La mágica facilidad con que Uri Geller dobla metales le ha hecho famoso en todo el mundo. Pero, ¿cómo lo hace? ¿Cuál es la fuente de sus extraordinarios poderes?

Comentarios sobre su «magia» llegaron a oídos del conocido investigador psíquico norteamericano Andrija Puharich, quien se trasladó a Israel para investigar. El 17 de agosto de 1971 Uri Geller estaba actuando en una discoteca de Jaffa, y Puharich fue a verlo.
Lo primero que le llamó la atención fue el hecho de que Geller era un actor nato, y aunque el espectáculo, en general, decepcionó a Puharich, el último «truco» le impresionó más. Geller anunció que rompería una anilla sin tocarla, y una mujer del público ofreció una anilla de su vestido. Geller le dijo que la mostrara al público y después que la apretara con fuerza en la mano. Luego colocó su propia mano sobre la de ella y la dejó allí unos segundos. Cuando la señora abrió la mano la anilla estaba rota en dos trozos.
Después del espectáculo, Puharich preguntó a Geller si estaba dispuesto a someterse a varias pruebas científicas al día siguiente. Hasta aquel momento, Geller se había negado, pero aquella vez asintió.
La primera prueba convenció al investigador. Geller puso un bloc sobre la mesa y después pidió a Puharich que pensara tres números. Puharich eligió 4, 3 y 2: «Ahora de la vuelta al bloc», dijo Geller. Puharich lo hizo y halló los números 4, 3 y 2... escritos antes de que hubiese pensado en los números. De algún modo, Geller había influido en él para que eligiese los números.

Geller admitió que no tenía la menor idea de la forma en que había logrado esos curiosos poderes. Había adquirido conciencia de ellos cuando era muy pequeño. Cuando empezó a ir a la escuela, su padrastro le regaló un reloj, pero siempre parecía estar estropeado. Un día, mientras Geller lo miraba, las manecillas comenzaron a moverse cada vez más rápido, hasta que giraron a toda velocidad. Entonces empezó a sospechar que él mismo podía ser el causante. Pero no tenía control sobre esta sorprendente habilidad. Un día, mientras tomaba sopa en un restaurante, el plato se cayó al suelo. Y después las cucharas y tenedores de las mesas cercanas comenzaron a doblarse. Los padres de Geller estaban tan preocupados que pensaron en llevarle a un psiquiatra.
A los trece años comenzó a tener cierto control sobre sus poderes. Rompió el candado de una bicicleta concentrándose en él y aprendió a hacer trampa en los exámenes leyendo las mentes de los alumnos más estudiosos.
Puharich creía haber hecho el descubrimiento del siglo. Como la mayoría de los dotados afirman que no pueden conectar o desconectar sus poderes a voluntad, los investigadores no habían logrado averiguar nunca si mentían o no. En cambio, los poderes de Geller parecían estar a su disposición siempre que quería.

Mientras Geller contaba estos hechos, Puharich y sus compañeros de investigación quedaron asombrados al escuchar una voz en el aire, encima de sus cabezas. Puharich la describió como «metálica y no terrenal». «Fuimos nosotros quienes encontramos a Uri en el jardín cuando tenía tres años -dijo la voz fantasmal-. Le hemos programado para que ayude a la humanidad.»
Cuando Geller despertó, no parecía recordar lo sucedido, de modo que Puharich le hizo escuchar la cinta en que había grabado la sesión. Aseguró no recordar el episodio, pero cuando la voz metálica comenzó a hablar, Geller extrajo la cinta del magnetofón. Mientras la tenía en la mano, la cinta desapareció. Después, Geller salió corriendo de la habitación.
¿Qué había sucedido? La explicación escéptica es que Geller usó sus dotes de ventrílocuo y después cogió la cinta, haciéndola «desaparecer», para que no se pudiera comprobar el parecido entre su propia voz y el «ser espacial» de la cinta. Pero Puharich y los demás dijeron que la voz venía de encima de sus cabezas y que parecía mecánica, como fabricada por una computadora.
La voz misteriosa fue sólo el primero de una serie de hechos extraños e inexplicables. No pasó un día sin que las misteriosas «entidades» hicieran cosas sorprendentes. Detenían el motor del coche, y volvían a ponerlo en marcha. «Teleportaron» la cartera de Puharich desde su casa de Nueva York hasta su apartamento de Tel Aviv. Cuando Geller y Puharich se dirigían a una base del ejército, fueron seguidos por una luz roja en el cielo que no era visible para su escolta militar. De hecho, Geller llegó a fotografiar una «nave espacial», siguiendo las órdenes de la voz metálica.

