miércoles, 7 de diciembre de 2011

¿Tuvo hermanos Jesucristo?: Una de las controversias más conocidas entre las enseñanzas por la Iglesia Católica

¿Tuvo hermanos Jesús? La pregunta es trivial. Sin embargo aclaremos desde el primer momento que siempre que hablamos de Jesús lo intentamos hacer desde cierta noción histórica, nunca teológica.

En castellano viejo: hablamos de Jesús, no de Cristo. Es decir, nos referimos a un hombre nacido en Galilea hace, más o menos, unos dos mil años, nunca al hijo de Dios, imagen que nos desconcierta. Por mucho que sobre ese varón llamado Jesús se levantase luego toda una serie de dogmas religiosos.

En todo caso, escribimos noción histórica sin ignorar que incluso es posible que ni siquiera el hombre (el predicador, el revolucionario, el que se creía mesías) haya existido (aunque creemos más que probable, en efecto, su existencia).

Así las cosas, ¿tuvo hermanos Jesús? Respuesta: sí. La respuesta es afirmativa, pero no porque nosotros seamos unos iluminados y hayamos descubierto la gran conspiración de Códigos da Vinci y sabe dios cuántas historias más. Sencillamente está escrito en el Nuevo Testamento. Punto.

Por lo tanto esto no es ninguna novedad, aunque sí lo sea en parte en el ámbito estrictamente católico. La Iglesia católica, apostólica y romana (o si quieren ustedes, el Vaticano: alguno nos dirá que exactamente no es lo mismo, este blogger le diría que “exactamente” no hay nada que sea lo mismo) en esto se volvió hace mucho tiempo cerril (¡ni un paso atrás!), pero eso no sucede en todas las iglesias, por ejemplo en las protestantes es un poco diferente.

En esto, es decir: en el dogma de la virginidad de María, la madre de Jesús, que por algo se la conoce como la Virgen. Pero, repito, los textos son tozudos, por mucho que las traducciones católicas se empeñen en manipularlos. ¿Y qué dicen los textos? A eso vamos.

El pasaje clave, tantas veces estudiado, es Mateo 1:25: “Y no la conoció [se refiere a José, por conocer léase tener relaciones sexuales] hasta que dio a luz un hijo”. Ese hasta que aparece tal cual en el original griego. Es fundamental. El evangelista Mateo (si es que en verdad existió un evangelista Mateo) quiere destacar el hecho milagroso, sí, de que María, siendo virgen, alumbró un niño…pero no niega en absoluto el hecho de que, ya agraciada por el Espíritu Santo, y nacida la criatura, no pudiese parir ulteriormente otros retoños cuya paternidad sería humana.

Repitamos: así está escrito. Pero, por si fuera poco, para rematar la faena en el mismo Mateo (12:47), pero también en diversos pasajes de Marcos (3:32, por ejemplo), se habla de los “hermanos” de Jesús. Las traducciones católicas tiran de diplomacia: escriben parientes o, a lo sumo, primos. Nada de eso.

El texto griego dice: adelphoi, plural de adelphós. O sea, “hermanos”. Y no es que la lengua griega de entonces sólo tuviese ese término para referirse a hermanos, primos o parientes cercanos. En absoluto, todo lo contrario. Poseía vocablos para hermanos, para primos, para parientes. Y adelphós es hermano, como cualquier mal alumno de letras sabe todavía hoy (época en la que pocos se atreven con el griego clásico, es cierto).

Así que señores de la curia, menos divagaciones y aplíquense el cuento. No se puede insistir tanto en la palabra de Cristo esto y lo otro, citando la Biblia con prodigalidad, y luego callarse lo que no interesa. Cada uno puede creer lo que quiera (o pueda), por supuesto. Pero sin caer en la hipocresía ni en la deslealtad.

(Nota: El lector atraído por el título del post acaso se sienta desilusionado... no se ha dicho nada respecto a los hermanos de Jesús... más allá de demostrar que, según la misma Biblia, Jesús tuvo hermanos. Pero es que, amigos, no nos parece poca cosa. Aquí ni venimos a aventurar teorías sino a rescatar palabras de los originales neotestamentarios que de modo reiterado las traducciones católicos omiten)

martes, 6 de diciembre de 2011

Tumba del apóstol San Pedro en el Vaticano: ¿Verdad o mentira?

La Historia, leyenda o creencias populares católicas, según el punto de vista, identifican al apóstol Pedro como el pilar sobre el que se asientan los cimientos de la Iglesia Católica.

