jueves, 17 de enero de 2008

Juana la Loca

Heredera de un imperio en el que jamás se ponía el Sol, bellísima, inteligente y bien dotada para la música, Juana de Aragón y Castilla, segunda hija de los reyes católicos de España, pasó a la historia con el impiadoso apelativo de "Juana la Loca". Se lo ganó después de actos tan desmesurados como velar por espacio de 19 años el cadáver de su marido. Para los historiadores, el de ella no era un desequilibrio cualquiera: tuvo origen en un gran amor que ciertas circunstancias transformaron en locura.
Nacida en Toledo el 6 de noviembre de 1479, Juana era la que tenía menos posibilidades de llegar a ocupar el trono entre los hijos de los Reyes Católicos. Pero ésta se comportaba con mentalidad de futura monarca, demostrando un sentido de dignidad personal y de responsabilidad política altamente desarrollado. Sus padres encontraron que Juana era la hija ideal para emparentar la corte de Castilla con la de Alemania. La fórmula: unir en matrimonio a Juana con Felipe, hijo del emperador alemán Maximiliano I.
En 1496, rodeada de un espléndido cortejo, Juana partió a Flandes a conocer a su prometido y celebrar el casamiento.
Las crónicas sobre el primer encuentro son diversas. Al parecer, bastó con que se miraran a los ojos para que aflorase una pasión irrefrenable. En realidad esta versión es poco creíble si se tiene en cuenta el mundo disciplinado y puritano del que venía Juana, sumando a su sólida conciencia de ser heredera de una corona. Pero el tiempo y la leyenda la muestran tan vulnerable al sufrimiento por amor, que la anécdota parece cierta.
Tras la boda, y a medida que el tiempo pasaba, su amor por Felipe crecía con el mismo ritmo que la desconfianza y la sospecha de no ser correspondida. Su apolíneo consorte (no por nada llamado Felipe el Hermoso) se dedicaba a hacer lo que mejor sabía: cortejar a toda mujer bella y noble que se le cruzara. Frívolo y superficial, apegado a los placeres y al lujo, se sentía incómodo en España, donde tenía que llevar una vida austera, totalmente ajena al refinamiento y las diversiones de la corte flamenca. Cuando por fin decide volver a Flandes, Juana queda sumida en la desesperación. Poco a poco, su dolor comienza a enajenarla a tal punto que un día toma una determinación: seguir a Felipe a Flandes y ser una esposa como Dios manda. Los Reyes Católicos, disgustados por la suerte que corre el matrimonio de su hija, le ruegan que no abandone España. Pero la decisión de Juana es muy firme.
El mismo día que desembarcó en Brujas comprobó, desolada, que su marido pasaba el tiempo haciendo vida de soltero. Tenía una novia, una mujer noble, bellísima y muy destacada socialmente por su simpatía y su histrionismo. Perturbada, Juana mandó castigar severamente a la amante de su marido, exigiendo que le cortaran el pelo hasta la raíz. Felipe reaccionó ante la violencia de su mujer: primero la insultó, y luego le pegó. El abismo entre ellos se hizo evidente, pero a pesar de todo en el año 1500 nace el primer hijo de la pareja: sería el futuro Carlos V de Alemania (Carlos I de España).
En ese punto parecía que sus cavilaciones de esposa agraviada terminarían, a favor de la reciente maternidad. Pero su vida se complicó más seriamente aún. La educación de su hijo fue motivo de discusión y nada de lo que ella había planeado para él pudo cumplirse.
En poco tiempo murieron los hermanos de Juana y, finalmente, el 26 de noviembre de 1504, también desaparecía Isabel la Católica, dejándole el trono. De vuelta en España Juana no vivió para gobernar: su mente no aceptaba otra ocupación que la de amar y sufrir por su marido. Felipe, mientras tanto, intrigaba y hacía valer su condición de marido de una persona que no estaba en su sano juicio. Delante de Juana y de todo el mundo hacía notar que era el padre de sus hijos, uno de los cuales estaba en la línea sucesoria, y que todo esto lo habilitaba para gobernar. Juana estaría loca de amor, pero jamás dispuesta a que Felipe se transformara en victimario de su propio padre, Fernando, y de su hijo. Se entabla más que la lucha por la sucesión, un enfrentamiento entre dos razas y dos dinastías. Muchas veces Juana flaquea por amor, otras se pone abiertamente en contra de las ambiciones de Felipe, hasta que finalmente la solución viene de manera inesperada.
Un frío día de septiembre, cuando ya hacía dos años que gobernaba el reino, Felipe buscó un poco de distracción en Burgos. En el palacio del condestable se sumó a un juego de pelota con don Juan de Castilla y otros amigos. Tras disputar un agitado partido, cansado y sudoroso bebió un vaso de agua helada que le provocó una severa inflamación faríngea. Incapaz de superar el agudo estado febril que lo mantuvo postrado durante varios días, murió el 24 de septiembre de 1507.
Cuando Juana recibió la desgraciada noticia no derramó una sola lágrima; pero su rostro adquirió para siempre un rictus de desconsuelo. Su amado Felipe fue enterrado de manera provisoria en la Cartuja de Miraflores, desde donde debía ser trasladado a la Capilla real de Granada, el lugar indicado por el protocolo. Juan no dejó de acudir un solo día a la cripta de Miraflores; luego de almorzar en el monasterio, pedía a los monjes que abrieran el cajón para acariciar a su marido. Le aterraba pensar que podrían llevar el cadáver de Felipe a Flandes, y necesitaba constatar a diario de que el cuerpo seguía estando allí. El 20 de diciembre de ese año, retiró el cajón del monasterio y comenzó un lúgubre vagar por los campos y ciudades abrazada al ataúd. El espectáculo macabro del carruaje destartalado y la cara pálida y aterrada de Juana conmocionaban a la gente en los caminos. Con sólo 28 años y dos hijos, madre del futuro rey Carlos V, Juana se transformó a partir de ese momento en una mujer patética. Finalmente recaló en Tordesillas, a orillas del río Duero, y depositó el cadáver en el monasterio de Santa Clara, en un lugar que ella podía vigilar permanentemente desde su habitación privada.
Sus días terminaron a los 75 años, entre el amor y la locura, el poder y el abandono, según quien haga el análisis. Ella, murió apasionada.

