martes, 6 de noviembre de 2007

Angkor

Las elevadas torres con forma de capullo de loto del templo de Angkor Vat dominan, imponentes, el territorio que circunda a la antigua ciudad imperial de Angkor, la gran metrópoli jmer. A su alrededor, todo es silencio. La antigua capital de un poderoso imperio desvanecido en la oscuridad del tiempo descansa en sus glorias pasadas, poblados sus templos por el recuerdo del dios Siva, el creador. Pero Angkor Vat no estaba dedicado a Siva sino a Visnú., el dios de la sabiduría y el conocimiento. Porque no es sólo el templo más grande del mundo. También es un recinto destinado a la observación astronómica, alineado con el templo de Prasat Kuk Bangro, a más de 5 kilómetros de distancia, con extrema precisión. Un misterioso santuario cósmico que resurgió del olvido 150 años atrás.
¿Por qué desapareció de pronto, devorada por la selva, la deslumbrante civilización jmer que llegó a dominar, en sus momentos de máximo esplendor, lo que después fue Vietnam del Sur, Laos, gran parte de Tailandia y toda Camboya?
Llegados a Indochina hacia el siglo IX, iniciaron la construcción de Angko Thom, que llegó a ser centro de su poder y cultura. Construida en las inmediaciones del lago de Tonlé Sap la nueva ciudad parecía llamada a florecer eternamente. Indravarman I (877-889) creó la urbanística jmer, que tenía que ver con la concepción del mundo: la ciudad de planta cuadrada representa el mundo; las murallas que la rodean las montañas; los canales y fosos el océano; y en el centro el templo-montaña. El rey Yacovarman I, consagrado en 889, construyó la primera villa de Angkor. Su primer trabajo fue el gran bârây, estanque artificial (hoy seco) de 7 por 1,8 kilómetros. Finalmente, el rey Sûryavarman II (1113-1149) construye la joya del arte jmer: Angkor Vat.

Angkor Vat
El vat (monasterio budista) de Angkor es casi seguramente el templo más grande del mundo. Ocupa una superficie de casi 2 Km2 , y su muro interior tiene 1.025 por 800 metros. Una amplia senda de losas flanqueada por una balaustrada de serpientes naga (la venenosa cobra indochina) conduce al primer recinto: un amplio pórtico elevado, abierto en sus cuatro lados. La cubierta abovedada descansa sobre una galería de pilares hacia el exterior. Unas galerías transversales comunican con el segundo nivel. En el interior de este recinto se eleva el santuario, escarpado e imponente. Son tres terrazas, cortadas por tres escaleras empinadas, que conducen al último piso, formado por una galería con ventanas, y cuatro torres con profundas molduras festoneadas. En el último patio, sobre una estructura en forma de cruz, a 40 metros sobre el patio y a 65 sobre la llanura, la torre central, semejante pero más grande que las cuatro de los ángulos. Es el lenguaje jmer en su plenitud. Una arquitectura lejana de los cánones occidentales realizada con materiales poco usuales: piedra, ladrillo, madera, arenisca. Una decoración exótica, única. "Frescos" esculpidos en las paredes, en los dinteles, en los pilares, en los basamentos. La historia del rey, de sus cortesanos, de sus pueblos y de sus guerras, los grandes ciclos religiosos del Ramayana, están contados en el interior del templo-montaña más grande del mundo.

El fin del gran imperio
No había ciudad que rivalizara en riquezas a Angkor. Pero su gloria empezaba a parecerse ya a la de una gran capital que vive sólo de pasados esplendores. Y a la resignación budista de los ya envejecidos jmers vino a sumarse el creciente espíritu bélico de los thai, el pueblo que comenzaba a edificar la actual Tailandia sometiendo a sus vecinos. "Mil elefantes cargados de oro, joyas, mujeres, lujoso mobiliario, imágenes y piedras", de acuerdo con el testimonio de los vencedores, rubricó la destrucción de Angkor. A partir de entonces las ruinas pasaron a ser sitio de peregrinación para brahmanes y budistas que se dieron a visitar los restos de tanta gloria imperial. Hasta que gradualmente la selva volvió sobre sus derechos: Brahma, Visnú, Siva; hasta el dulce Gautama cayó también bajo la naturaleza victoriosa.
Otras interpretaciones, sin embargo, atribuyen la decadencia y fin de Angkor a causas internas: a los excesos de organización de una sociedad demasiado estructurada que llegó a quebrar las leyes de una ecología que la humanidad, por aquel entonces, no adivinaba. Del mismo modo a llegado a explicarse la no demasiado comprensible decadencia de Babilonia, de Roma o de las ciudades mayas: al agotamiento de los campos agrícolas circundantes.
Pero saben, ahora, los expertos agrícolas que, sobretodo en las zonas tropicales donde todo nace y muere mucho más rápidamente y los campos no acumulan materia orgánica de reserva, el monocultivo sostenido lleva al empobrecimiento de la tierra y a la intensificación de los ciclos de sequías e inundaciones.
Y las inundaciones del monzón bien pueden haber sido una de las causas de la decadencia de Angkor. Una vieja leyenda budista lo sugiere con bastante claridad. Según esta historia, uno de los orgullosos soberanos del imperio condenó a morir ahogado en el Tonlé Sap al hijo de un sacerdote que había ofendido a la familia real. El hecho produjo la irritación de una de las principales divinidades de Angkor: el dios-serpiente, el monstruo de siete cabezas cuya esfinge de piedra sigue vigilando las avenidas de la ciudad. Y el dios ordenó al lago que subiera sobre sus orillas destruyendo a la altiva capital. Año tras año, el Mekong, sigue inundando las fértiles llanuras que alguna vez alimentaron a la ciudad de Angkor.
Se barajan, también algunas hipótesis. Una gran rebelión de esclavos puede haber flanqueado las fronteras del imperio a los ambiciosos tailandeses, así como los campesinos endeudados abrieron a los bárbaros las puertas de Roma.
Son distintas causas que, por cierto, podrían haber actuado en forma combinada. Pero el hecho cierto es que hacia mediados del siglo XV, cuando Europa estaba saliendo de la Edad Media e iniciando la era de los Grandes Descubrimientos, el gran imperio camboyano no solo se extinguió sino que fue hasta físicamente cubierto por la selva, al punto que sus mismos descendientes tuvieron que esperar la llegada de los europeos para empezar a develar parte de su enigmático y glorioso pasado.

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