El Vaticano es, hoy día, el símbolo y centro del mundo católico, y como tal el edificio que lo representa su Basílica de San Pedro. Precisamente, bajo ella, debajo del altar papal, debajo mismo del centro del coro y directamente bajo la Cúpula que un día diseñara el gran Miguel Ángel, se levanta un monumento simbólico y muy sencillo que revela la presencia de un sepulcro que, según dicen, contiene los restos de Pedro, el alma de la Iglesia.

Curiosamente, esta necrópolis es de reciente hallazgo, pues fue descubierta en los años 40 del siglo XX cuando se estaban haciendo unas obras que habían sido encargadas por el entonces Papa Pío XI. Durante muchos años se habían buscado esos restos, pero quiso la casualidad que no fuera en unas investigaciones arqueológicas cuando se descubrieran.

En el subsuelo de la Basílica se encontraron dos filas de tumbas perfectamente alineadas que databan de los siglos I y II de nuestra era. Rápidamente la Iglesia movió todo lo necesario para dictaminar si aquélla podría ser la necrópolis tan largamente buscada.

En excavaciones de este tipo, bajo suelo papal, en territorio vaticano, la dirección pertenecía a la propia Iglesia. Siendo así, y conociendo historias pasadas, la validez y objetividad de las conclusiones que pudieran sacarse podrían quedar en entredicho. Se encargó, además, las investigaciones a dos personas íntimamente ligadas con la propia Iglesia: Monseñor Kaas, el supervisor de las mismas, y el arqueólogo Antonio Ferrua, un monje jesuita.

Diez años duraron aquellas primeras investigaciones en las que poco a poco la Iglesia descubrió en Ferrua a un arqueólogo serio y objetivo, que para nada se doblegó a los dictámenes de la propia iglesia. Lejos de lo que hubiera deseado el estamento papal, de aquellas investigaciones nada pudo sacarse. No se encontraron indicios de que aquellos restos pudieran pertenecer a Pedro. No había símbolos ni inscripciones, no había dataciones ni nada que objetivamente pudiera hacer pensar que allí descansaba el Apóstol.

Así se lo hizo saber a Pío XI. Lejos de aceptar aquellos resultados, la Iglesia inició unas nuevas investigaciones y, por supuesto, Antonio Ferrua fue descartado de las mismas, entregando el pleno gobierno de las mismas a Monseñor Kaas y, a su muerte, a Margherita Guarducci, una epigrafista muy cercana a los altos estamentos del Vaticano.

Curiosamente, y a pesar de que durante diez años, nada había podido encontrarse a pesar de que el trabajo fue duro y detallado, rápidamente se encontraron mensajes donde no hacía muchos meses habían dicho que nada había.

Guarducci encontró una inscripción al lado mismo de la tumba que tradujo como “Pedro está aquí”. Incluso sobre la propia tumba encontró símbolos que hacían referencias al Apóstol. Ya se tenían las pruebas necesarias y, por si fuera poco, unas investigaciones realizadas por ella misma sobre las osamentas determinaron que éstas pertenecían a un hombre de unos 70 años, muerto durante el siglo I de nuestra era. Con eso se completaba el ciclo para que, al fin, el Papa Pío XI pudiera hacer oficial el descubrimiento.

Así lo hizo a través de Radio Vaticano en diciembre del año 1950. Habían hecho falta solo unos meses para encontrar todo lo necesario para que así se constatara que, tal como decían las Antiguas Escrituras, la Iglesia se había levantado sobre Pedro, siendo éste así la piedra angular sobre la que se cimentó toda la creencia católico. De nuevo, un antiguo dicho se cumplía.

Evidentemente, aquellas investigaciones de Guarducci siempre han estado en entredicho por su falta de rigor científico. Tanto fue así que posteriores pruebas realizadas nuevamente sobre los restos encontrados en aquella tumba determinaron que los huesos no pertenecían a una sola persona, sino que entre ellos había huesos de un niño, de una mujer de unos 50 años, de un caballo y hasta de un cerdo.

Pero ahondando más en la antigua Historia de Pedro, nada, ningún escrito ni ningún texto, atestigua que verdaderamente Pedro estuviera en Roma. De hecho, incluso el apóstol Pablo escribió siete cartas desde Roma en las que nunca mencionó a Pedro. Es cierto, eso sí, que hubo un monumento levantado en honor a Pedro en aquel mismo lugar, aunque se data en el siglo II, pero no fue sino hasta la época de Constantino, cuando el cristianismo comenzó a hacerse fuerte, cuando comenzó a extenderse el rumor de que bajo aquel monumento había una sepultura. A eso se unió la cada vez mayor creencia popular de aquel entonces de que Pedro era el centro de la Iglesia… sólo hubo que atar cabos para que aquello se extendiera por todo el cristianismo, sin más pruebas que la de un monumento erigido en las colinas vaticanas.