miércoles, 16 de enero de 2008

Homero: La Ilíada y La Odisea

Homero
Desde remotísima antigüedad (siglos X o IX antes de Cristo) han venido recitándose, en Grecia primero y en todo el mundo paulatinamente a medida que la civilización se propagaba, dos hermosos poemas épicos: La Ilíada y La Odisea. Y también desde aquellas remotas edades se admite que ambos poemas se deben al ingenio de Homero, rapsoda ciego, natural de Grecia, quien los habría compuesto y cantado en las calles de su patria, para reclamar luego el óbolo de quienes escuchaban su canción.
Del mismo modo que las tradiciones y leyendas, los versos de ambos poemas fueron retenidos de memoria y transmitidos de generación en generación hasta la introducción, por Cadmo, de la escritura en Grecia, época en que fueron escritos, y luego pulidos y ordenados para que los cantos que forman ambos poemas tuvieran mayor concordancia y unidad. A esto se debe que algunos autores hayan negado la existencia de Homero o afirmado, aún admitiéndola, que se trata de una recopilación de cantos debidos a distintos aedos (primitivos poetas de Grecia). Contra estas opiniones se levanta airosa la propia obra, cuya estructura demuestra que fue creada siguiendo un plan y desarrollando un argumento. En cuanto a la existencia de Homero, ahí esta su obra, y no puede darse testimonio más elocuente. "Por el fruto conoceréis al árbol".
Su nombre deriva de la unión de palabras: O (el), me (no) y oron (verbo ver). Es decir: "El que no ve". Esta deducción está de acuerdo con la ceguera atribuida a Homero por la leyenda.
Con el caso de Colón, Cervantes y otros genios, varias ciudades de su patria se disputan el honor de haber sido la cuna de Homero. Estas ciudades son: Esmirna, Pilos, Colofón, Cos, Quíos, Argos y Atenas. Cada una de ellas ha presentado al debate argumentos y deducciones en abono de su pretendido derecho, pero ninguno de ellos constituye una verdadera prueba documental de carácter irrebatible. Quede, pues, la gloria para Grecia, cuna de la civilización.
También en lo que se refiere a la época del nacimiento de Homero difieren opiniones. Mientras algunos investigadores dicen que nació 24 años después de la guerra de Troya, otros afirman que no fue sino cinco siglos más tarde.
El historiador griego Heródoto dice que Homero vivió alrededor del año 850 antes de Cristo, en tanto que Juvencio, escritor latino de la Edad Media, lo sitúa en el siglo X de la misma era. Posteriores investigaciones han permitido llegar a la conclusión de que La Ilíada en primer término, y La Odisea con inmediata posteridad, fueron dadas a conocer en Quíos entre los siglos X y IX antes de Cristo, por lo cual Acusilao, Simónides, Tucídides y Píndaro han afirmado que fue Quíos la verdadera ciudad donde nació Homero.
Sean cuales fueren la cuna, la época en que vivió y el origen del nombre del rapsoda, lo importante es que los poemas existen y son bellos. Queden esas rebuscas y sutilezas para los eruditos. Entretanto evoquemos con la imaginación al andrajoso trovador ciego que va, de mano del lazarillo, cantando sus epopeyas en sonoros versos. En versos tan puros, tan llenos de armonía, de contenido heroico y de ática gracia que han perdurado triunfal y gloriosamente a través de los siglos.