Es fácil reírse de todo esto y tachar a Puharich de crédulo. La explicación más sencilla sería que Geller había estado leyendo las obras de Erich von Däniken y había decidido engañar al ingenuo investigador. Pero si la descripción de Puharich es exacta, es totalmente imposible que Geller pudiera realizar algunos de los «trucos» más espectaculares.
¿Acaso Puharich mintió? Esta hipótesis también debe ser descartada. El propósito de Puharich era, simplemente, probar que Geller poseía poderes paranormales, y lo único que pretendía hacer era organizar pruebas científicas; como las que realizó después en Estados Unidos. Los acontecimientos posteriores no hicieron más que perjudicarle.
Pero la hipótesis de los Nueve es igualmente difícil de creer, y Geller dice que él mismo no la acepta: los acontecimientos descritos por Puharich le dejaron totalmente atónito, y no tiene ni idea de su explicación.
El mismo Geller estaba bastante preocupado por estos extraños acontecimientos. A diferencia de Puharich, no deseaba convencer al establishment científico de la realidad de sus poderes; le interesaba más ser rico y famoso. Y los sorprendentes trucos de los Nueve no parecían acercarlo a esos fines.

Sin embargo, el incidente convenció a Puharich de que los Nueve querían que él permaneciera en Estados Unidos, tratando de persuadir a varios eminentes hombres de ciencia de que valía la pena investigar a Geller. Mientras tanto, su mudable e imprevisible protegido se trasladó a Alemania, a su primera cita con la fama y la fortuna o, al menos, con la notoriedad y la publicidad.
Después del éxito obtenido en Alemania, parecía que por fin Uri Geller había sido aceptado como un auténtico psíquico. Sin embargo, en los Estados Unidos tuvo que afrontar serias acusaciones de fraude.

El teleférico salió para dirigirse hacia la cima de la montaña, y Geller se concentró profundamente. No sucedió nada. Bajó de nuevo y tampoco pasó nada. Siguió subiendo y bajando. Para entonces la confianza en Geller había desaparecido y los reporteros empezaban a perder interés. Pero de pronto, ante el asombro de todos, el teleférico se paró en el aire. El mecánico llamó al centro de control y le dijeron que el interruptor principal se había apagado repentinamente. Unos minutos más tarde, los reporteros corrían hacia las cabinas telefónicas más cercanas.

Un científico alemán, Friedbert Karger, quiso que Geller se quedara en Alemania para someterse a un estudio, pero Uri ya había sido contratado por algunos de los más eminentes investigadores científicos americanos.
Por su parte, el joven estaba saboreando las mieles de la fama. Un empresario quiso incluso que actuara en un musical y a él le encantó la idea. Cuando Puharich se enteró por teléfono de todo esto se fue inmediatamente a Alemania y persuadió a la joven celebridad de que abandonara sus planes de convertirse en el primer cantante místico del mundo, y que le acompañara a Estados Unidos.
Uno de los hechos más extraños en la historia de Geller es que no consiguió alcanzar en los Estados Unidos la misma fama inmediata que había tenido en Alemania. Parece haber dos explicaciones. Una de ellas es que los americanos no son fácilmente influenciables y tienden a mostrarse escépticos ante esos «creadores de milagros». La otra explicación se basa en que la reputación de Geller le había precedido a él, y se encontró frente a una considerable «resistencia del comprador». Las historias acerca del nuevo protegido de Puharich ya habían llegado al mundo de las investigaciones de fenómenos paranormales de los Estados Unidos, un mundo en el que Puharich era considerado como un eminente investigador científico. Según los rumores, Puharich había resultado completamente engañado por este «mago-pop» israelí. Así pues, cuando Geller llegó a Nueva York en otoño de 1972, encontró una atmósfera más bien fría.

