Los seres estelares, los carros con alas y las criaturas mitad hombre, mitad animal son tema de las leyendas y de la imaginería de todos los tiempos. Algunos consideran como un hecho histórico la visita de extraterrestres a nuestro planeta.

Estos versos bíblicos difieren de modo sorprendente del resto de la narrativa en torno a la creación, y han planteado más de un problema a traductores y teólogos. Pero, ¿por qué estos "hijos de Dios" se entrometen en los asuntos terrestres, cuando se dice que Dios creó a Adán a su imagen y semejanza, como representante suyo en la tierra?
El episodio de los "hijos de Dios" tiene la apariencia de un resto fósil de paganismo, que se había pasado por alto en las cuidadosas ediciones de generaciones enteras de devotos escribas judíos. Si se tratara de un ejemplo aislado, podría tranquilamente presentarse como un problema de exégesis bíblica. Pero no sólo en este oscuro versículo de la Biblia puede hallarse constancia de la misma extraña creencia en un período pasado, en el que seres provenientes del "cielo" habrían descendido a escoger sus esposas de entre los humanos. También está presente, por ejemplo, en los mitos griegos que relatan las aventuras amorosas de sus dioses; en la época clásica, cualquier noble griego que se preciara trataba de hacer remontar su ascendencia hasta uno u otro de los dioses del Olimpo.
Este tipo de aventuras amorosas entre mortales y seres de otros mundos aparecen con frecuencia en el folklore de los indios norteamericanos. Los indios thompson de la Columbia Británica cuentan cómo una vez una mujer casada fue capturada por "gente del cielo". Furiosas, todas las criaturas de la tierra emprendieron una guerra en vano contra los poderosos "hombres del cielo". Para llegar al cielo, la "gente de la tierra" construyó un endeble armazón que se desmoronó en cuanto "los del cielo" comenzaron a tomar represalias. Muchos murieron en la empresa, y se extinguieron enormes cantidades de especies animales. La versión de los indios quinalt de Washington refiere que los agresores llegaron del "país del cielo, donde están las estrellas".
No siempre tales uniones concluían en tragedia. Los maoríes atribuyen indirectamente el origen de su civilización a un asunto amoroso ilícito entre la hija de un jefe y un príncipe del "país del cielo". El intruso fue atrapado por el jefe maorí, pero luego aceptado como yerno. Una delegación maorí obtuvo permiso para visitar el "país del cielo", donde fueron instruidos en valiosas artes por los seres superiores que allí habitaban. Relatos similares acerca de los tiempos en que se establecían relaciones íntimas entre seres del cielo y seres humanos figuran también en culturas muy distantes entre si. Los indios machiguenga de la jungla peruana narran que "gente de los cielos bajó a la tierra por un camino resplandeciente en el firmamento". Un mito japonés afirma que el acceso a la Tierra lo proporcionaba entonces una especie de puente, que permitía a los dioses hacer frecuentes visitas.
Preguntas sin respuesta

¿No se tratará, tal vez, de alguna misteriosa cualidad de la psiquis humana, que fuerza a pueblos muy distantes a desarrollar fantasías similares alrededor de una creencia en seres inteligentes superiores al hombre? La respuesta alternativa -que estos relatos sean vestigios de algún tipo de contacto histórico entre el hombre y seres extraterrestres- resulta difícil de aceptar. Sin embargo, esta posibilidad ha sido discutida por un gran número de teóricos, cuyos razonamientos no deben ser descartados tan a la ligera.
Uno de los intentos serios de penetrar esta maraña de mito y creencias sobre los "hijos de los Dioses" fue efectuado por Tom Lethbridge, uno de los personajes más pintorescos de la arqueología inglesa hasta su muerte en 1971. En 1957 había renunciado indignado a su puesto de conservador de antigüedades anglosajonas en el Museo Arqueológico de Cambridge. Durante años había vivido malhumorado por la falta de imaginación de la mayoría de los arqueólogos, y la gota que colmó el vaso llegó cuando muchos de sus colegas rechazaron de plano su afirmación de que había gigantescas figuras de tiza que representaban dioses y símbolos astrales enterradas bajo el césped de Wandlebury Camp, en Cambridgeshire. Se renovó en Lethbridge un viejo interés por la rabdomancia, para el cual hubo de desarrollar técnicas refinadas, que aplicó luego con éxito a su investigación arqueológica. Sus estudios y escritos se ampliaron hasta incluir fenómenos extrasensoriales (PEs) y otros problemas parapsicológicos, y culminó sus trabajos con un polémico ensayo, The legend of the Sons of God (La leyenda de los hijos de Dios).
Lethbridge supo apreciar la dimensión del problema, que a su vez afecta a cuestiones fundamentales: ¿qué eran los dioses? ¿Por qué desde siempre la mayor parte de la humanidad ha creído que existían seres semejantes? por cierto, sus colegas académicos supieron darle abundantes explicaciones en los términos de sus propias teorías favoritas, pero la "leyenda de los hijos de Dios" parecía desafiar todo análisis: "¿Cómo encuadrar estas leyendas en cualquiera de los ismos conocidos? -preguntaba Lethbridge-. No se trata de totemismo, ni de antropomorfismo ni de nada por el estilo. Hay que aceptar como una realidad definitiva el hecho de que una raza conocida como los hijos de Dios emparentó con otra conocida como las hijas de los hombres."
"Asombrosas máquinas voladoras"