La Ilíada y La Odisea
La Odisea (de Odiseo, nombre griego del héroe a quien se conoce más por el latino Ulises) es el segundo en orden cronológico de aparición de los dos grandes poemas homéricos, el primero de los cuales es La Ilíada.
Narra Homero en La Odisea los trabajos y sufrimientos a que, por voluntad de los dioses, fue sometido Ulises, rey de Itaca, cuando vencida y arrasada la ciudad de Troya por las huestes griegas, después de diez años de infructuoso sitio, se embarca en sus naves de regreso a la patria.
Narra Homero en la Odisea, no obstante ser un relato con asunto propio, frecuentes alusiones a los hechos acaecidos durante la guerra de Troya, y los hombres y los dioses que participaron en ella. Conviene, pues, conocer las incidencias de la famosa epopeya, precisamente, el argumento de La Ilíada.
Alrededor del año 1260 a.C., el príncipe París, hijo de Príamo, rey de Troya, se alojó durante uno de sus viajes en el palacio de Menelao, rey de Esparta. Traicionando la hospitalidad de Menelao, París robó a Helena, esposa del rey de Esparta, y la llevó consigo a Troya.
Menelao era fuerte y valiente. Ante el ultraje recibido pidió ayuda a los reyes sus vecinos para formar un gran ejército capaz de combatir con el troyano, famoso por su capacidad guerrera. Muchos de ellos acudieron al llamado de Menelao, entre otros: Aquiles, Ayax, Idomeneo, Ulises y Agamenón. Este último, rey de Micenas, era hermano de Menelao, y se le confió el mando en jefe de las fuerzas griegas aliadas.
Nueve años duró el sitio de Troya, ciudad que estaba cercada por un alto y ancho muro de piedra, inexpugnable. Fracasados todos los intentos de los griegos para tomar la ciudad, distraían sus ocios en frecuentes incursiones en otros pueblos vecinos, a los que entraban a saco, apoderándose de las riquezas y de los hombres y mujeres jóvenes, a los que sometían a la esclavitud. Durante una de las depredaciones el rey Agamenón se apoderó de Criseida, una joven hija del sacerdote a cuyo cargo estaba el templo de Apolo en la ciudad saqueada. Crises, el anciano sacerdote, se dirige entonces al campamento griego como suplicante, rogando a Agamenón que le devuelva a su hija, a cambio de la cual ofrece un cuantioso rescate. Reunido en el ágora, el ejército griego opina que debe atenderse la súplica del sacerdote, pero Agamenón se niega. Aquiles, el más fuerte y valiente de los héroes griegos, hijo de la diosa Tetis y el rey de los mirmidones, aconseja a Agamenón que acate la opinión del ejército y devuelva la joven al anciano sacerdote.
Agamenón, despechado por las palabras de Aquiles, insiste al principio en su negativa; pero termina por acceder, aunque amenazando a su contrincante con sacarle a viva fuerza, de su tienda, a una esclava, Briseida, a quien el rey de los mirmidones tiene un gran aprecio. Agamenón cumple su amenaza. Devuelve su hija al sacerdote a cambio del rescate ofrecido y manda varios heraldos a la tienda de Aquiles para que se apoderen de Briseida. Aquiles no se opone a que se cumpla la voluntad del generalísimo, pero jura vengarse invocando para ello la ayuda de Tetis, su madre, que acude a su llamado desde el fondo del mar, donde tiene su morada. La diosa le aconseja entonces, lo que debe hacer: permanecer en su tienda, absteniéndose de intervenir en la guerra que va a desencadenarse, aunque vea morir por millares a los paladines griegos. Ella irá a pedir a Júpiter, su padre, que origine en las filas de éstos grandes matanzas bajo las lanzas y las flechas de los enardecidos guerreros troyanos.
La promesa de Tetis se cumple. Júpiter enciende la guerra entre griegos y troyanos, y tan numeroso y aguerrido de los últimos que aquéllos sufren enormes pérdidas en el primer encuentro. Durante largos días se prolonga la guerra con suerte varia. Pero Júpiter ha decretado la derrota final de los griegos.
Si Aquiles con sus tropas se presentara en el campo de batalla, su sola presencia bastaría para trocar en derrota la inminente victoria de los troyanos; tal es el terror que inspira a sus enemigos cuando se presenta en el campo blandiendo sus dos lanzas y profiriendo su terrible grito de guerra. Mas, como si estuviera ciego ante la derrota de sus antiguos aliados, permanece en su tienda mirando impasible cómo van cayendo uno tras otro los más valientes y esforzados paladines griegos.
La derrota ha sido tremenda. Conseguida una tregua para enterrar a los muertos, los griegos alzan un muro para defender las naves. Agamenón piensa en el regreso a la patria y lo propone a sus aliados. La mayoría está de acuerdo y corre hacia los navíos. Pero no es esa la voluntad de los dioses. Minerva se aparece a Ulises, rey de Itaca, y le aconseja que exhorte y aliente a los guerreros para que vuelvan al combate. Ulises es elocuente; nadie sabe argumentar como él, cuya fama de ingenioso es grande en toda Grecia. Su elocuencia arrebatadora enardece de nuevo a los griegos, y la guerra se reanuda. El muro defensivo no tarda en caer bajo el empuje de los troyanos, que pugnan por acercarse a las naves e incendiarlas. En ese instante, un amigo entrañable de Aquiles, el héroe Patroclo, le censura su actitud y lo incita a que intervenga con los guerreros mirmidones a favor de los griegos. Aquiles vuelve a negarse. Solamente permite, a ruego de Patroclo, que éste calce sus armaduras, quien así lo hace y consigue alejar a los troyanos de las naves. Patroclo es valiente y audaz. No se conforma con su victoria, sino que quiere alcanzar inmensa gloria matando a Héctor, el generalísimo de los troyanos, que es el más querido de los hijos de Príamo y cuya fuerza y valor son semejantes a los de Aquiles. Llega junto al héroe troyano y lo desafía. Se traban en lucha, y Patroclo no tarda en caer bajo la lanza de Héctor.
