
Su caridad fue tan grande que era asombro de todos e informado de ella, era continuo en el trabajo de ganar almas para Dios y buscábale toda suerte de gentes y de día y de noche confesaba a cuantos a él llegaban. En la siesta que era el tiempo que tenia de descanso, solía estar confesando y todos tenían en él un piadoso Padre para sufrir las flaquezas humanas y al mismo tiempo un severo Juez para reprender los vicios y negar la absolución al que no la merecía. Jamás dejó de las manos el estudio de la teología moral y era tan humilde que cualquier dificultad que encontraba preguntaba lo que debía hacer, siendo por lo común lo que había ejecutado lo más conforme a la más a la más sana doctrina. Por sustentar a los pobres y que todo necesitaba que a su Portería llegaba, no saliese de ella sin alivio, se quedaba sin comer, guardando (con licencia de los Prelados) lo más de lo que le daban en el Refectorio.
En cuarenta años que estuvo en la Porteria, jamás se le notó palabra o acción que denotase impaciencia. Si iba por los pueblos circunvecinos, era llevado de su caritativo impulso a visitar pobres enfermos y llamar a las gentes para confesarlas y jamas salió de casa sino para ejercitar la caridad. En el bien de este Convento así espiritual como temporal fue muy profícuo, celaba con la mayor entereza se diese buen ejemplo a los seglares y sentía en su corazón el más mínimo escándalo, procurando con el mayor esmero el honor de nuestro Santo hábito y el descanso de este Colegio. La cañeria del agua el mismo la cuidó más de 40 años, gastando en ella de lo que le daban de limosna, grandes cantidades. Por su agencia y cuidado no tenían los Prelados que buscar para el reparo material, pues con avisarle al Padre Fray Agustín lo reparaba y componia todo.
No es digno de omitir un caso bien singular. Lo llamaron en una ocasión de la ciudad de Lerma, 4 leguas distante de Toluca, para que confesase a un enfermo y yendo por el camino lo encontró el Médico de este Convento que iba en su Bolante a visitar al mismo doliente. Viendo al Médico el Padre Fray Agustin se iba mojando por la mucha lluvia que caia, lo convido para que entrase en su Bolante, y no habiéndolo admitido prosigio su camino en lo reció del aguacero. Llegaron uno y otro a la dicha ciudad de Lerma y cuando todos pensaban al Padre Fray Agustin con la ropa mojada, lo hallaron enjuto y seco, teniendo la advertencia el Médico Villagómez de tomarle la capa, la que se encontro seca y él mismo dio noticia del caso referido y decia que estaba pronto a deponerlo bajo la virtud del juramento.
Este y otros muchas cosas, que por brevedad se omiten, nos declaran señales de su mucho caridad y bien del prójimo y lo aprovechado que se hallaba en el ejercicio de las virtudes y en lograr el tiempo en la Religión, siendo en ella el espejo y ejemplar de la mas regular observancia pues en medio de muchos achaques que en su avanzada edad padecio y sufrió con gran paciencia, nunca dejo la asistencia al coro y fue necesario mandarle por obediencia se retirase a la celda en la que con bastante trabajo rezaba el oficio divino, gastando en el largas horas. Fue tan exacto en la abstinencia de carnes, que aun en la ultima enfermedad, no se pudo conseguir usarse de ellas, celando su montificación con decir le hacían daño. Fue en dicha enfermedad un espectáculo de paciencia y no se le oían otras palabras que dar gracias a Dios por los dolores con sentida de los Religiosos y seglares que con ansia deseaban algunos de sus pobres trastos por reliquia. Está enterrado en dicho sepulcro, número 10.
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