El regreso de los «espectros espaciales»

Todo esto culminó en un suceso muy significativo que Puharich menciona únicamente en un párrafo de su libro sobre Geller, pero que muy bien podría contener la clave del misterio.
Una tormenta psíquica
Cuando Puharich dijo a Geller que estaba decidido a ignorar a los «seres del espacio» y continuar con los planes sobre los experimentos, Geller perdió la paciencia y le arrojó un azucarero a la cabeza. Puharich se indignó. En aquel preciso momento, fuera se puso a soplar un viento muy fuerte que sacudía los árboles, y un reloj de péndulo cruzó rápidamente la sala y se hizo añicos. Fuertemente impresionado, pero todavía resuelto, Geller le rogó a Puharich que olvidara a los científicos. Pero él se mantuvo en sus trece y finalmente consiguió su propósito.
Parece ser que estos increíbles sucesos -suponiendo que Puharich los explique tal como sucedieron- confirman que ciertos poderes «sobrehumanos» entraron en juego. Sin embargo, todos los investigadores de fenómenos paranormales saben que los poltergeists pueden producir efectos muy semejantes. Y también están todos de acuerdo en que los poltergeists están estrechamente conectados con las mentes inconscientes de uno o varios seres humanos.

Puharich cuenta cómo al día siguiente de la «tormenta», su cariñoso perro labrador de color negro de repente mordió a Geller en la muñeca. El día anterior este mismo perro había desaparecido repentinamente de la cocina ante sus propios ojos, y unos momentos después fue visto caminando hacia la casa a unos 65 metros de distancia: había sido teleportado misteriosamente por los hombres del espacio, según Puharich, para demostrar su poder. Pero quizá el perro lo supiera mejor que ellos. Quizá sabía intuitivamente que el verdadero culpable era el propio Geller, o, mejor dicho, un desconocido que vivía en la mente inconsciente de Geller.
Unos días más tarde empezaron las pruebas científicas. Se realizaron en el Instituto de investigación de Stanford (California) y fueron dirigidas por el doctor Harold Puthoff y Russell Targ. Tan pronto como empezaron las pruebas, Geller se dio cuenta de que no tenía nada que temer. A la mayoría de los psíquicos les resulta muy difícil actuar cuando se encuentran en un laboratorio; sin embargo, Geller no tenía tales problemas. Tan pronto como empezó a concentrarse para intentar doblar un anillo de latón, el monitor de televisión a través del cual estaba siendo observado empezó a deformarse, y las deformaciones se producían cada vez que la cara de Geller se torcía al concentrarse. Evidentemente, estaba provocando un efecto eléctrico misterioso. Al mismo tiempo, una computadora del piso de abajo empezó a estropearse.

Los escépticos desafían a Geller
A medida que parecía que Geller superaba las pruebas más difíciles y que demostraba la autenticidad de sus poderes, su visita a América empezó a ir mal. Se le pidió que se presentara en las oficinas de la revista Time, pero el «fotógrafo» que concertó la entrevista era, de hecho, un mago profesional llamado Charles Reynolds. Puharich sospechó que los magos americanos estaban tramando «linchar» a Geller, y tenía razón. James Randi -uno de los ilusionistas más célebres desde Houdini- estaba convencido de que Geller era un farsante, y estaba decidido a desenmascararlo. Puharich no tenía ninguna intención de permitir que Geller fuera puesto a prueba por esa caterva de magos de farándula; sin embargo, Geller se daba cuenta de que su negativa sería considerada como un indicio de culpabilidad. Así pues, el 6 de febrero de 1973 él y Puharich se presentaron en las oficinas de Time.
Geller estaba comprensiblemente nervioso, ya que tenía que enfrentarse con la manifiesta hostilidad de dos magos y dos editores de Time. Sin embargo, consiguió demostrar sus poderes telepáticos al duplicar un dibujo que se encontraba en un sobre cerrado. Después de esto, dobló un tenedor frotándolo suavemente con su dedo; el tenedor siguió doblándose después de que lo hubiera soltado. Charles Reynolds le ofreció a Geller la llave de su propio apartamento -para asegurarse de que no hubiera ningún «cambio»- y Geller la dobló concentrándose; de nuevo, la llave continuó doblándose después de que Geller la hubo soltado.

Por lo que se refiere al gran público americano, el mito de Geller ya había desaparecido por aquel entonces; se había «probado» que era un mero estafador. Y puesto que Time tenía una circulación mundial tan inmensa, ni Geller ni Puharich pudieron hacer nada. A finales de marzo de 1973 parecía que la carrera sorprendente de Uri Geller estaba llegando a su fin, sólo unos 18 meses después de que hubiera empezado. Sin embargo, cuando Puharich se sentó en su despacho a escribir las primeras líneas de su libro: Uri: a journal of the mistery of Uri teller (Uri: diario del misterio de Uri teller) experimentó una íntima convicción de que no todo había acabado allí. Por su parte, Geller estaba resuelto a actuar de tal modo que los escépticos tuvieran que tragarse sus palabras.
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