La noticia de la muerte de su amigo fraterno llena de dolor al rey de los mirmidones. ¡Ahora sí! Ahora renunciará a su juramento para vengar la muerte de su amigo. Sus armas han quedado en poder de Héctor, pues las había llevado Patroclo al combate. Pero, Tetis, su madre, que acude a su llamado nuevamente, le consigue otras magníficas, fabricadas por Vulcano, el dios forjador.
Dando terribles alaridos, Aquiles se lanza entonces al combate. Los troyanos, despavoridos ante la matanza enorme que el héroe provoca, huyen a refugiarse tras los muros de la ciudad. Solamente queda afuera Héctor. Aquiles lo ve y corre a su encuentro; luchan y Héctor no tarda en morir bajo la lanza del enfurecido rey de los mirmidones. Aquiles despoja a su adversario de las armas, después ata el cadáver a una rueda de su carro de guerra y se lo lleva así hasta su campamento.
Grande es la desesperación que se apodera de Príamo, el anciano rey de Troya, ante la noticia de la muerte de su hijo. Aconsejado por Minerva y guiado por Mercurio, acude a la tienda de Aquiles, se abraza a sus rodillas y le ruega que le devuelva el cuerpo de Héctor para tributarle los honores que le corresponden. Tan terrible es la cólera de Aquiles que jamás habría accedido a la súplica del anciano, pero Júpiter, deseoso de dar fin a la contienda, ordena a Tetis que aconseje magnanimidad a su hijo. Aquiles, temeroso de la cólera del rey de los dioses, devuelve a Príamo el cadáver de su hijo, aceptando el rescate ofrecido.
Vuelve a Troya el anciano, llevando en un carro el cuerpo de Héctor. Éste es colocado en una pira y quemado. Sus cenizas son guardadas después en una urna de oro y se levanta un túmulo en su honor. Con el relato de estos funerales termina La Ilíada.
No acaban aquí, sin embargo, las acciones guerreras ante el muro de Troya. Está decretada por Júpiter la caída de la ciudad en manos de los griegos y su designio se cumplirá. También es fuerza que en esa acción perezca Aquiles a manos de París, herido por una flecha en el talón, único punto vulnerable del cuerpo del héroe, que al nacer había sido sumergido por su madre en la laguna Estigia para hacerlo inmortal.
La caída de Troya se debió a uno de los muchos ardides en que era ducho Ulises, rey de los itacenses. Concertada una tregua con los troyanos, hizo construir un enorme caballo de madera, que fue obsequiado a los enemigos en prenda de amistad.
Los troyanos aceptan el regalo y abren en el muro de la ciudad un boquete, pues el caballo no cabe por las puertas. Y esa noche, del vientre del enorme animal de madera salen subrepticiamente los más audaces y valientes paladines griegos, entre ellos el propio Ulises. Éstos franquean a sus compañeros las puertas de la ciudad, penetran en ella las legiones griegas, y la inexpugnable Troya, víctima de la candorosa fe de sus jefes y de la fecunda inventiva de Ulises, es arrasada y sus habitantes reducidos a la esclavitud.
Terminada la guerra, los griegos se embarcan para sus respectivos países. No habrían de terminar allí, sin embargo, sus trabajos y penurias, pues ya sabemos que los dioses tenían acerca de ellos oscuros y caprichosos designios. Ulises no escapó a tales decretos, sino que, por el contrario, fue precisamente el más castigado de todos por la ojeriza de los Inmortales. Sus penurias, el regreso al hogar, y las múltiples aventuras que para ello debió correr constituyen el argumento de la Odisea.
La Odisea narra el regreso del héroe griego Odiseo (Ulises en la tradición latina) de la guerra de Troya. En las escenas iniciales se relata el desorden en que ha quedado sumida la casa de Odiseo tras su larga ausencia. Un grupo de pretendientes de su esposa Penélope está acabando con sus propiedades. A continuación, la historia se centra en el propio héroe. El relato abarca sus diez años de viajes, en el curso de los cuales se enfrenta a diversos peligros, como el cíclope devorador de hombres, Polifemo, y a amenazas tan sutiles como la que representa la diosa Calipso, que le promete la inmortalidad si renuncia a volver a casa. La segunda mitad del poema comienza con la llegada de Odiseo a su isla natal, Ítaca. Aquí, haciendo gala de una sangre fría y una paciencia infinita, pone a prueba la lealtad de sus sirvientes, trama y lleva a efecto una sangrienta venganza contra los pretendientes de Penélope, y se reúne de nuevo con su hijo, su esposa y su anciano padre.