Ateniéndonos además a las tradiciones de la época, y dado que supuestamente Pedro fue martirizado por un delito grave por aquel entonces, el de pertenencia al cristianismo, los cuerpos de los así sacrificados, eran arrojados a las aguas del Tíber, y desde luego, difícilmente, se les concedía sepultura.

Muchas coincidencias, una vez, como tantas otras en la historia del cristianismo, las que se dieron desde el siglo II, hasta el año 1950, para considerar al fin, que las palabras atestiguadas en el Libro de los Apóstoles eran ciertas.

¿Ciertas? quizás sí, quizás no. Pero a día de hoy, difícilmente demostrable que lo que hoy se venera bajo San Pedro sean los restos reales del apóstol Pedro.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Tienda La Sirena: Leyenda urbana comercial de los años 70's

Durante los años 70 existió en Barcelona una tienda llamada La Sirena. Oficialmente se dedicaba la venta de fajas y sujetadores, pero, a decir popular, detrás de su amplio surtido de lencería femenina y de la amable sonrisa de sus dependientas se escondía un sórdido negocio de trata de blancas. Un negocio de exportación que se abastecía raptando a las clientas más hermosas de la tienda.

Todo sucedía en los probadores. Mientras la muchacha se cambiaba de ropa, desde una habitación contigua era accionado un botón que hacía girar sobre su eje al espejo, dejando libre la entrada a una sala secreta en la cual era retenida. Aunque este extremo no está claro, ya que algunos afirmaban que las víctimas eran transportadas al sótano a través de un montacargas oculto. De cualquier manera, no volvían a salir a la calle por la puerta principal.

A veces la chica iba acompañada por su novio, quien quedaba obligado por las normas decorosas de la época a aguardar fuera de la tienda. El muchacho esperaba entonces, tal vez durante horas, a que su novia saliese, y cuando finalmente entraba en el local las dependientas le decían que ella ya se había marchado hacía tiempo. Resulta fácil imaginar la sensación de confusión e irrealidad que el joven sentiría en ese momento.

Por su parte, las muchachas eran transportadas al puerto, suponemos que camufladas dentro de algún tipo de embalaje, y descargadas en el estómago de algún mugriento carguero que en poco tiempo zarpaba rumbo a Oriente Medio. El destino final de las jóvenes, según se comentaba, consistía en engrosar las filas del harem de algún jeque.

En la Barcelona de los años 70, hombres y mujeres de bien transmitieron esta historia como verídica, contándola con creciente indignación (y puede que con cierta delectación morbosa) hasta que toda Cataluña fue un clamor en contra de las corseteras de La Sirena. Llegó el momento en que la policía intervino, y no halló absolutamente ninguna prueba que la respaldara.

Antonio Ortí encuentra su origen en una rivalidad comercial. Simplemente, un competidor de la tienda envió a la prensa una nota malintencionada en la cual lanzaba el rumor sobre los secuestros. Su transmisión se avivó por el recelo que despertaban en aquella época las corseteras, mujeres independientes y, por tanto, blanco fácil para el descrédito. Poco antes habían sido las corseteras de Orleáns las acusadas de similares delitos, después la leyenda se extendería, poniendo bajo sospecha a probadores de medio mundo.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La resurrección de Loret Blackmen: El vampiro saldrá de la tumba e iniciará un nuevo reino de terror

Circula por la red un popular cuento de terror basado en una leyenda real, titulado “El Despertar”, que narra la resurrección de un “no muerto”; un monstruo que fue enterrado como un cristiano para bloquear sus maléficos poderes, pero cuya resurrección fue profetizada. Concretamente, a los cien años de permanecer bajo tierra, volvería a la “vida” para recuperar su reino de terror. En este cuento hay una protagonista femenina: Marlene, la redactora de una revista de sucesos paranormales.

Esta joven periodista, en un rutinario rastreo por Internet, buscando historias descubrió la leyenda de Loret Blackmen, el vampiro. A menos de un día de su supuesta resurrección, la joven no pudo frenar su vocación periodística y, ni corta ni perezosa, decidió personarse en el lugar donde estaba enterrado el vampiro. Emocionada por la aventura en la que iba enfrascarse, convino invitar a su novio a que la acompañara. Éste, a regañadientes, aceptó el siniestro viaje, con la esperanza de que Marlene desistiera en el último momento.

De camino a la tumba de Loret Blackmen, la pareja se percató de que estaban adentrándose en un terreno yermo y abandonado, inimaginable en sus peores pesadillas. No obstante, continuaron con el viaje. Caía la tarde del día señalado, y la pareja se adentró con su coche en las profundidades el mismísimo infierno. En una bifurcación de la abandonada carretera, estos tomaron un sendero que los conduce a la entrada de un pueblo, cuyo letrero de bienvenida rezaba lo siguiente: “Bienvenido a La Purísima”.

