año 1853, debido a unas reformas del abandonado castillo, comenzaron los rumores de unos ruidos que por la noche no dejaban pegar ojo a los obreros, tanto era el misterio que alarmados, la cuadrilla de trabajadores permanecieron una noche en vela esperando descubrir el origen de aquellos gritos. Vieron con espanto que procedían de un pozo situado en el centro de la derruida plaza. El mismo se encontraba tapado y sellado con una losa enorme. Entre todos y con ayuda de palancas lograron desplazar la piedra, en ese momento una terrible explosión liberó una luz cegadora, todos cayeron al suelo, ante ellos aparecieron las figuras de dos guerreros que espada en mano subieron por las murallas y desaparecieron por encima de sus cabezas. Atónitos permanecieron tirados en el suelo algunos, otros corrieron a refugiarse en algún lugar. Cuenta la leyenda que eran las figuras de Alvar y Fernán Núñez que cuatrocientos años después lograron por fin su objetivo, recuperar la libertad y limpiar su honor.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Leyenda del Pozo Amargo (Toledo)

Hay una calle en Toledo, llamada " la bajada al Pozo Amargo ", que hace algún tiempo tenía en medio de una pequeña plazoleta, un pozo hoy desaparecido, del que se contaba la siguiente leyenda.

En la época de la dominación árabe, había un judío de notable reputación en la ciudad, sobretodo entre la numerosa colonia sefardí (Judíos españoles). Este judío unía a sus grandes riquezas un profundo conocimiento de la ley y la religión de Moisés, por lo cual se le consideraba un rabino y era muy apreciado por todos los de su grupo. Era viudo, y todo el cariño y atención lo dedicaba a su única hija, una joven de gran belleza y bondad. Su educación se había llevado a cabo con todo esmero, y su padre demasiado protector había impedido que se juntara con jóvenes de su edad que tuvieran una educación o condiciones inferiores.. Así la joven vivía aislada en su soberbia mansión en donde pasaba los días bordando o entonando dulces canciones al son de instrumentos que ella misma tocaba.

Un día en que contemplaba la calle desde la ventana de su casa, guardada por una celosías, vio pasar a un joven vestido con traje de cristiano, cuya elegancia y gallardía llamó poderosamente su atención, desde ese día todas las mañanas fingía bordar junto a la ventana pero sus ojos buscaban al apuesto muchacho que a caballo pasaba.

Unos días lograba su propósito y conseguía observarle entre la multitud, otras veces desesperada pasaba horas sin poder verle una vez mas y se retiraba triste a su alcoba.

Consiguió tras muchas súplicas que su padre le permitiera dar algunos paseos por los alrededores de la ciudad, siempre acompañada de una mujer de avanzada edad en la que el padre tenía gran confianza. En uno de estos paseos pudo por fin ver al joven que enseguida reparó en la muchacha y se sintió atraído por ella. No tardó mucho en preguntar quién era y dónde vivía, desde entonces todos los días procuraba pasar más despacio frente a la ventana de la joven aunque no lograba verla tras las espesas celosías de la gran casa.

Una mañana, ella decidió comunicarse de alguna forma con el muchacho y dejó caer por entre las rendijas del balcón un pequeño papel donde con mano temblorosa escribió su deseo de hablar con él. La misma fue correspondida días después con otra en la que citaba a la joven en una callejuela junto al pozo.

Sin duda tuvo que pasar por muchas súplicas y algún engaño, pero finalmente consiguió poder salir ese día y poder estar en secreto en el lugar indicado.

La noche era oscura y apenas se oía a lo lejos algún perro solitario o lejanas pisadas que se desvanecían entre las callejuelas, llena de temores, ella se deslizó con rapidez hasta el lugar indicado. Allí estaba él, envuelto en una capa, ambos hablaron protegidos por la oscuridad y como no podía ser menos tras tantas dificultades se juraron amor y fidelidad eternos.

Las salidas se sucedieron noche tras noche sin que fuera descubierta, hasta entonces nadie se dio cuenta, su amor se fue haciendo cada vez más fuerte, pero ambos temían la oposición de sus familias. Ella era judía y él cristiano, la convivencia entre ambas facciones era muy tensa y no estaba bien visto una unión de ese tipo.

La fatalidad quiso que un día sin que se dieran cuenta alguien los observara desde lejos y los reconociera, era un amigo del padre de la joven que no esperó demasiado para comunicárselo al progenitor. La ira del judío al saber que su hija se juntaba en secreto con un cristiano fue tremenda, montó en cólera y maquinó la forma de sorprender a ambos y vengar semejante traición sobre su persona y sobre su religión, no dudaba de la inocencia de su hija y de que todo aquello era culpa de aquel cristiano que de alguna forma la había engañado.

Aquella noche el padre esperaba escondido en las sombras de las calles de Toledo, un puñal oculto bajo su capa. No tardó en llegar el joven y se sentó en la boca del pozo a esperar a su amada. Sin esperarlo se vio sujeto de repente por un brazo que intentó arrojarlo al interior del pozo, pero se resistió con energía, cuando iba a conseguir soltarse sintió un frío que penetraba en sus entrañas, sus ojos se nublaron y cayó muerto a los pies del judío. Se oyó un ruido, se dio la vuelta y allí estaba su hija con su pálido y desencajado rostro, había presenciado los últimos momentos de la muerte de su amado a manos de su padre, finalmente cayó desvanecida sobre las frías losas de la plaza.

El padre la cogió entre sus brazos y envuelta en su capa la llevó de nuevo a casa donde ni mimos ni atenciones a lo largo de los días siguientes la hicieron volver a la normalidad, simplemente había perdido la razón, había enloquecido...

Una noche en la que el padre entró en el cuarto de la muchacha, descubrió que no estaba, se descolgó por el balcón hacia la calle, tanto el padre como los sirvientes se apresuraron calle abajo en su búsqueda, la descubrieron junto al pozo donde los amantes se juntaban noche tras noche, pero no pudieron llegar hasta ella, miró la luna reflejada en el fondo del abismo y se arrojó decidida. Cuando la sacaron ya no se pudo hacer nada por su vida, estaba muerta.

El suceso conmovió a las gentes de la época de la ciudad de Toledo, desde entonces aquel pozo se denominó «Pozo Amargo». Hoy ha desaparecido pero alguna vez he oído hablar de dos figuras que por la noche se pierden rápidas entre las sombras de las estrechas y frías callejuelas hasta que finalmente dejan de ser visibles en el centro de aquella plaza, ahora ya nadie podrá separarles jamás.