La cuestión homérica
El texto moderno de los poemas homéricos se transmitió a través de los manuscritos medievales y renacentistas, que a su vez son copias de antiguos manuscritos, hoy perdidos. Pese a las numerosas dudas que existen sobre la identidad de Homero (algunos lo describen como un bardo ciego de Quíos) o sobre la autoría de determinadas partes del texto, como las escenas finales de la Odisea, la mayoría de sus lectores, desde la antigüedad clásica hasta no hace mucho tiempo, creyeron que Homero fue un poeta (o como mucho, dos poetas) muy parecido a los demás. Es decir la Iliada y la Odisea, aunque basadas en materiales tradicionales, son obras independientes, originales y en gran medida ficticias.
Sin embargo, durante los últimos doscientos años, esta visión ha cambiado radicalmente, tras la aparición de la interminable cuestión homérica: ¿Quién, cómo y cuándo se compuso la Iliada y la Odisea? Aún no se ha encontrado una respuesta que satisfaga a todas las partes. En los siglos XIX y XX los estudiosos han afirmado que ciertas inconsistencias internas venían a demostrar que los poemas no eran sino recopilaciones, o añadidos, de poemas líricos breves e independientes (lays); los unitaristas, por su parte, consideraban que estas inconsistencias eran insignificantes o imaginarias y que la unidad global de los poemas demostraba que ambos eran producto de una sola mente. Recientemente, la discusión académica se ha centrado en la teoría de la composición oral-formularia, según la cual la base de los poemas tal y como hoy los conocemos es un complejo sistema de dicción poética tradicional (por ejemplo, combinaciones de sustantivo-epíteto: Aquiles, el de los pies ligeros) que sólo puede ser producto del esfuerzo común de varias generaciones de bardos heroicos.
Ninguna de estas interpretaciones es determinante, pero sería justo afirmar que prácticamente todos los comentaristas coinciden en que, por un lado, la tradición tiene un gran peso en la composición de los poemas y, por otro, que en lo fundamental ambos parecen obra de un mismo creador. Entretanto, los hallazgos arqueológicos realizados en el curso de los últimos 125 años, en particular los de Heinrich Schliemann, han demostrado que gran parte de la civilización descrita por Homero no era ficticia. Los poemas son pues, en cierto modo, documentos históricos, y la discusión de este aspecto ha estado presente en todo momento en el debate sobre su creación.