Circulaban a poca velocidad, enmudecidos ante tal espectáculo: las fachadas de las casas estaban totalmente cubiertas de polvo, en el aire se respiraba la más absoluta soledad... Sin duda, parecía que se encontraban en un pueblo fantasma. Acordaron rastrear el lugar a pie. Al llegar a la plaza, un sonido atronador, el de una campana, los asustó. El sonido provenía de la Iglesia del pueblo. Siguieron el estruendo hasta la pequeña edificación. Allí se encontraron a unos pocos habitantes que escuchaban atentamente al sacerdote, quien rezaba por el alma de los presentes, ya que un terrible suceso estaba a punto de sucederse.

Tras unos quince minutos en silencio, los pocos habitantes se marcharon en procesión hacia el cementerio. La pareja se acercó al sacerdote y permanecieron allí, expectantes.

Al caer la tarde, los testigos de la resurrección del vampiro emitían gritos de angustia y lloraban de terror. Incluso alguno imploraba a Dios que no permitiera esa atrocidad. Tras unos instantes de inusitada calma, una bandada de cuervos emprendió un cruel ataque contra los habitantes del pueblo. Marlene, única superviviente, estaba petrificada por el pánico.

Finalmente, Loret Blackmen no se hizo esperar. Se levantó de su tumba, con su cuerpo putrefacto y con unas terribles ansias de chupar sangre. Tomó a Marlene como primera presa y la mordió en la yugular, recuperando las fuerzas a través de la sangre fresca. El novio de ésta, malherido, intentó atacar al vampiro, quien le atravesó al abdomen con una mano. El festín había acabado y el vampiro se retiró del lugar.

Pero no está solo. Tomó a Marlene como su compañera, y ésta camina junto a su sombra en la oscuridad de la noche... Juntos por toda la eternidad.

jueves, 1 de diciembre de 2011

La mujer del velo: Venganza por amor

Con el amor no se juega. Más, cuando en él intervienen corazones impetuosos, dubitativos, cargados de apego. La trágica historia que van a leer, según cuentan acontecida en una ciudad de México, trata de uno de esos peligrosos amores... Quizás la próxima vez se lo piensen mejor a la hora de cortejar y engañar a ciertos individuos. Como Luis a Ana.

Luis era un atractivo poeta que embaucaba a cualquier doncella que se cruzara en su camino. Sus tratos y atenciones dejaban embelesadas a sus amantes, que suspiraban a su paso. Su mirada, profunda y meticulosamente estudiada, las hacía creer que ellas eran su única razón para existir.

Ana, como otras tantas, creyó enamorarse perdidamente de Luis. Sólo él era capaz de complacer su turbada alma y veía por sus ojos. Empero, como era costumbre, Luis se aburrió de ella y la dejó. La joven, destrozada, se suicidó por amor... No sin antes prometer que volvería a por él, para que ambos descansaran juntos eternamente...

Una noche, Luis regresaba de un tugurio de mala muerte, cuando creyó ver a una mujer de voluptuosa belleza. Aunque iba pasado de copas, pudo distinguir un cuerpo de ensueño. A pesar de que ésta iba tapada por un velo, en señal de luto, el joven no pudo evitar sentir un súbito deseo por esa misteriosa mujer. Al acercarse a ella, ésta se alejaba... Para acabar desapareciendo entre sombras. Así, noche tras noche, Luis se encontraba a la mujer del velo. Una mujer que ocupaba en todo momento sus fantasías, y por la que creyó estar muriendo. La deseaba con tanto fervor, que hubiera hecho cualquier cosa por amarla, por poseerla.

Y el destino ejecutó su jugada. Al cumplirse un año del suicidio de Ana, la mujer de velo hizo su aparición pero, esta vez, en el panteón donde la fallecida tenía su morada. Luis que pasaba por allí, la vio y quedó expectante a sus movimientos. Ésta pidió ayuda, a lo que él acudió presto. Al preguntarle qué hacía allí, ella contestó: “vine a visitar mi hermana. Hace un año falleció. Se enamoró de un mal hombre y se suicidó... ¿Qué castigo se merecería tal hombre?”.

Luis, intentando complacer a la dama, sentenció: “pues debería ser enterrado vivo junto a ésta, para que ella lo amara”. Acto seguido, la mujer del velo le grito: “¡pues así sea!”. Y agarrándolo, empezó a hundirlo en la tierra. En un movimiento reflejo, Luis le arrancó el velo, gritando de horror al ver que se trataba de Ana, carcomida por los gusanos... Había cumplido su promesa.