Tales ideas no eran nuevas, por supuesto, aunque Lethbridge llegara a ellas de manera independiente. En 1968, cuando estaba a punto de completar su manuscrito, apareció "Chariots of the gods" (Recuerdos del futuro), del suizo Erich von Daniken. Varios escritos habían abordado el tema de los "antiguos astronautas" mucho antes de que el libro de Von Daniken inteligentemente autopromocionado, le hiciera aparecer como un descubridor. Ya en el siglo XIX la ocultista Helena Blavatsky había afirmado que la civilización, y acaso la humanidad misma, se había originado en otro planeta. Y las pruebas antropológicas y mitológicas utilizadas por Von Dániken habían sido cuidadosamente coleccionadas por un gran número de investigadores, especialmente por los franceses Louis Pauwels y Jacques Bergier, los ingleses Raymond Drake, John Michelí y Brinsley Le Poer Trench (lord Clancarty, que hizo celebrar un debate sobre el tema OVNIS en la Cámara de los Lores en 1979) y el español Andreas Faber-Kaiser, autor de Sacerdotes o cosmonautas (Barcelona, Plaza y Janés, 1974).
Este grupo de escritores ha acumulado tal cantidad de pruebas (de calidad irregular), extraídas de tradiciones y creencias de todo el mundo, que su conjunto constituye un intrigante cuadro para afirmar la intervención extraterrestre en la historia del hombre. Las más convincentes de todas estas pruebas son las que hacen referencia a los omnipresentes mitos de los "héroes culturales", de misterioso origen, quienes al parecer enseñaron al hombre todas las artes de la civilización.

Los portadores de cultura que protagonizan estos mitos aparecen como muy posibles "extraterrestres", especialmente cuando se les asocia con vehículos volantes. Al igual que los primitivos galeses, los griegos creían que la agricultura fue enseñada al hombre, y no descubierta por él. La diosa Deméter envió a su protegido Triptolemo alrededor del mundo en un carro volador con ruedas aladas, tirado por dragones, para que distribuyera el grano y enseñara la agricultura y la fabricación del pan a todos los hombres. Algunas pinturas en vasos lo presentan sentado en un carro de dos ruedas, adornado con alas y serpientes. Automáticamente, uno se siente inclinado a recordar la famosa visión del profeta Ezequiel, esa "visión de Dios" que ocupa un lugar privilegiado en los textos sobre "astronautas antiguos". Sentado junto al río Chebar en Babilonia, Ezequiel vio a lo lejos un "torbellino" que se aproximaba; el torbellino se convirtió en una nube de fuego que luego aterrizó con gran estruendo. Así se vio frente a un vehículo deslumbrante que le parecía estar compuesto de ruedas, alas y criaturas vivientes. También llevaba un trono, sobre el cual iba sentada una "forma de aspecto humano". La semejanza con el carro alado de Triptolemo no puede ser puramente accidental (una moneda judía que data del siglo IV a.C. muestra a Jehová sentado sobre un vehículo parecido al del mito griego).
Pero la mitología hindú es seguramente la más apropiada para todos los que creen en la intervención extraterrestre. Sus pintorescos relatos incluyen casi todos los elementos esenciales de las otras leyendas sobre "los hijos de Dios". Dioses y semidioses descienden del cielo, difunden el conocimiento y toman mujeres mortales por esposas. Estos seres vuelan sobre extraños animales o en magníficos vehículos que superan la velocidad del viento. Las epopeyas de la India describen batallas aéreas con "misiles" semejantes al rayo, capaces de destruir los sembrados y convertirlos en tierra yerma. Una de tales armas contiene el Poder del Universo y desprende "un humo más brillante que diez mil soles". según ciertos escritores como Raymond Drake y Erich von Daniken, todo lo que hay que hacer es leer "extraterrestres" cada vez que aparece la palabra "dioses", y las leyendas hindúes se nos revelarán como un verdadero relato de las andanzas de antiguos astronautas al estilo de La guerra de las galaxias.
Mientras los escritores especializados en el tema de los antiguos astronautas acumulan historia sobre historia acerca de dioses celestiales, héroes culturales, carros voladores y cosas semejantes, la idea de que los extraterrestres estuvieron presentes en la historia del hombre comienza a parecer como una explicación casi natural. El tema es lo suficientemente intrigante como para originar una demanda de pruebas "más convincentes"; o, en todo caso, una refutación definitiva. Debemos ir con cuidado al tratar de explicar un misterio (la leyenda de los "hijos de los dioses") mediante otro misterio (la vida extraterrestre). El elemento mitológico por sí solo es meramente sugestivo, una posible señal para abordar una zona inexplorada de la historia de la humanidad. Las leyendas de Homero encontraron su justificación muchos siglos después, cuando el arqueólogo Schliemann descubrió las ruinas de Troya y de Micenas; pero, ¿han encontrado los "dioses del espacio" a su Schliemann?
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