martes, 15 de enero de 2008

El misterio de Troya

Para muchos, una ciudad mitad mito y otro tanto realidad. Su grandeza, su destrucción y el famoso Caballo de Troya siguen siendo los grandes enigmas de esta legendaria urbe a la que cantó Homero en su célebre Ilíada."¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que habitáis alrededor de Troya! No ha sido por el poder ni por el deseo de reunir una muchedumbre por lo que os he traído de vuestras ciudades, sino para que defendáis animosamente de los belicosos aqueos a las esposas y a los tiernos infantes de los troyanos..." Las palabras que el gran caudillo troyano Héctor, "el de tremolante casco", dirigió en vísperas de la batalla a sus aliados que combatían contra el acoso griego, dan vida a uno de los capítulos de La Iliada; la obra de Homero donde se da cuenta del sitio y destrucción de Troya.
Pero, ¿Qué fue Troya? Nombrarla equivale a evocar una ciudad situada a horcajadas entre la realidad y el mito; una leyenda cuyos destellos iluminaron la imaginación de muchas generaciones; una guerra de diez años, tan célebre como feroz, que dejaría en ruinas a esa urbe inmortal.
Sin embargo, hasta el día de hoy continúan alzándose algunas voces que cuestionan desde el presunto emplazamiento de las ruinas troyanas, en la costa turca del Asia Menor, hasta la existencia de la ciudad legendaria (y de su máximo cantor, Homero). Inclusive, su destrucción abre aún hoy un sinfín de interrogantes, pese a la famosa artimaña del Caballo de Troya, en cuyo vientre un puñado de soldados griegos encabezados por el valeroso Diomedes atravesó sus murallas al despuntar el alba. Y por si no bastara tanto enigma, se han descubierto varias Troyas, una encima de la otra. A la que se suma otra teoría, más reciente, de un filósofo mexicano, Roberto Salinas Price, que se despacho con la sensacional afirmación de que Troya no habría estado en Asia, en el valle delimitado por los ríos Escamandro y Simois, sino a orillas del Mar Adriático. Nada menos que en la actual Yugoslavia...
Todo había empezado cuando al apuesto París, uno de los cincuenta hijos del rey troyano Príamo, y hermano de Héctor y de la vidente Casandra, el dios Zeus le ordenó una engorrosa misión; dictaminar cuál era la diosa más bella entre Hera, Atenea y Afrodita. Paris se inclinó por esta última, que, dicho sea de paso, lo había sobornado prometiéndole el amor de Helena de Esparta, la mujer más hermosa del mundo entonces conocido. Pero había dos factores en contra de tales amoríos: Helena era griega y por añadidura, estaba casada con el rey espartano Menelao. Lo cierto es que al entregar la manzana "de la discordia" a Afrodita, en premio a su triunfo en el primer certamen de belleza de la historia, Paris se ganaba la venganza de las deidades despechadas. Y daría cumplimiento, así, a la profecía según la cual Troya sería destruida por su causa. Ocurrió, en efecto, que Atenea y Hera persuadieron a Príamo a que enviara a Paris a la corte de Menelao: presa de una fulminante pasión por Helena, Paris la sedujo y raptó, llevándosela a Troya. Menelao, su hermano Agamenón, rey de Micenas y Ulises, se asociaron para rescatarla. Primero reclamaron la devolución de la joven, lo que les fue negado. Todos los príncipes griegos se conjuraron entonces contra la insolencia troyana. Se desató así la Guerra de los Diez Años, en la que hasta aquellos dioses volubles y rencorosos participaron ayudando o saboteando a unos y a otros.
Otras versiones del mito juran que Zeus estaba harto de tantos hombres sobre la tierra, y provocó una "guerra depuradora".
Hasta hace relativamente poco tiempo no habían salido a la luz pruebas creíbles sobre la existencia de Troya, o de las varias Troyas superpuestas. Ni sobre su arrasamiento. Ni su localización geográfica. Las exploraciones llegarían a contar hasta nueve Troyas destruidas y reedificadas unas sobre otras: la sexta, de la que aún subsistían las fuertes murallas de piedra rectangulares, sería la saqueada por los griegos en el siglo XII antes de Cristo. Más exactamente: hacia 1260 a.C. La novena capa correspondería a una época muy posterior, a los tiempos del Imperio Romano.
El asedio de Troya duró una década. Y aquí hay otro misterio: según Homero, los griegos en ningún momento bloquearon la urbe sitiada; no interceptaron sus provisiones; tampoco intentaron derruir sus fortificaciones; acamparon inclusive bien lejos de la ciudad. Eso sí: constantemente los bandos rivales se hostigaban y trenzaban en salvajes enfrentamientos. Los carros estremecían la tierra al mando del auriga. Por todos lados las piras de cadáveres humeaban oscureciendo el día; más allá, una pelea entre decenas de soldados podía interrumpirse bruscamente para admirar el duelo personal. Por ejemplo, cuando Aquiles atravesó con su pica el cuello de Héctor, atando luego su cuerpo al carro cuyos caballos azuzó. cuenta Homero: "Gran polvoreda levantaba el cadáver mientras era arrastrado; la negra cabellera se esparcía por el suelo; la cabeza, antes tan graciosa, se hundía en el polvo. Porque Zeus la entregó a los enemigos para que allí, en su misma patria, la ultrajaran". Zeus, que al igual que Atenea se había entrometido para sellar el fin del comandante troyano. Un fin no muy diferente del que tendrían otros guerreros como Patroclo, Polidoro y el mismo Aquiles.
En cuanto al fin de Troya, las enciclopedias recuerdan que Ulises aconsejó pactar un falso armisticio con los troyanos, quienes recibieron alborozados la proposición. Entonces Ulises, en testimonio de amistad, les ofreció un gigantesco caballo de madera explicándoles que era una ofrenda a los dioses. Para entrarlo a la sitiada Troya fue preciso derribar todo un sector de la muralla. En su entraña aquel caballo alojaba a un puñado de griegos, que al llegar la noche abrieron las puertas de la plaza: el amanecer vio a los sitiadores dueños de la ciudad.
Aquí entra en escena un personaje singularísimo, el arqueólogo aficionado y aventurero alemán Enrique Schliemann. El llamado "el bucanero de la arqueología", que vivió entre 1822 y 1890. Trabajó en una tienda siendo adolescente; se embarcó como peón de limpieza en barcos mercantes, naufragó, y en Holanda se dedicó a los negocios, incluyendo contrabando de té. A los 36 años había amasado una fortuna. Su descomunal energía se volcó luego al estudio apresurado de la arqueología. Y ya en 1868 hundió la pala por primera vez en donde La Ilíada imaginó a Troya: al pie de dos manantiales, uno caliente y el otro helado, que fluyen al río Escamandro. Pero allí no encontró ni rastros de la metrópolis del rey Príamo. Fue recién en 1871 cuando este "Sherlock Holmes" de la antigüedad clavó la zapa en Hisarlik, una pequeña colina a unos cinco kilómetros de la costa egea. Precisamente, en medio de los ríos Escamandro y Simois, y en la semiárida región más tarde bautizada Tróade.
El increíble Schliemann comenzó por abrir una larga zanja con tal ímpetu que, de entrada, arrasó parte del primer nivel: unas ruinas de la época neolítica, de la que sólo quedaban algunos habitáculos y restos de hachas y cuchillos de piedra. El arrojado explorador alcanzó a identificar otras cuatro ciudades, la segunda de las cuales contando desde el plano más profundo pertenecía ya a la Edad de Bronce. Se la dató aproximadamente entre los años 3.300 y 2.500 antes de Cristo. Pero Schliemann quedó convencido de que esa era la Troya de Homero. Eran notables los vasos de plata y bronce hallados allí, al lado de diademas, puntas de lanzas, pendientes, y otras joyas de oro así como lingotes de cobre y plata. El entusiasmo del germano no tenía límites: cuando descubrió esos adornos preciosos en 1873, creyó haber hallado "el tesoro de Príamo". Para protegerlo de las manos de burócratas y ladrones, y poder sacarlo clandestinamente de Turquía se lo fue entregando a su segunda esposa, Sophia Engastromenos, de solo 17 años.
Sería Dörpfeld, el ayudante y continuador de la labor schliemanniana, quien identificó la verdadera Troya homérica como la sexta, o más seguro la séptima de las encontradas sucesivamente. En total, apenas se trataba de unas pocas docenas de viviendas en una superficie también irrisoriamente pequeña: sólo 139 metros en su lado menor, y 183 en el mayor. Dimensiones que, por su vulnerabilidad, tornan todavía más conmovedora (pero también más enigmática e intrigante) la serie de acontecimientos allí ocurridos.
La maravillosa gesta troyana, transcurridos más de treinta siglos, continúa agitando la imaginación y el espíritu, del mismo modo que todavía agita sus playas el viento que sopla sin cesar entre las altas hierbas; un viento que no existe en ningún otro punto de esa zona, y que ya Homero describió. Un viento en cuyo hálito Aquiles sigue arrastrando el cadáver de Héctor, frente a las murallas de la invencible Troya.

lunes, 14 de enero de 2008

El Arca Perdida de la Alianza

La ciudad mística de Jerusalén, quiza la ciudad más famosa en toda la historia del mundo. Una ciudad de cuyas raices emergieron las tres grandes religiones de occidente: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islamísmo. Jerusalén es una ciudad construída en torno a las más poderosa y sagrada de las reliquias del Antiguo Testamento, el Arca de la Alianza.

EL DESIERTO COMO ORIGEN
Hace 3000 años el Arca fue traída a Jerusalén y adorada como el más sagrado de los objetos sagrados, era la personificación de la presencia de Dios en la Tierra. Sin embargo, en algún momento de este remoto pasado el Arca desapareció, esto dió origen a una búsqueda que ha inspirado a creyentes y cazadores de fortunas durante milenios. La búsqueda sigue siendo hoy objeto de ficción popular. Ansiada por caballeros cruzados, místicos, arquéologos y aventureros, el Arca perdida de la Alianza ha inducido a generaciones enteras a la búsqueda.
Después de 3000 años la evidencia más reciente puede ser la clave para hallar el lugar donde reposa el Arca de la Alianza.
"Y dio Moises en el Monte Sinaí dos tablas del testimonio, dos tablas de piedra escritas con el dedo de Dios. Y Moises tomó el testimonio y lo puso dentro del Arca." (Libro del Éxodo). El Arca de la Alianza, el recipiente sagrado que contenía las tablas originales de los Diez Mandamientos, de acuerdo con la historia bíblica, era el objeto más hermoso y poderoso del mundo. Su longitud era de dos codos y medio, su anchura de codo y medio y su altura de codo y medio. Estaba construída de madera de acacia, enchapada del más fino oro por dentro y por fuera. Y en la cubierta había dos querubines, uno frente al otro, en silenciosa vigilia.
El Arca fue construída por los hebreos al pié del Monte Sinaí, sus planos era la descripción más detallada que se diera en el antiguo testamento, ya que, según Moises, venían directamente de Dios. Por entre las figuras colocadas en lo alto del Arca, Dios en forma de una inmensa bola de fuego se dirigía a los sumos sacerdotes. El Arca era una prueba absoluta, el ciclo y el sello de la presencia de Dios en la Tierra.
Tenía poderes legendarios: detener el curso de los ríos y aplastar montañas, infringir y destruír ejércitos enteros. Durante la campaña de Josué para tomar la ciudad de Jericó, el Antiguo Testamento narra la historia del Arca y del ejército: por seis días consecutivos un grupo elegido de sacerdotes marcho en torno a la ciudad con el Arca en hombros, al séptimo día terminaron siete veces alrededor del Arca y entonces al dejar oír sus trompetas los muros de Jericó cayeron.
En más de 200 referencias el Antiguo Testamento describe en detalle los sorprendentes poderes del Arca. Durante cientos de años los hebréos la llevaron consigo de un lado al otro. Cuando el rey David comenzó su reinado a finales del siglo XI antes de nuestra era, hizo traer el Arca a una aldea en un monte, en la cima había una gran piedra plana y sobre esta David planeaba construir un templo para el Arca, pero David murió antes de que pudiera poner en práctica sus planes y la tarea recayó sobre su hijo Salomón, quien reino desde el 970 al 931 antes de Cristo.
Durante el reinado de Salomón, Jerusalén pasó a ser el centro de la vida política y religiosa en la tierra santa. En pleno corazón de Jerusalén se erigía el templo construído por Salomón para alvergar el Arca de la Alianza, el Arca permaneció en el templo hasta algo después del año 900 a.C. cuando, misteriosamente, desapareció. Desde entonces no se hizo gran mención de ella en la Biblia. ¿Cómo pudo el objeto más importante del mundo occidental desaparecer sin dejar rastros o al menos alguna indicación de su desaparición? ¿Dónde se encuentra el Arca de la Alianza actualmente?
A pesar de sus diferencias, el Judaísmo, el Cristianismo y el Islamísmo, tienen un elemento en común, todos adoran a un solo Dios. Y el concepto de ese Dios era, al principio, personalizado por el Arca de la Alianza. Su poder dominaba los primeros libros del Antiguo Testamento. Inexplicablemente el Arca desapareció y durante más de 2000 años de búsqueda y exploración se han tejido decenas de leyendas y teorías en torno al Arca Perdida. Muchos creen que el Arca desapareció en un momento de crisis, bien fue capturada como trofeo por un ejército conquistador o escondida en algún paraje secreto por sacerdotes del templo.
Si el Arca fue capturada, la teoría con mayor fundamento es que fue despedazada y saqueado su oro cuando los babilonios conquistaron Jerusalén en el año 586 a.C. De acuerdo con el Antiguo Testamento, el líder babilónico Nabucodonosor y su ejército destruyeron el templo sagrado de Salomón y enviaron a los israelitas al exilio. Sin embargo, hay un hecho del que no cabe la menor duda, existen registros detallados de todos los tesoros que fueron capturados en los templos y llevados a Babilonia pero el Arca no se encontraba entre estos. Cuando los hebréos regresaron a Jerusalén en el 583 a.C. iniciaron la construcción de un segundo templo pero no hay mención de que el Arca halla sido retornada a este nuevo santuario. A partir de este momento, no se vuelve a hacer referencia al Arca en las escrituras del Antiguo Testamento.
La creencia de que el Arca fue rescatada y escondida en una bóveda secreta para tesoros, ha sido el pilar fundamental de una búsqueda que se ha prolongado por siglos.

LA MONTAÑA-TEMPLO
Hace casi 1000 años las cruzadas cristianas recuperaron el control de Jerusalén de manos de los musulmanes que habían gobernado la ciudad desde el séptimo siglo. en el 1119 de nuestra era, un grupo conformado por nueve nobles franceses, que se hacían llamar los los caballeros pobres de Cristo y del templo de Salomón, llegaron a Jerusalén. Se establecieron en la cima del monte, donde una vez estuvo el templo de Salomón. Los caballeros sostenían que su misión en tierra santa era mantener libres de bandidos el camino a Jerusalén. Sin embargo, nunca salieron de la montaña-templo y, en cambio, comenzaron a cavar. Trabajando desde afuera de la mezquita comenzaron a excavar la caverna natural que yacía debajo de la piedra sagrada. La caverna, según la tradición islámica, se conocía como el "pozo de las almas", un pasaje que llevaba a las entrañas de la tierra y que conducía a un tesoro custodiado por demonios; en realidad lo que los caballeros buscaban era el Arca de la Alianza. El Arca hubría dado a los caballeros de la montaña-templo un basto poder político para aquel entonces. Cavaron y buscaron exaustivamente pero nunca encontraron el Arca de la Alianza. En 1126 los caballeros regresaron a Francia sin la preciosa reliquia. Sin embargo, quiza hubían encontrado algo que era igualmente valioso. El tesoro de Salomón que hallaron no fue el Arca, sino el conocimiento de una arquitectura que luego inspiraría una forma que revolucionaría el arte, el diseño gótico.
En épocas más recientes, los arquéologos israelíes descubrieron la salida al tunel que cavaron los caballeros de la montaña-templo. El túnel se extiende por debajo de la montaña, pero debido a restricciones impuestas por el gobierno musulmán, nunca ha sido explorado. Quiza nadie llegue a saber nunca que se encuentra a final de esta excavación que data del siglo XII.
¿Acaso podría el Arca estar todavía escondida en algún lugar debajo de la montaña?

VIAJE AL SUR
En 1989 un periodista británico hizo una declaración que sacudió al mundo. La legendaria Arca Perdida no se encontraba perdida en realidad sino a salvo, escondida en una iglesia de Etiopía a donde había sido trasladada secretamente hace más de 1000 años.
Pero si el Arca estuvo todo este tiempo en Etiopía, cómo pudo el resto del mundo no darse cuenta de ello. Parte de la respuesta puede estar en la leyenda de cómo se trasportó el Arca desde Israel hacia Etiopía. La Biblia narra que en tiempos de Salomón, Jerusalén era visitada por la misteriosa reina de Saba. Los etíopes creen que era una reina etíope. Cuenta la leyenda que de la unión de Salomón y la reina Saba, nació Menelik I, primer rey de Etiopía. Años más tarde Menelik fue enviado a casa de su padre en Jerusalén para recibir educación, a pesar de los esfuerzos de Salomón para que se quedara, Menelik regresó a Etiopía con el primer hijo del sumo sacerdote. La tradición cuenta que se llevaron consigo el Arca y la colocaron en un templo en la isla de Elefantina cerca del río Nilo, donde permaneció por 800 años. ¿Qué sucedió luego de esos 800 años? Etiopía fue convertida al Cristianismo y el rey cristiano llegó con sus ejércitos, llevó el Arca a Axum y la colocó en la Iglesia de Santa María de Sion donde esta desde entonces.
Extrañamente el Arca es el punto central del culto y la adoración cristiana en Etiopía, cada una de las 20.000 iglesias de Etiopía contiene un réplica del Arca de la Alianza.
¿Ha sido hallada el Arca Perdida? Si esto pasara produciría reacciones inimaginables. Muchos consideran que sería mejor si el paradero del Arca siguiera siendo un misterio.

viernes, 11 de enero de 2008

El misterio del Arca de Noé

Hacia el año 2400 a.C. se produce lo que bíblicamente se da en llamar El Diluvio Universal. Sin embargo la civilización egipcia (que por entonces estaba construyendo sus pirámides) no consigna en sus escritos inundación alguna. Se baraja entonces la posibilidad que sólo sucediera sobre Sumeria, tierra llana entre dos ríos y proclive a sufrir grandes desbordes.
La comunidad científica nunca pudo explicar con cierta unidad de criterio la causa del diluvio. Que existió, ya nadie lo duda. Por si alguna prueba faltaba, se ha encontrado una tablilla (del siglo VII antes de Cristo) que habla de un diluvio que aniquila la vida en la tierra. Las teorías del advenimiento del diluvio son: intrusión del planeta Venus en nuestra órbita con el consiguiente caos del planeta; paso de la Tierra por la cola de un cometa o colisión frontal con la cabeza del cometa; desplazamiento del eje polar y/o cambio de la rotación terrestre. Sin embargo, otra corriente de pensamiento genera adeptos. La postula, entre otros, el investigador Issac Asimov: "Se me ha ocurrido una explicación posible para semejante invasión de mar. Creo que pudo producirse por la desafortunada caída de un meteorito en el Golfo Pérsico, casi cercado de tierra por todas partes. El chapoteo resultante habría tomado la forma de una ola gigantesca que avanzó desastrosamente hacia la Tierra, arrollando todo lo que encontraba a su paso". Fue, según cuenta la Biblia, una enorme ola seguida de lluvias. "Génesis 7.11. ... A los seiscientos años de la vida de Noé se rompieron todas las fuentes del abismo, se abrieron las cataratas del cielo..."
Nada quedó en pie. Sin embargo, no son pocos los que afirman que el Arca de Noé está congelada y a salvo de los rigores del tiempo. El Arca de Noé ha generado enigmas y preguntas que aún permanecen sin respuesta. En tal sentido un verdadero cimbronazo han constituido las recientes declaraciones del investigador Charles Berlitz (autor de "El triángulo de las Bermudas, entre otros sucesos) en el sentido de que la nave estaría intacta bajo el hielo de un glaciar situado en el Monte Ararat. Algunas expediciones y avistamientos realizados por pilotos de aviones inclinan la balanza sobre la veracidad de las afirmaciones de Berlitz.
El Monte Ararat tiene una altura de 5.156 metros. Está situado muy al norte de la meseta de Anatolia, en la Turquía oriental, y a pocos kilómetros de la frontera entre Irán y la Unión Soviética. En tanto, en la Biblia, el Libro del Génesis nos ofrece una localización aproximada del lugar en el cual se erigió el Arca: "... se asentó sobre los montes de Ararat..."
Testimonios que nos llegan ya desde dos siglos consignan curiosas similitudes: viajeros provenientes del Asia Central o dirigiéndose hacia ella, que habían desfilado el Monte Ararat a lomo de caballo, mula o en caravanas de camellos, señalaron sin vacilaciones en sus relatos la presencia de una inmensa nave próxima a la cima del monte. Algunos nativos que habitan casa cercanas al lugar han asegurado haberse construido amuletos con pedazos de brea tomados de esta nave.
Tras la búsqueda de esta Arca se han embarcado infinidad de escaladores. Ninguno ha podido encontrar algo debido a la inclemencia climática del Monte, muy raras veces la nieve y el hielo se retiran de los picos del Ararat. "Pero cada veinte años, más o menos, una oleada de calor intenso barre la región y durante ese período es cuando se ha observado la presencia de una nave, sobre todo en los meses más calurosos: agosto y principios de septiembre", explica Berlitz.
Cuando eso ocurre, es posible ver una especie de nave cuya mayor parte se encuentra hundida en la masa helada de un glaciar. Mientras el objeto permanezca debajo del hielo será inmune a la descomposición orgánica, como ha ocurrido con algunos animales extinguidos como un mamut encontrado hace unos años y otros animales del Pleistoceno. Tanta es la nieve acumulada que (se sospecha) los exploradores pudieron haber hasta pisado el Arca sin darse cuenta que, hielo mediante, estaban tan cerca de la cuna de la historia.